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11 diciembre, 2019
Actualidad Opinión

ADIÓS, LLUVIA BUENA

Por: Andrés Jara Maylle

Ahora que ya se van, voy a extrañar a las lluvias que persistentes cayeron sobre este valle durante los últimos tres meses. Solo queda esperar hasta fines de octubre o inicios de noviembre para sentir nuevamente sus gotas vivificantes.

Sé que a muchos no les gusta la lluvia. Las odian, las detestan, las aborrecen. Yo, en cambio, miro a la lluvia con otros ojos.

Miro con los ojos de mis antepasados. Con los ojos de mis tíos Gilberto o Demetrio; con los ojos de mis abuelos Nicolás o Ruperto. Miro con los ojos de mi padre. Para ellos, como para muchos, que sabían que sin la lluvia era imposible la vida, no podían concebir su existencia al margen de la lluvia bendita que esperaban con ansias, año tras año.

Tal vez alguien dirá que estoy loco para decir lo que digo.

Tal vez no pueden explicarse cómo un cristiano con sus cinco sentidos cabales puede amar a la lluvia, esa fuerza natural implacable que cae del cielo y que provoca huaicos, derrumbes, inundaciones.

Dirán, por ejemplo, que por culpa de las lluvias no hay pase a Lima o a la selva. Que por culpa de las lluvias, mucha gente inocente ha muerto sepultada por el alud de lodo y piedras. Que por culpa de las lluvias muchas familias se han quedado sin sus casas. Que por culpa de las lluvias se han inundado muchas hectáreas de cultivos. Todo eso dirán…

Por eso parecerá ilógico o contradictorio lo que digo, pero es así y no hay forma de cambiarlo.

Yo que vivo por más de cincuenta años al borde del río y del huaico sé de lo que es capaz la fuerza de las lluvias. Conozco su poder invencible, he sentido su ímpetu indomable cada vez que por la quebrada de Las Moras bajaba el aluvión indetenible con dirección al Huallaga. Pero aún así yo amo a la lluvia y se cuánto la extrañaré hasta su próxima vuelta.

Si muchos están contentos con su ausencia y hasta sienten una especie de tranquilidad y tregua en esta guerra inútil; yo, en cambio, me pongo algo triste, me invade la añoranza; una añoranza que intento aplacarlo mirando el horizonte, ora hacia el norte, ora hacia el sur, atisbando a las nubes lejanas que huyen allende las montañas y que ya no representan ningún peligro para nadie.

Esa es la ventaja (o la desventaja) de mirar o de sentir con los ojos de nuestros antepasados. Mi tío Gilberto, por ejemplo, vivió toda su vida en Cacapara, al oeste de la ciudad, cerro arriba, un pueblito que hasta ahora no figura en ningún mapa. Pero en esas tierras, entre esas lomas y laderas se produce hasta hoy los más dulces choclos, las habas más tiernas, las papas más variadas, las calabazas más exquisitas. Lo curioso es que en Cacapara no hay mucha agua para el riego, es un líquido que es escaso. Por eso los cacaparinos esperan con avidez a que lleguen las primeras lluvias para empezar a sembrar todas esas exquisiteces. En suma, dependen de las lluvias para sobrevivir. Si llueve harto, entonces será un buen año porque la producción será buena. Pero si la lluvia es tacaña, es exigua, las tierras no producirán nada y la gente sufrirá demasiado.

Mi abuelo Ruperto, sabía como nadie sobre la importancia de la lluvia. Cómo no iba a saberlo si su supervivencia en Rondos (donde si no llueve no se siembra) dependía exclusivamente de la temporada de buena lluvia. Y aquella sapiencia lo transmitió a mi padre quien también imploraba la llegada de esas aguas tonificadoras.

Hay muchas maneras como la lluvia llega a nosotros, decía mi padre. A veces es una lluvia violenta, en forma de chubascos rabiosos, en forma de aguaceros ensordecedores. Otras veces, llega tenue y calmadamente; una lluvia  suave pero persistente: es la que menos daños ocasiona. Las lluvias también pueden llegar al amanecer, aparecerse de pronto al mediodía; o incluso al finalizar la tarde.

En todo caso, no importa el tipo o la hora, pero cuando se sabe respetar y se sabe querer a las lluvias estas siempre serán bienvenidas. Siempre serán extrañadas como se extraña la llegada después de mucho tiempo de los buenos amores de la vida.

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