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15 octubre, 2019
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EL INSOBORNABLE COMPROMISO CON LA MEMORIA EL PODER DE LA REMINISCENCIA

Andrés Jara Maylle

La memoria es un fortín resistente a cualquier embate; es una fortaleza invulnerable en donde se guardan las más caras evocaciones; es el último territorio verdaderamente nuestro, e inviolable al mismo tiempo. De allí van saliendo esos recuerdos que, más tarde y pasando los años, se convertirán en  caras nostalgias, en inevitables reminiscencias.
Y Mario Malpartida ha sabido usarlo mejor que nadie. Por eso, Ajuste de cuentos, en su tercera edición y, especialmente, Hablando de ausencias, son muestras del poder subversivo y determinante de la memoria.
Ajuste de cuentos, conjunto de cinco relatos, ha sido trabajado con la constancia y paciencia de un constructor de ilusiones; es decir ladrillo sobre ladrillo, o mejor, recuerdo sobre recuerdo. Cada una de las historias de este libro tiene el sello inconfundible de ese estilo malpartideano. Allí están, por ejemplo, el joven esmirriado pero valiente hasta la inmolación del cuento Déjate caer, muchacho. O la historia aleccionadora de ese joven estudiante que, en premio a su buen aprovechamiento, viajará a un país lejano en donde conocerá geografías, personas y acciones diferentes. O el mar, ese tema recurrente en nuestro autor ya como ensoñación, ya como un fantasma que aparece horadándole el pecho, haciendo que vuelva la mirada hacia ese espacio distante que dejó inesperadamente para convertirse, como lo dice uno de sus personajes, en un marinero en sierra, o en un marinero  que por los avatares de la vida ha encallado en una geografía agreste, de altas montañas y profunda quebradas en donde la lluvia arrecia repentinamente.
Pero no solo ello, cada relato está inevitablemente teñido con la impronta de amor. Del amor fraternal ante un anciano tío que le cede, incluso, su nombre para que con él camine por el mundo; o del amor imposible enriquecido por el paso del tiempo y amalgamado con los muchos recuerdos buenos de esa adolescencia o esa juventud que aunque pasada, se tiene como muy presente.

ESE JOVEN DE CARÁCTER TACITURNO
¿Qué poderoso torbellino recorre cada rincón de la memoria de Mario Malpartida? ¿En qué pliegue de sus átomos vitales se esconden esos sucesos que luego Mario transfigurará en historias alucinantes? ¿Qué fantasmas acechan y aprisionan a nuestro autor, teniendo a la escritura como la única vía de escape o de liberación de esas quimeras? No lo sabremos nunca y mejor así.
Porque solo así, las historias, los escenarios y, sobre todo, los personajes que pueblan y que aparecen en Hablando de ausencias, adquieren autonomía plena y son libres para ser idealizados por cada lector de acuerdo a su experiencia vivida.
Hablando de ausencias está constituido por solo tres relatos, pero suficientes para marcar como con fuego la mente y el corazón del lector. Suficientes para que cualquier persona con un poco de sensibilidad llore con cada final de la historia, cuando comprueba, anonadada, que también en la literatura el mundo es pequeño, pues las vidas literarias también se entrecruzan unas con otras.
Tres historias y nada más: La rutina de la guerra, Ella tenía dos nombres y El reino de los ausentes. Todas ellas secuencializadas magistralmente, como queriendo mostrar el paso inevitable de los años, el paso del tiempo con todas sus secuelas y, acaso, magnanimizadas, por el poder de la evocación. Así, en La rutina de la guerra, en narrador es un niño; en Ella tenía dos nombres, es un adolescente y en El reino de los ausentes, es ahora un joven que ha hecho familia.
He ahí la secuencia, exacta; las tres dimensiones, precisas. ¿Tres personajes distintos? Tal vez no. Tal vez es el mismo niño, luego adolescente y luego joven. Y seguramente más tarde, será un adulto, o será un anciano. Ese es el poder de la literatura, la autoridad de las letras malpartideanas.
La extraordinaria analogía de la guerra con la vida difícil desarrollada en boca de un niño no tiene parangón alguno. Ese niño “taciturno” pero valiente seguirá a su padre para darle fuerzas en esa guerra diaria que él ve desde sus pequeños ojos y su gran corazón. Y como siempre, con la maestría técnica de Malpartida, la historia muda hacia unos espacios y hacia otros personajes ajenos al entorno de ese niño, que por su edad o su inocencia, no puede todavía comprender lo que está viendo. El final es duro y hasta penoso, pero ese niño, fiel a su estilo, intenta comprender esos abandonos pues a él no le “corresponde someterlo a ningún consejo de guerra” al padre que embelesado por las quimeras parte sin retorno aparente.
Por su lado, en Ella tenía dos nombres se cuenta la historia de Cecilia Matamoros  o Alondra Cruz. Nuevamente la vida dura, resbaladiza entre el bien y el mal. La vida escabrosa por la que se ve obligada a transitar, halla en el joven de carácter taciturno, la comprensión y el sosiego.
Nuevamente el trajín de dificultades que obsesiona al narrador y otra vez la vida azarosa, sórdida, egoísta, indecente. Pero no sentimos el peso de esas congojas, porque la historia está embellecida y transfigurada por la impronta del lenguaje de la reminiscencia; por el inconfundible tono de nostalgia  que impregna cada línea. La vida brutal, los sentimientos más perversos no son narrados bajo una visión agresiva, violenta y hasta delictiva, sino se presenta absolutamente humanizada. Así lo violento se torna en sosiego y las úlceras del alma se aromatizan y adquieren una profundidad vívida.
Y El reino de los ausentes es como la cereza de las tortas. Un relato redondo, mayúsculo, esdrújulo. Nuevamente la triada se hace presente. Tres personajes: un narrador que en plural va hilvanando la historia en base a sus recuerdos, pues narra desde un presente que solo se percibirá al final, como toda obra maestra. Daniel Quinto Patiño, gran amigo y apreciado vecino y finalmente Carmela Pasapera con doble rol: el de amiga confidente y el de esposa sorpresiva.
En este cuento, cada lector encontrará lo que quiere, el fútbol, sus requiebros y sus hinchas, los amores suspicaces, escondidos o ventilados a los cuatro vientos; intriga policial, testimonio de los tiempos violentos, vida y muerte que se confunden absurdamente; y hasta política en una sociedad que habla con fusiles balas y pólvora. Todo en unos escenarios iluminados por la capacidad reminiscente del joven narrador. El lector debe estar atento al sorprendente final que nadie esperaba.
Hablando de ausencias, entonces, nos muestra tres historias en donde los personajes (sobre todo ese joven de carácter taciturno), siempre están al borde de la cornisa, al filo del acantilado, en el último extremo del barranco de la vida, muy próximo a precipitarse a un vacío que nadie conoce.
Gracias, Mario, por este deleite de buena literatura. Gracias por embellecer la vida, por hacer que todo lo feo que nos rodea se convierta, por tu magia y tu artilugio, en una aureola vivificante.

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