26 C
Huánuco
15 octubre, 2019
Actualidad Opinión

CON SACO Y CORBATA

Por: Jacobo Ramírez

Hace algunas semanas atrás, la Sunedu otorgó la licencia institucional, por seis años, a la Universidad Nacional Hermilio Valdizán, y eso es fruto del trabajo de hormiga realizado por todos los integrantes de esta casa superior de estudios.

La última semana, antes que llegaran los evaluadores, hubo trabajadores administrativos y docentes que corrían de arriba abajo. Se hizo toda la documentación pendiente y puso al día todo; incluso, algunos iban a sus casas después de medianoche, como para no perder la costumbre. Después de ello, por fin llegaron los temidos y bien mentados evaluadores.

Esa semana, me disfracé con saco y corbata. El lunes, cuando llegué a la universidad, más puntual que nunca, el guachimán me saludó al verme y, por primera vez, después de muchos meses, no me pidió DNI para ingresar. Sonriendo, me dirigí hacia el pabellón donde laboro; mientras caminaba, algunos exalumnos me miraban asombrados y me saludaban respetuosamente; parecía como si quisieran tomar distancia; no había tuteo, solo, como diría mi abuelita, “respetación”. Como podrán imaginar, yo me sentía dentro de ese saco, como juane de dos soles cincuenta: mal envuelto.

Me encontré con mis colegas, incluso con quienes creía que estaban de año sabático, ya que hacía bastante tiempo no los veía (por cruce de horarios, no piensen mal, por favor). Pero lo que más me llamó la atención mientras me veían disfrazado, es que algunos me decían «doctor, buenos días», «doctor, buenas tardes». Lo que por supuesto me hizo pensar que se habían olvidado de mi nombre. Y cuando le pregunté a un trabajador del jardín por qué me decía «doctor», me respondió porque estaba con saco y porque hay muchos profesores que, cuando él les saludó, le reclamaron diciéndole que les digan «doctor». Entonces, le dije que existen muchos que prefieren que les llamen por sus grados, más que por sus nombres, a lo que respondió: «Seguramente, profe», y se puso a seguir limpiando el jardín apresuradamente. Sus palabras me hicieron recuperar mi identidad.

Me encontré con mis amigos, quienes también habían desempolvado sus ternos. Y debo decir, en honor a la verdad, que, de algunos de ellos, los botones de sus sacos estaban a punto de salir volando; de otros, sus pantalones parecían de aquel modelo llamado “chavito”. Lo cierto es que no sé si es que crecieron o se encogieron, pero todos, al menos el primer día, andaban que no cabían en sus “pellejos”.

Nuestras vidas cambiaron. Aprendimos a usar las aulas virtuales, y aunque nos habían capacitado, lo que no asimilamos en charlas de horas, lo captamos en media hora; aprendimos a intercomunicarnos con nuestros alumnos usando la tecnología; a dejar trabajos con fecha y hora de entrega, a chatear. Aprendimos también a consultar nuestros sílabos, a pasar lista antes de empezar nuestras clases.

También aprendimos a distraernos haciendo sesiones de aprendizajes, a pasarnos el tiempo haciendo documentos, sin tener casi turno para preparar una clase o para leer un libro. Aprendimos a armar nuestra carpeta pedagógica y muchos, desde ese día, la hacen andar en su maleta como si fuera su Biblia. En resumen, hoy estamos más preocupados en nuestros documentos, que estar preparados para dialogar con los jóvenes en vivo y en director, para confrontar temas tratados, para hacer frente a la realidad.

Ya no importa que un profesor (disculpen: catedrático; porque aquí todos somos catedráticos; no como otros, que sin saber leer ni escribir terminan siéndolo) esté trabajando, porque al evaluador, si entra a tu salón de clases, no le interesa cuán didáctico seas o cuánto dominas tu materia, solo vales si tu carpeta está al día, y listo. Desde ese momento, aprendí que papelito manda; y si estás con saco y corbata, mejor, porque ya no te llamarás Lucho, Andrés, Víctor, Agustín, Fermín o Rupico, sino simplemente “Doctor”, aunque ese grado lo hayas comprado en Azángaro, en la universidad del que tiene plata como cancha o en cualquier otra, y no sepas ni hacer siquiera un resumen, y que en tu vida no hayas leído más que Condorito, Playboy, etc.

Pero lo que vale por encima de todo, es que ya estamos con licencia de funcionamiento. Y aunque a algunos les duela como muela de leche, pero la primera casa superior de estudios logró su permiso y este durará seis años, tiempo en que muchos aprenderemos a hacer todos los documentos pedagógicos que nos falta, lograremos grados, fumaremos cigarrillos, beberemos en abundancia, comeremos desmedidamente; mientras que otros, por su parte, harán ayuno, practicarán la abstinencia; y la vida continuará; y el río seguirá su cauce.

Las Pampas, 8 de agosto de 2019 

Publicaciones Relacionadas

50 Años de “Cien Años de Soledad”

adminahora

Semana turística en Lauricocha del 21 al 25

editorahora

Devida entregó más de 10 mil títulos de propiedad a agricultores

editorahora