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22 abril, 2019
Actualidad Opinión

Cuando la educación importa un carajo

Jorge Farid Gabino González

Si bien todavía no se ha dicho la última palabra, y hay, por tanto, aún mucho pan por rebanar, preocupa sobremanera que nuestro deleznable Congreso de la República, especialista, como se sabe, en la comisión de las más infames bellaquerías a nivel de lo político, y a lo que por lo demás ya nos tiene acostumbrados, pretenda ahora meter también sus asquerosas narices en la que es, si el optimismo no nos traiciona, uno de los últimos ámbitos en los que al parecer la batalla aún no está perdida: la educación.

Lo ha hecho merced a la aprobación por unanimidad en la Comisión de Educación de un proyecto de ley para reponer a más de 10 000 directores y subdirectores que fueron cesados por no aprobar una evaluación de desempeño realizada por el Ministerio de Educación en 2014. Iniciativa legislativa que, de llegar a concretarse, demás está decir que no solo significaría un vergonzoso y catastrófico traspié en lo que respecta a la implementación de las reformas educativas que desde hace ya varios años se vienen aplicando en el país, sino que además dejaría de paso el nefasto y preocupante mensaje de que para algunas de nuestras autoridades congresales (para un gran número de ellas, en realidad) la educación de los peruanos importa un maldito carajo.

Iniciada en el segundo gobierno del Alan García, y continuada y mejorada durante el de su sucesor, Ollanta Humala, la reforma educativa que se viene llevando a cabo desde entonces, y que a la fecha ha sobrepasado ya nada más y nada menos que una década, ha tenido desde sus inicios a la meritocracia como uno de los ejes fundamentales sobre la que se ha erigido. Así, con aciertos y desaciertos, pero siempre teniendo a los estudiantes como fin último, resulta innegable que los cambios realizados en el mencionado sector, sobre todo a nivel de la Educación Básica Regular, han sido en los últimos años muchísimo más positivos que negativos. Lo advierte cualquiera que tenga dos dedos de frente, que no viva en otro planeta y que carezca, desde luego, de las anteojeras que a todas luces poseen nuestros impresentables “padres de la Patria”.

Pero claro, imposible esperar menos de ellos. ¿O creerán, quizá, que nadie se da cuenta de que la misma pandilla fujiaprista que, en su momento, movió cielo y tierra para traerse abajo al ministro Jaime Saavedra, defensor e impulsor acérrimo de la Ley de Reforma Magisterial, es la que ahora que lleva adelante el mamarrachento proyecto de ley aquel? Aunque parezca mentira, en el Perú no todos son desmemoriados, pues hay quienes todavía nos acordamos, por ejemplo, de que argucia tras argucia, mentira tras mentira, patraña tras patraña, los antedichos no pararon hasta alejar del Gobierno al ministro Saavedra, con lo que comenzaron, es bueno no perderlo de vista, a socavar las reformas educativas que con tanto esfuerzo y sacrificio se habían estado implementando.

Por si lo anterior no fuera poco, viene ahora a agravar la situación el que al existir la posibilidad de que los más de 10 000 profesores cesados retornen a sus cargos, se estaría generando el subsecuente retiro de quienes por mérito propio se encontrarían ocupando esos mismos puestos, con lo que la tan mentada meritocracia, claro está, terminaría yéndose poco menos que a la mierda.   

Queda claro que lo que en verdad les interesa a esta sarta de pendejos, que a falta de mejor nombre llamamos congresistas, es cualquier cosa menos la educación de nuestros niños y jóvenes que estudian en colegios públicos. Les importa más, desde luego, la realización de medidas populistas, como la que ahora se jactan de defender, que el velar por el mejoramiento de la calidad educativa de nuestras escuelas. ¡Pero qué les va a importar! Si lo que han demostrado, una vez más, es que están de espaldas a la educación.

No es de extrañarse. Si, como se sabe, muchos de quienes nos honran hoy con su presencia en el Congreso ni siquiera pasaron por la escuela. Lo que no tendría nada de malo, por supuesto, si no fuera por el simple y sencillo detalle de que hay ciertas cosas para las que, aunque parezca exagerado decirlo, sí debería ser requisito indispensable haber frecuentado, aunque fuera someramente, uno que otro libro, y mejor si dentro de la escuela. Cosas como dirigir los destinos de un país, por ejemplo. Pero no, tratándose del Perú eso sería pedir demasiado, más aún cuando la educación, aquí, importa un carajo.       

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