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8 abril, 2020
Actualidad Opinión

EL CRIMEN DE FÁTIMA CONMUEVE AL MUNDO

RONALD Mondragón Linares

El abyecto crimen de Fátima ha sacudido, una vez más, la conciencia del mundo civilizado, especialmente de la sociedad latinoamericana. Probablemente se convierta, Fátima, en la triste imagen pero representativa de una de las abyecciones más bajas que acontecen ahora como un pérfido signo de este tiempo: el maltrato, ataque sexual seguido de muerte a niñas, adolescentes y mujeres adultas, casi siempre todas ellas en estado de vulnerabilidad e indefensión.

Se ha dado en llamar “feminicidios” a este tipo de crímenes por el hecho mismo que las víctimas son mujeres. Tengo reparos en dicho concepto, porque los tipos penales deben abordarse desde el estricto punto de vista de la ciencia del Derecho y no del punto de vista de las graderías, de la muchedumbre ni del interés político. Sin embargo, podemos, por ahora, manejar dicho concepto para usos prácticos y de manera provisional.

¿Qué hay detrás de los crímenes contra las mujeres o de los “feminicidios”? Fátima, una niña de siete años de una colonia pobre de Xochimilco, al sur de la capital mexicana, fue hallada muerta en un basural, desnuda y con el cuerpo envuelto en plásticos, muy cerca del barrio donde vivía, con evidencias de haber sido torturada y violentada sexualmente. Los responsables -una pareja de turbia relación conflictiva que vive en la misma colonia- ya han sido aprehendidos y sometidos a investigación. El caso ha dado la vuelta al mundo y ha merecido la intervención directa de la jefa de Gobierno de la Ciudad de México, Claudia Sheinbaum e incluso del presidente de la República, Manuel López Obrador. Sheinbaum calificó la reacción ante este caso como una “cadena de negligencias institucionales”, mientras que para el presidente lo sucedido responde a una “moral individualista y a un pensamiento machista y conservador.”

Estas consideraciones sobre el problema, notoriamente, son harto limitadas, más aun viniendo de funcionarios de las más altas esferas de un Estado. Es necesario, pues, empezar a abordar el problema con seriedad, convicción y profundidad, tanto en tratamientos conceptuales como en estrategias de acción. Estas limitaciones de concepto y actuación no se restringen, en manera alguna, al ámbito de la sociedad mexicana. En el Perú, también crecen diariamente las estadísticas de crímenes y violaciones contra la mujer, y las respuestas del estado son igualmente insuficientes y parciales.

En 2019 se registraron 168 casos de feminicidios en el Perú, según reportó la Defensoría del Pueblo, el más alto en toda la década. México contabilizó 916 víctimas de este delito ese año. En Argentina se registraron 297 muertes el año pasado, por el mismo delito. De manera que en América Latina y el Caribe son miles las mujeres que mueren cada año.

Considero que las acciones a emprender por parte del estado deben tener como correlato un tratamiento serio del problema, el cual debe ser abordado por investigadores de distintas áreas que  estén en capacidad de ofrecer aportaciones no solo enriquecedoras y productivas, sino eficaces y viables. Sociólogos, psicólogos, líderes de opinión, educadores e intelectuales de la más alta jerarquía deben empezar una verdadera cruzada que, sospecho, será de muy largo aliento.

Como vemos, el problema es global. Los países latinoamericanos tienen problemas comunes. El sistema educativo e institucional -el caso de México es evidente en el colapso de las instituciones; el caso peruano es patético en el ámbito de la educación pública, por ejemplo- está a punto de tocar fondo. La marginalidad y la exclusión, no necesariamente la pobreza, empuja a los sectores sociales más desvalidos al vacío de la ausencia de realizaciones personales, al vacío sin fin de la ausencia de valores (es decir, del sentido auténtico y vital del existir). El excluido no se siente parte -sencillamente porque no lo está -del ser social, del engranaje social y por eso no entiende las leyes tácitas de la convivencia, la empatía y menos de la solidaridad. Sus vínculos interpersonales y sociales están rotos. Y desde arriba, la sociedad oficial le responde con corrupción millonaria -el delito de los delitos sociales- y más y más desigualdad. La desigualdad es una brecha hondísima, un abismo que se abre cada vez más y que solo permite ver la sombra oscura de la muerte.

 

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