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18 noviembre, 2019
Actualidad Opinión

¿Es esto igualdad de género?

Jorge Farid Gabino González

No existe sociedad en el mundo contemporáneo que no se sustente en la observancia de cierto tipo de reglas. Ha sido así desde siempre, y lo seguirá siendo mientras no ocurra una hecatombe que nos regrese a las cavernas, y nos lleve a renunciar a la que es todavía, aunque comenzamos a tener serias dudas, nuestra condición más señera y característica: la de ser seres civilizados. Entendiéndose por estos, claro, a individuos cuyo comportamiento responde, en mayor o menor medida, a lo tenido como “correcto” por la sociedad en su conjunto; independientemente de que “eso” a lo que denominamos “correcto”, a falta de mejor nombre, pueda no estar siempre, y la verdad es que casi nunca lo está, en consonancia con nuestros más secretos gustos, con nuestras más oscuras inclinaciones, con nuestras más reservadas querencias. Lo que por lo demás tampoco es para hacer drama ninguno. Nadie se ha muerto, que sepamos, porque en su entorno no se haga lo que le apetecería que se hiciera. Y si algún día ocurriera, ilimitados son los dominios de lo posible, pues bien muerto estaría, que individuos así no han nacido para vivir en sociedad. Salen sobrando.

Con todo, resulta innegable que son esta suerte de normas comunes las que le imprimen a las sociedades su verdadera condición de grupos humanos debidamente organizados. Sin ellas, la convivencia pacífica resultaría poco menos que imposible; la existencia se tornaría en una lucha feroz donde ganaría siempre el más fuerte; la vida toda se convertiría en una exposición incontrolable de individualidades, a cual más insufrible que la anterior.

Hoy, sin embargo, y lejos de entender que solo en la medida en que asumamos con madurez la importancia de aprender a aceptar las normas con que se rige la sociedad en que vivimos, estaremos en la capacidad de exigir con justeza nuestros propios derechos, tendemos más bien a pensar exactamente lo contrario. Asumimos con tanta facilidad que lo que nos gusta, que lo que nos parece, que lo que tenemos por “correcto”, debe ser considerado por los demás en los mismos términos, que cuando ello no ocurre, pegamos el grito al cielo, y despotricamos contra quienes, por el solo hecho de no pensar como nosotros, pasan a ser poco menos que nuestros enemigos.

Lo anterior se manifiesta de muchas formas, sí; pero una que en los últimos días viene ganando más adeptos, y que es de la que hablaremos ahora, es la que tiene que ver con el hecho de que, so pretexto de defensa de la manida equidad de género en las escuelas (que no está mal, pero que tampoco tiene que llevarse a extremos que lindan con la ridiculez), se pretenda prohibir ahora el uso de la falda como parte del uniforme que utilizan tanto niñas como adolescente para asistir a clases.

El argumento, según dicen los sostenedores de tamaña sandez, sería que el uso de la falda por parte de las mujeres las pondría en situación de desigualdad en relación con los varones. Lo grave del asunto no es, desde luego, que haya gentes que movidas por el fanatismo (¿o deberíamos decir, mejor, por la estupidez?) lleguen a sostener barbaridades como la antedicha, y, lo que es peor, deseen imponer su punto de vista a todos los demás, sino que algunos de quienes hacen suya semejante bandera sean nuestras propias autoridades. Sí, así mismo: desde cierto desatinado congresista hasta la mismísima Defensoría del Pueblo, han salido a pedir, a exigir, al Ministerio de Educación que se prohíba el empleo de la falda en los centros educativos.

Es obvio que no tienen nada mejor que hacer. Pero, ¿basta ello para que, cada vez que se les ocurra, nos salgan con cada majadería, y que encima pretendan que todos la aceptemos a pies juntillas? Las instituciones, como todo en una sociedad, se rigen por normas. Los colegios no están exentos de ellas. Que a algunos no les guste, no les da carta blanca para exigir que todos piensen de la misma manera. ¿Es tan difícil de entender que hombres y mujeres no son iguales, que jamás podrán ser iguales? No se necesita ser experto en biología para comprender que por una simple pero obvia cuestión de naturaleza hay cosas que hacen los varones y que no pueden hacer las mujeres, y viceversa. Lo que no los hace más ni menos. Que algunos insensatos crean que la igualdad de género pase también por eso, es ya otra cosa.

¿Hasta cuándo seguiremos dando cabida a toda suerte de sandeces en nombre de la llamada igualdad de género? Amparados en la idea estúpida de que la opinión de todos tiene la misma valía y, por tanto, es merecedora de la atención de todo mundo, damos tribuna a cuanto desatinado, cretino o idiota le da por alzar la voz, y decir esta boca es mía. ¿Hasta cuándo? ¿Es esto igualdad de género?  

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