ECLIPSE Y TEMBLOR
OPINIÓN
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26/01/2012

HUÁNUCO | Me acuerdo que faltaban pocos días para el 24 de setiembre y que en la escuela estábamos ensayando los números que presentaríamos en Huánuco con motivo del cumpleaños de don Mercedes Araujo. Después de un ruido raro (parecido al hervor del agua en la tetera) que venía no se sabe de dónde, empezó a temblar el piso de la escuela como si alguien lo estuviera moviendo por debajo. Era un remezón lento y continuado que nos obligó a salir corriendo, en estampida, como quien dice sálvese quien pueda. En el alboroto, alguien tropezó con Eusebio Malaver cuya guitarra cayó al piso y todos lo pisotearon hasta dejarlo puras astillas.
Ya en la calle, hubo un momento de calma, tiempo que nos permitió mirar a uno y otro lado y observar que la gente, reunida en pequeños grupos, estaba parada a prudente distancia de la puerta de su casa. Parecía que todo hubiera vuelto a su normalidad cuando, ¡carijo!, empezó el segundo remezón, mucho más ruidoso e intenso que el anterior. La tierra temblaba bajo los pies y las rodillas, inútiles y sin fuerzas, querían doblarse por sí solas. Los largos segundos que duró el temblor se convirtieron en una eternidad, tiempo en que las campanas del templo repicaron dos o tres veces seguidas estando la puerta de la iglesia cerrada con llave. Y cuando la tierra dejó de temblar, pasó el mal momento y recuperamos el aliento, en la plaza del pueblo la gente estaba arrodillada, llorando y rezando con las manos empalmadas (como el cuycito al ser degollado), mientras que la empinada cumbre del cerro San Cristóbal era un polvaredal rojizo a causa de las piedras que se habían desprendido de su sitio y rodado como galgas.
Como también era de tarde, se suspendieron las clases hasta el día siguiente a fin de que los estudiantes regresaran de inmediato a sus casas; solo que nosotros nos quedamos merodeando por la plaza y escuchando de paso la conversación de las personas mayores. Así pudimos enterarnos que durante el temblor, las cruces de fierro de la torre de la iglesia se habían balanceado de un lado al otro como las espigas del maíz con el viento, y que del frondoso árbol de aravichco ubicado al centro de la plazuela, con la tembladera del sismo, había llovido flores moradas y bayas secas en forma de castañuelas en que se convierte la flor una vez madura. Sin embargo, el peor momento ocurrió cuando a alguien se le ocurrió proponer que abrieran la puerta del templo. Al ingresar en él, el espectáculo era terrible: los pisos laterales de la nave y del altar mayor eran un reguero de imágenes de yeso caídas de sus altares como si alguien los hubiera aventado contra el piso. Daba no sé qué ver llorar a las mujeres con un pedazo de santo roto en las manos y a los hombres, serios y cariacontecidos, santiguarse sin pronunciar una sola palabra. El único que se mantenía incólume en su altar, pequeño de talla, sonriente, con el brazo levantado y señalando hacia adelante, como si nada hubiera ocurrido a su alrededor, era San Sebastián, patrono del pueblo.
Después de que Mayo declamara dos veces seguidas su Plegaria y Eusebio Malaver y Juan Acosta cantaran a dúo un par de huaynos (“Como el viento que va dando vueltas / yo he venido por estos lugares; / con qué destino habré yo nacido / para rodar solo de pueblo es pueblo), ahora me tocaba a mí.
Ver a tanta gente desconocida, bien vestida, apoltronada en sus asientos y que me miraba de frente a los ojos, era para asustarse. Las piernas temblaban como en el día del temblor, temerosas de que el eclipse total de sol pudiera reproducirse en la memoria al no ver por ningún lado la carita pecosa y los dientes de ratón de Quita Terán quien, de ser necesario, nos auxiliaría en el momento más necesitado. Sin embargo, nuestra intervención debió ser algo convincente, pues apenas nos disponíamos a abandonar el escenario mirando a uno y otro lado, el público emocionado aplaudió, se puso de pie y pidió que repitiera el poema…
La anécdota del 24 de setiembre de ese año no tendría la más mínima importancia, de no ser por algo inesperado que me ocurrió once o doce años después, en un escenario lejano y completamente distinto: la Biblioteca Nacional de Lima ubicada entonces en la cuarta cuadra de la avenida Abancay. Sucedió que una noche, cómodamente instalado en la sala de lectura del primer piso (Sala Humanidades) revisaba una antología de la poesía del Siglo de Oro Español cuando ocurrió algo imprevisible. Impreso en letras menudas en un reducido espacio del libro de formato pequeño, aparecía un poema de catorce versos que lo leí de memoria, sin respirar y en menos de treinta segundos. El efecto de la lectura fue inmediato. Como tocado por la varita milagrosa de un mago prodigioso, se borraron los años y las distancias y algo sobresaltado por la presencia de tanta gente extraña en el recinto y empequeñecido por el recuerdo, me vi trepando al improvisado estrado levantado para los músicos en el patio de la casona de don Mercedes Araujo el día de su cumpleaños. Vestía pantalón azul marino, zapatos negros, camisa blanca manga larga, corbata michi roja asegurada en el cuello con elástico (todo prestado por gestión de la profesora Ana Teodomira Pérez) y un matizado ramillete de rosas en la mano izquierda.
Vuelto a la realidad (otra vez solo en el mundo en medio de una multitud desconocida) y seguro de que el profesor Armando Zevallos Horna, a su vez, los había aprendido a iniciativa de alguno de sus profesores cuando estudiante en el Colegio Nacional Leoncio Prado, cerré el libro y los ojos y repetí de memoria y sin equívocos el soneto Las rosas y la vida de Pedro Calderón de la Barca.
Estas que fueron pompa y alegría
despertando al albor de la mañana,
a la tarde serán ya sombra vana
durmiendo en brazos de la noche fría.

Este matiz que al cielo desafía,
iris listado de oro, nieve y grana,
será escarmiento de la vida humana.
¡Tanto se emprende en término de un día!

Al florecer las rosas madrugaron
y para envejecer florecieron.
Cuna y sepulcro en un botón hallaron.

Tales hombres sus fortunas vieron.
En un día nacieron y expiraron
Que, pasados los siglos, horas fueron.

Aquella noche, agobiado por el desarraigo y otras penurias pasajeras, me soñé a mí mismo; a Mayo y Quita jugando yas en la puerta de su casa; a la profesora Ana Teodomira Pérez caminando pisablandito de la escuela a su casa; al profesor Armando Zevallos Horna haciendo bailar el trompo en la palma de la mano sin que éste tocara el suelo, y a mi madre contando cuentos. Esa noche, en mis sueños, fui inmensamente feliz hasta la hora del alba.
(*) Capítulo 14 del libro inédito Bajo la patria potestad (Memorias: 1946 / 1954).

CORRESPONSAL: Andrés Cloud

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