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Huánuco
23 mayo, 2019
Actualidad Opinión

A. de G. y d. de G.

Jorge Farid Gabino González

No se necesita ser pitoniso para saber que el 17 de abril de 2019 será, andando el tiempo, el día que habrá de marcar un antes y un después en la Historia de la política peruana. Y lo será no solo porque fue ese día cuando tuvo lugar la trágica muerte del expresidente Alan García, muerte que tiene, de lejos, todo lo necesario para terminar incluso convirtiéndose en una taquillera serie de Netflix, sino sobre todo, y volviendo a lo que en verdad importa, por lo que su descomunal, su monumental, su desmesurada figura, literal y figurativamente hablando, llegó a representar para todos los peruanos, ya sea que tuviesen en poco o en más a quien era, a no dudarlo, la cabeza más importante del aprismo, y también, cómo no, uno de los personajes políticos más influyentes de nuestro país.   

Presidente del Perú hasta en dos oportunidades, Alan García Pérez tenía, como era de público conocimiento, un ego descomunal. El mayor, si cabe, de cuantos políticos ha tenido, tiene y tendrá el Perú, los mismos que, como se sabe, no destacan precisamente por su humildad, por su sencillez, por su modestia. Y tampoco es que fuera para menos. Dos veces investido, como quedó dicho, con la más alta magistratura del país, García Pérez logró lo que en su momento para muchos resultaba inverosímil: hacerse de la presidencia por segunda vez, aun a pesar de que su primer gobierno fue lo que ya todos sabemos, un completo fracaso se lo mire por donde se lo mire. El caso es que lo hizo. Lo logró.

Como sea, existe algo que nadie puede discutir: la muerte de Alan García marcará, para bien o para mal, el inicio de una nueva era en la política peruana. Entre otras razones, porque con él murió también el último político “tradicional” con posibilidades de seguir tentando la presidencia que nos quedaba a los peruanos. Y ni que se diga de la enorme influencia que su desaparición significará para su partido, el Apra, que, por lo menos de momento, se ha quedado huérfano de candidato presidenciable propio, de alguien de la talla de su ahora extinto líder, queremos decir. Lo que no quiere decir, desde luego, que ya le surgirá uno que otro advenedizo (Alfredo Barnechea ya comenzó a dar señales de que se encuentra interesado) que pretenda ocupar el puesto de García. Pero la verdad es que ninguno, ni de dentro ni de fuera de su partido, podrá siquiera acercarse a la sombra dejada por el expresidente, hay que reconocerlo.  

Por lo pronto, la súbita desaparición de García lo ha convertido ya en poco menos que en una leyenda urbana. Y se han encargado de convertirlo en tal, paradojas de la vida (¿o deberíamos decir, más bien, de la muerte?), sus propios enemigos, aquellos que, incrédulos de que hubiera sido capaz de suicidarse, comenzaron a buscar (y, según ellos, a encontrar) indicios razonables que les permitieran afirmar que lo del suicidio de García no era más que una burda y temeraria estafa; que lo que en realidad habría ocurrido era que había fingido su muerte para poder escapar del país y, con ello, burlarse (una vez más, dirán muchos) de la justicia peruana. No queriendo reparar, quienes tal cosa sostienen, en que para que su supuesta estafa hubiese sucedido, habría sido necesario, primero, que entraran en contubernio no una ni dos sino decenas de personas, confabuladas todas ellas en una suerte de farsa que, salvando las distancias, se asemejaría mucho al argumento planteado en aquel magistral cuento de Borges, “Tema del traidor y del héroe”. Salvando las distancias, repetimos.

Es un hecho que la realidad supera, a veces, a la ficción. Pero no es este el caso. García se mató, y no hay vuelta que darle. Ni se orquestó una confabulación digna de un culebrón mexicano, gracias a la cual se habría burlado del país entero y, de manera particular, de nuestra justicia, huyendo al extranjero; ni, mucho menos, resucitará al tercer día (ya lo habría hecho). Pues no. Lamentamos arruinarles la fiesta a los que gustan de ver conspiraciones hasta en la sopa, pero lo cierto es que García está muerto, y punto. Es más, todo hace indicar que habría tenido su suicido debidamente planificado desde hacía ya varios meses. No deja de ser sintomático, en tal sentido, el que hoy, a la luz de los acontecimientos ya harto sabidos, cobre particular relevancia aquello que repetiría en más de una ocasión, cada vez que se lo interrogaba respecto de los supuestos actos de corrupción en los que habría incurrido como consecuencia de recibir dinero ilícito de la empresa Odebrecht: que a él jamás se lo vería preso. Y vaya que tenía razón.

¡Qué incendio en Mesa Redonda ni qué interpelación a la ministra de Educación ni que vía crucis con exhibicionistas haciéndose clavar las manos!

                                                   

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