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15 octubre, 2019
Opinión

¡Bienvenida, adolescencia!

Por: Arlindo Luciano Guillermo
El carácter de nuestros hijos cambia con el avance de los años. Cada etapa tiene su propia particularidad. Los padres tenemos que estar atentos a esos cambios visibles, encubiertos o sutiles. Para educar adolescentes no hay mejor decisión que actuar como socios que buscan mejores utilidades para la empresa. En un escenario de conflictos, desautorizaciones mutuas, pérdida de respeto e incoherencias, el adolescente huye, se recluye en un hermetismo invulnerable y busca otros paradigmas. Las peguntas que hoy hacen los hijos son diferentes a los que hicimos en el siglo XX. Con el auge incontenible de las redes sociales, las preguntas son directas, al grano, esperan respuestas claras, inteligentes, sin prejuicios ni intolerancia.
El Código del Niño y del Adolescente (ley 27737) considera adolescente de los 12 hasta los 18 años. Ellos no cometen delitos, solo infracciones. Luego de culminar la secundaria siguen siendo adolescentes. En ese período crítico y de negociaciones hay cambios emocionales, sicológicos, físicos, hormonales. El contexto sociocultural tiene una poderosa influencia en ellos, aparte de la educación familiar y la docencia doméstica. Dice Pilar Soro, sicóloga chilena: “Somos la única generación de papás que le tuvo miedo a sus padres y hoy le teme los hijos.” Es buen papá cuando “a todo le dice sí”; es malísimo cuando “dice no”. Si no damos muestras de credibilidad y consecuencia los hijos se ríen y bailan en nuestra cabeza. Ellos se dan cuenta, íntegramente, quién le da afecto y comprensión; quien le da dinero y cosas para mantenerlos quietos, sin berrinches.
Gritar, criticar, comparar, ser autoritario e intolerante es mala fórmula para educar adolescentes. Es una estrategia imprudente que puede costar caro. Para los adolescentes, los padres ya no somos el sabelotodo, el genio, el todopoderoso, el Hércules citadino ni el Supermán de la familia y del barrio. Ellos nos ven defectos, desaciertos y errores; no somos nunca más los perfectos de su niñez. Hay tareas que no podemos ayudarlos porque de geometría, álgebra y principios de la geografía aplicada no sabemos.
El adolescente tiene miles de interrogantes, ideas confusas y deseos de respuestas sinceras. Escucharlos, mirándole los ojos, con paciencia, sin bostezar, sin responder el celular, sin contradecirlos, es una la clave del éxito. Adolescencia es “adolecer, carencia de algo que, con el tiempo y la madurez, se logra aclaración, estabilidad y rumbo propio en la vida. La adolescencia es un volcán en erupción hormonal. Los padres merecemos los ojos que tenemos y educamos. Los padres no somos amigos de los hijos; somos padres que “jodemos” todos los días. Debemos exorcizar prejuicios ancestrales y hablarles a calzón quitado a nuestros hijos sobre sexo, sexualidad, cambios físicos y emocionales. Con una mano la miel y con otra la hiel. Los padres hemos perdido presencia ejemplar, nos hemos dedicado al trabajo que da mucha plata, hemos perdido autoridad porque los hijos nos ven que decimos una cosa y hacemos otra. Los padres de hijos adolescentes tenemos que leer a Pilar Sordo (No quiero crecer. Cómo superar el miedo a ser grande, 2010) o Rosario Sánchez Infantas (Picante… pero sabroso, 2008). Ambos libros abordan el desafío de educar, orientar y comprender emocional y racionalmente a adolescentes. Debemos recordar cómo fuimos, de dónde venimos y quiénes nos educaron cuando adolescentes. Se hace necesario apoyo profesional, socializar experiencias exitosas con adolescentes. La adolescencia no es un viacrucis, sino un reto. La “educación tradicional” puede conservar el respeto, la integración y la colaboración principalmente, pero no necesariamente sirve para los adolescentes de hoy. Los extremos siempre son perjudiciales. Ni permisivo ni autoritario, sino democrático, hábil negociador, sin perder la autoridad ni el rol insustituible, educador y decisorio de los padres. Los hijos no son electores que nos eligieron en comicios electores ser sus padres.

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