Por: Arlindo Luciano Guillermo
La literatura clásica y de hoy ha allanado, con libertad y coraje, el escenario familiar donde el padre y el hijo tienen una relación de afecto prolongado, apatía, abierta comunicación, de miedo o de conflicto declarado, cuyo desenlace puede ser el perdón, la reconciliación, el resentimiento o el distanciamiento.
Príamo, rey de Troya, sabe que Héctor, el patriota y defensor de Troya, morirá en batalla. Muerto Héctor, valientemente, va a la tienda de Aquiles, “el de los pies ligeros”, para suplicar que le devuelva el cadáver de su amado hijo, que había sido arrastrado con ira. El semidiós y soberbio superlativo Aquiles lo amenaza, no respeta la tragedia familiar ni la ancianidad de Príamo. Tras una larga negociación cede. Héctor es llevado a Troya y lo entierran con honores. En la Odisea, Ulises se ausenta de Ítaca 20 años. Deja a su esposa Penélope y su pequeño hijo Telémaco. Pelea una década en Troya. Victorioso emprende el retorno, pero los dioses lo impiden. Después de peripecias y aventuras llega a Ítaca. Junto con su hijo desaloja y mata a los intrusos y pretendientes de Penélope. En La metamorfosis de Franz Kafka, Gregorio Samsa, “convertido en un monstruoso insecto”, siente el desprecio y animadversión de su padre. La relación entre Franz Kafka y Hermann Kafka, su padre, fue autoritaria y abusiva. En Carta al padre, publicado póstumamente, dice: “Cuando yo empezaba a hacer algo que no te gustaba y tú me amenazabas con el fracaso, mi respeto a tu opinión era tan grande que ese fracaso, aunque tal vez viniese más tarde, ya era inevitable. Perdí la confianza en lo que hacía. Era inseguro, dubitativo. Cuantos más años iba teniendo, tanto mayor era el material que tú podías presentarme como prueba de mi nulidad…” Maro Vargas Llosa nunca sostuvo una relación afectuosa con su padre. Cuando tenía 10 años se enteró que no estaba muerto como se lo habían dicho siempre. Ernesto Vargas Maldonado se casó con Dora Llosa Ureta. Ella quedó embarazada. En El pez en el agua se lee: “Nunca más la llamó ni le escribió ni dio señales de vida, hasta diez años después, es decir, hasta muy poco antes de esa tarde en que, en el malecón Eguiguren de Piura, mi mamá me revelaba que el padre al que yo hasta entonces había creído en el cielo, estaba aún en esta tierra, vivo y coleando.”
La distancia que nos separa (2015, 355 Págs.), “novela de autoficción”, “novela de familia”, de Renato Cisneros, precisamente, es una novela catártica, como si hubiera sido escrita en el diván de un psicoanalista. Es la historia novelada (con más verdad y periodismo que ficción literaria) del general Luis Federico Cisneros Vizquerra, llamado el Gaucho, cuyo principal tronco genealógico es el cura Gregorio Cartagena y Nicolasa Cisneros. Renato Cisneros hace un juicio sumario de la vida familiar, militar, política y pública de su padre, de quien se siente distante por la actitud autoritaria, pocas veces afectuosa, con una muralla inexpugnable para la comunicación, pero a la vez orgulloso del general, del padre ministro, del que habla sin pelos en la lengua, donjuán empedernido, fumador compulsivo, admirado por unos, odiado por otros, frontal en el debate político, egocéntrico, con fracasos y triunfos y, finalmente, solidario en los últimos momentos de su vida cuando el cáncer a la próstata lo liquidó el 15 de julio de 1995. La novela es un friso de la reciente historia del Perú. El Gaucho Cisneros formó parte de la dictadura militar de Juan Velasco y de Francisco Morales Bermúdez. Amigo personal del dictador Rafael Videla, admirador de Henry Kissinger, “cerebro estadounidense” en la lucha contra el comunismo.
El Gaucho amó a Beatriz Abdulá con quien no pudo casarse porque las normas castrenses no le dieron permiso, pero se casó con Lucila Mendiola, luego se fue a vivir con Cecilia Zaldívar Berríos (madre de Renato). Cuando el Guacho Cisneros, ministro de guerra de Fernando Belaunde, en plena lucha contrasubversiva, se enteró que su hijo Fermín integraba las escuelas de adoctrinamiento senderista en Villa El Salvador fue a la PUCP, donde estudiaba sociología. Luego de un pugilato de palabras y silencios, Fermín le dijo: “… ojalá que no sea yo quien apriete el gatillo el día que la revolución te busqué para matarte!”
La distancia que nos separa revela los conflictos entre padre e hijo que se resuelven en la comprensión y la tolerancia, y a la vez en la admiración y solidaridad públicas. Dice Renato Cisneros: “Sé que si no escribo esta novela viviré intranquilo.” Luego de la catarsis llega la paz espiritual y la vida serena, sin remordimiento de conciencia.

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