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13 diciembre, 2019
Actualidad Opinión

El escritor y el dolor

Ronald Mondragón Linares

En uno de los libros más desgarradores que se hayan escrito en el siglo XX. “El dolor” es un título por demás elocuente, la escritora francesa Marguerite Duras (“El doleur”, 1985) nos presenta un cuadro dantesco de los abismos a dónde puede llegar el alma humana torturada por el dolor.

Pero, ¿de qué naturaleza del dolor estamos hablando? Evidentemente, no se trata del dolor físico ni mucho menos. Estamos ante el dolor en el que muchas veces nos quedamos sumergidos a causa de nuestra misma condición humana; dolor que atraviesa la conciencia, la mente y los corazones y que muchas veces ha buscado la muerte como última vía de escape. Dolor que los existencialistas consideran como intrínseco e inevitable en el hombre al haber sido “arrojados” a un mundo absurdo y sin sentido.

El dolor traspasa los dominios de la psicología. Se implanta como una sierpe oscura en el alma, invade y enturbia las claras regiones de la razón, se pertrecha en las emociones y, por último, puede atacar implacablemente la salud física de los desdichados.

En el caso de Marguerite Duras, se trata de un procesamiento crudelísimo de una serie de amargas experiencias personales, en el contexto de la II Guerra Mundial y la ocupación nazi, a través de una feroz ansiedad que se ensañó con su pobre alma con el filo de una furiosa navaja: el miedo. “Cómo he podido escribir esta cosa a la que aún no sé dar un nombre -confiesa ella- y que me asusta cuando la releo”. El horror de la guerra y de su sufrimiento personal –por ejemplo, la espera desolada de su esposo capturado por la Gestapo- se mantiene en la memoria con su atronadora ebullición: “El horror asciende lentamente como una inundación, me ahogo. Ya no espero, de miedo que tengo” -escribe Duras. El miedo anula hasta la esperanza, todo hálito de vida se va perdiendo. Es tanto, tan grande el dolor que él mismo “se asfixia, no tiene aire. El dolor necesita espacio…No sé dónde meterme para soportarme. Segundo tras segundo, la vida se nos va. Yo ya no puedo nada. Confortaría estar ceñida por otros brazos. Un minuto de aire respirable. Inmediatamente vuelven las ganas de vomitar (…) Vuelvo a necesitar espacio vacío para el suplicio”. Incluso quiere mantener sus fuerzas solo para soportar tal suplicio.

La Psicología, el esfuerzo y la fortaleza personal ayudan a vencer esa terrible alimaña de la ansiedad sacudida por el miedo y el dolor. Pero en el escritor hay un arma noble y poderosa que se encarga de eliminar, a manera de descarga liberadora y dulcificante, el aire tóxico y la sombra desgarradora del dolor, de la pérdida total de la esperanza.

Si en Marguerite Duras la fuerza del arte se planta frente al dolor personal -como en el caso de Cesare Pavese o José María Arguedas en sus diarios íntimos- en otros escritores, como César Vallejo, el dolor trasciende lo personal y se eleva al dolor de la humanidad entera y se procesa con hondura a través del arte literario: “Jamás, hombres humanos, / hubo tanto dolor en el pecho,/ en la solapa, en la cartera,/ en el vaso, en la carnicería,/ en la aritmética”.

En Vallejo, hay una sublimación del dolor humano -dolor por la injusticia o la maldad, dolor por el absurdo o la desesperanza- mediante el valor que engrandece su obra entera: la solidaridad social. “…De resultas del dolor, hay algunos/que nacen, otros crecen, otros mueren, /y otros que nacen y no mueren, / otros, que sin haber nacido, mueren,/otros, que no nacen ni mueren(son los más)/Y también de resultas/ del sufrimiento, estoy triste/hasta la cabeza, y más triste hasta el tobillo…/¡Cómo hermanos humanos,/no deciros que ya no puedo/y ya no puedo con tanto cajón,/tanto minuto,… / tanto lejos/ y tanta sed de sed! ¡Ah! Desgraciadamente, hombres humanos, / hay, hermanos, muchísimo qué hacer”.

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