10 C
Huánuco
13 diciembre, 2019
Actualidad Opinión

EL TIEMPO NO PASA EN VANO, DOÑA APOLINARIA

Andrés Jara Maylle

Ahora camina muy despacio, pasito a pasito, para no tropezar en la nada. Ya no camina como en sus viejos y buenos tiempos, ya no trepa los cerros aledaños: ya no sube hacia la cumbre del Sengan Urco a recoger sus reses y sus ovejas ni tampoco camina por horas ese camino seco y solitario que conducía hacia Cacapara, donde vivía su hermana menor. El tiempo ha hecho mucha mella en su otrora cuerpo pequeño pero fuerte. Ahora, a sus ochenta y nueve años, es una mujer que apenas se sostiene, pero que porfía en la vida, como siempre lo ha hecho.

Nació en 1930 y seguramente fue una niña feliz junto a sus padres y sus cinco hermanos (hoy solo quedan dos). Como se supone, es una mujer muy anciana, pero parafraseando el poema de uno de mis amigos, su corazón tiene quince años. Y eso es lo que vale a final de cuentas.

Aun a esta edad, ella busca cumplir lo mejor que puede con el papel que le ha asignado la vida: la de ser una madre incondicional, a prueba de fuego y de todos los desastres. Un papel que ha desempeñado mejor que nadie, incluso en los momentos más difíciles. Y creo que eso es el mejor de sus triunfos. Sí, su más grande triunfo.

Se casó muy joven, apenas salida de la adolescencia, tal vez con el único amor de su vida, don Víctor Jara. Dos meses antes de cumplir los diecinueve años, había nacido su primera hija: Marcelina, que ya bordea los setenta años y que, como decía Vallejo, conforme pasan los años, se parece más a su madre.

En sus tiempos mozos, doña Apolinaria se levantaba de madrugada y se iba (luego de hacer el desayuno para su prole) hacia el mercado modelo, recién inaugurado, para comprar y luego vender lo que fuere. Esperaba la llegada de los camiones mixtos (hoy desaparecidos) y antes que el carro se detuviera por completo, ella ya estaba trepada en la parte trasera comprando cuyes, gallinas, granadillas, duraznos, calabazas… lo que sea.

Más de cincuenta años de su vida fue vendedora ambulante, a mucha honra. Y todo para poder llevar un pan más a la boca de sus hijos. Y por su esfuerzo denodado (y el de su marido) sus hijos, pese a los tiempos difíciles que fueron muchos, nunca pasaron hambre.

Fue (es) una madre excepcional. Aún hoy, bordeando ya los noventa y nueve julios y pese a sus muchos dolores y tantas limitaciones impuestas por el paso del tiempo infame, trata de hacer bien su papel, como aquellas gallinas que en el campo protegen, incluso con su vida, a todos sus polluelos.

Ahora, el tiempo cruel ha arqueado el mástil de sus huesos, parafraseando nuevamente el poema de mi amigo, pero ella continúa, terca, enfrentando la vida dura de la vejez, luchando a tientas y con las pocas fuerzas que le quedan contra el paso inevitable de los días.

Cada trecho que camina, cada amanecer que contempla, cada sol que observa y de cuyos fuertes rayos se protege, cada desayuno que comparte con Noemí (su última hija), cada saludo que recibe es una conquista para ella; es una victoria irrefutable que sus hijos celebran merecidamente. Es la prueba ineludible para demostrar que la vida vence a la ignominia de  la muerte.

A veces, su único hijo varón (tuvo siete hijas en total), muy disimuladamente le toma de las manos y siente que ella se está quedando en los puros huesos y pellejo. Y entonces le embarga una pena honda por su madre, por su condición vulnerable. Quiere decirle algo pero prefiere callar, prefiere el silencio porque no puede comprender lo que toca: se niega a aceptar que las horas, los días, los meses y los años, no pasan en vano.

Es cierto, ya no podrá andar a sus anchas por lo que queda de Moras Pampa; ya no podrá derrotar con la antigua agilidad de sus pies las cumbres más empinadas; ya no podrá levantarse en las madrugadas para preparar su simple pero inigualable desayuno; ya no podrá retener en su memoria los nombres de sus nietos. Pero pese a todo ello, doña Apolinaria es una mujer que se sobrepone a sus  muchos achaques de la vejez ineludible para seguir, como siempre, regalándonos la luz de sus ojos tiernos, obsequiándonos la llamarada de su corazón grande y noble, gratificándonos con el eco de su voz que se niega a apagarse porque ella está atada fuertemente a la vida nuestra.

 

Publicaciones Relacionadas

Declaran en emergencia varios distritos de Cusco y Junín por daños causados por lluvias

Cesar Vega

Huánuco se une a movilización “Jimena Renace”

adminahora

A las mujeres se les respeta

editorahora