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18 noviembre, 2019
Actualidad Opinión

CÓMO CONOCÍ A VARGAS LLOSA

Por. Andrés Jara Maylle

Lo vi por primera vez, a unos veinte metros de distancia, en una conferencia que dio en el auditorio de la Universidad de Lima, creo en el 2003, a donde asistimos con algunos de mis colegas y amigos. Con solo escucharlo supe en aquel momento, que era ya una injusticia que aún no se le diera el Premio Nobel que tanto merecía.

En verdad, a Mario Vargas Llosa no lo conozco personalmente (como es mi eterno deseo) pero estoy casi seguro que lo conozco bastante bien en su dimensión intelectual, a través de sus libros, de sus artículos, de sus ensayos y de sus muchas entrevistas y declaraciones que ha brindado alrededor del mundo entero.

Leyéndolo, he seguido de cerca su evolución estética y, sobre todo, su evolución política, planteada por él de una manera directa, sin cortapisas, sin embauques, aún sabiendo que decir su verdad conllevaría el odio, el insulto y las diatribas de los acomplejados, los resentidos y, obviamente, de los mediocres que no son capaces de tolerar el triunfo rotundo de un compatriota.

No sé exactamente si mi primer acercamiento a su obra fue a través de su novela corta Los cachorros, cuando yo todavía me encontraba como estudiante en el cuarto o quinto año en el colegio Leoncio Prado. De haber sido allí, de seguro que no le tomé mayor importancia y dicho libro pasó desapercibido.

Sin embargo, está muy claro y patético el momento en que decidí leerlo. Fue cuando ya cursaba el primer año de cursos generales en la Facultad de Educación de la Unheval, entre 1982 y 1983. Un antiguo profesor principal que nos “enseñaba”, creo, Lenguaje, no sé por qué empezó a discursear sobre Vargas Llosa. Lo que decía sobre él eran solo improperios desencajados, animadversiones sin argumento alguno. Era un puro bla, bla bla sin sentido.

Pero la cereza de la torta vino cuando dicho profesor empezó a referirse a la novela La tía Julia y el escribidor, (que he llegado a la conclusión, nunca había leído).

Decía que él como docente católico no recomendaba leer ese libro escrito por una mente malograda; que la novela era casi pura pornografía incestuosa que solo puede pervertir la mente de los  niños y de los jóvenes; que la novela debería ser prohibida en colegios y universidades; en suma, que la novela de marras, era un mamotreto mediocre en donde en cada página, obsesiva e insistentemente, se presentaba el tema sexual de la peor manera.

Para ese entonces ya había leído En octubre no hay milagros, de Oswaldo Reynoso, novela transgresora e irreverente para su tiempo y me imaginé que La tía Julia… sería mucho más coprolálico y libidinoso, teniendo en cuenta todo lo que nos había comentado el profesor principal.

Y como todos los seres humanos sentimos una rara e inexplicable fascinación por lo prohibido (hasta ahora a mí lo vedado me atrae mucho), en los días siguientes me dediqué a buscar esa maldita novela para leerla de cabo a rabo.

Tampoco sé en qué librería lo compré, o quién me lo vendió. Lo cierto es que una tarde de esas por fin tuve el libro entre mis manos y saliendo de clases me fui directamente a mi casa. Mientras lo llevaba, sentía que cargaba con algo prohibido, ilegal o clandestino; que tenía algo de culposo tener ese texto entre mis manos sudorosas; pero muy en el fondo, iba contento por el solo hecho de haber encontrado ese libro después de buscarlo arduamente.

Y lo que encontré en la Tía Julia y el escribidor, no fueron asquerosidades sexuales ni mucho menos. Para mí, ahora que lo  he releído muchas veces, esa novela sigue siendo una bella metáfora del amor. Un poco más y diría que se trata de una de las mejores historias románticas que se han escrito en el Perú. Sí, La tía Julia y el escribidor, es un bello himno al primer y gran amor. En suma una novela que vale la pena ser leída.

Desde ese entonces no he dejado de buscar y leer los libros de nuestro genial Mario Vargas Llosa. Y si bien es cierto que su novelística no es pareja, no por ello, uno deja de aprender con cada libro que publica.

Es así como me introduje en el mundo vargaslloseano y por eso digo que lo conozco desde esas profundidades. Gracias a sus escritos aprendí mucho sobre el Perú y sobre otras latitudes. Gracias a Vargas Llosa, aprendí a escribir artículos y breves ensayos.

En estos días en que Vargas Llosa está en La Feria del Libro, cuánto me hubiera gustado estrecharle la mano y decirle: Gracias, maestro, por todo. Pero parece que los jircas se han confabulado y parece que mi caro deseo no podrá cumplirse. En otra oportunidad será.

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