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12 diciembre, 2019
Actualidad Opinión

Fundamentalismo en el Congreso

Jorge Farid Gabino González

Surgido en Norteamérica durante la Primera Guerra Mundial como un término que se utilizaba de manera primordial en el ámbito religioso, el llamado fundamentalismo, caracterizado, en esencia, por postular una interpretación literal de la Biblia, es hoy harto conocido en el mundo entero no solo por encarnar a un movimiento político y religioso que dizque busca restaurar la pureza islámica a costa, incluso, de la sangre de inocentes, sino también por las nefastas secuelas que, como consecuencia de la aplicación de la ley coránica a la vida social de su gente, termina acarreando casi siempre entre quienes resultan siendo sus víctimas tanto directa como indirectamente.

Así, lejos de ser la anterior una realidad ajena a quienes como nosotros se hallan del otro lado del Atlántico, preocupa constatar con cada vez mayor regularidad la creciente tendencia de un gran sector de la población peruana a asumir como la cosa más natural del mundo si no las condenables prácticas de los fundamentalistas en Europa, sí la intransigencia, la intolerancia, la inflexibilidad características de los que pretenden someter a los demás al fanatismo de sus creencias, al empecinamiento de sus doctrinas.

Como sea, el caso es que la manera recalcitrante de conducirse de ciertas gentes en lo que  a sus creencias se refiere no tendría por qué sorprendernos en lo más mínimo, si no fuera porque hoy ya no solo se advierte lo anterior en los llamados ciudadanos de a pie (entre quienes lamentablemente suele ser bastante común, por lo demás, ese tipo de conductas), sino también entre nuestras más altas autoridades, “obligadas”, al menos en teoría, a gobernar por igual para todos, muy al margen de que algunos de esos “todos” puedan no pensar necesariamente como ellas.

Pero habida cuenta de que estamos en el Perú, y aquí, como se sabe, la gran mayoría de nuestras autoridades jamás suele estar a la altura de las circunstancias, no nos queda más remedio que sentarnos a ver, cual si del espectáculo de un decadente circo se tratara, las estupideces que, por ejemplo, en materia de cultura sexual nos espetan de vez en cuando estos impresentables. Ahí tenemos, sin ir lejos, las sandeces propias de fundamentalistas que la semana que pasó tuvimos que escuchar de boca de algunos de nuestros ilustres congresistas, como parte del debate llevado a cabo durante la interpelación a la ministra de Educación, la señora Flor Pablo.

Como se tiene conocimiento, han sido las últimas semanas días de verdadero caos en el ministerio de Educación, debido, entre otras cosas, a la flagrante negligencia en que incurrió el referido organismo al incluir en uno de los libros de texto destinados a los estudiantes de tercero de secundaria un enlace con contenido sexual “no apropiado” para los alumnos en cuestión. Pues bien, y como a río revuelto ganancia de pescadores, tanto fujimoristas como apristas, pero sobre todo aquellos, han visto en el dislate del Minedu la ocasión perfecta para volver al ataque en contra del llamado Enfoque de Género. Argumentos no les ha faltado, desde luego. Si hasta de Sodoma y Gomorra ha llegado a tildar alguna despistada congresista al ministerio de Educación. Sacando a relucir con ello, cómo no, su descarada intolerancia, su a todas luces condenable cerrazón mental.

Disparates como que el sexo solo debe utilizarse para la reproducción mas no para el placer resonaron, en tal sentido, en el Hemiciclo nacional, sin que nadie, o casi nadie, se animara a tomar el toro por las astas, a ponerle un alto a estos fundamentalistas de opereta. Porque una cosa es cierta: no se trata únicamente de los exabruptos aislados de un par de cavernícolas aprovechándose de las deficiencias del ministerio en cuanto al control de calidad de los textos que publica; se trata, básicamente, de reparar en que son este tipo de personas, cerradas, por donde se las mire, a todo cuanto no comulgue con su forma de ver, de asumir la vida, quienes se encargan de hacer nuestras leyes. Esto es, de establecer el marco jurídico al que todos, quienes piensan como ellos y quienes no, tendremos, naturalmente, que “someternos”.

No es el Perú, por supuesto, el llamado Estado Islámico, donde afirmaciones como las oídas estos días en el Congreso son demás está decir que habituales. Desde luego que no lo es. Pero debería servirnos de alerta, cuando menos, el que ciertos personajillos siniestros de nuestra venida a menos política pretendan, apelando a nuestra inveterada mojigatería, llevar agua para su molino haciéndonos creer que sus prejuicios, esto es, que su retorcida forma de asumir la moralidad, son sobre los que se debe erigir la sociedad. ¡Que el sexo solo es bueno si está destinado a la reproducción! Tira de hipócritas.

 

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