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Huánuco
8 diciembre, 2019
Actualidad Opinión

LAS DOS AES

Arlindo Luciano Guillermo

La violencia está en todos los lugares donde hay un ciudadano, un animal o imágenes que atentan contra la moral y la inocencia de niños y adolescentes. Una abogada insulta sin temor ni control emocional, en plena vía pública; otro ciudadano, el conductor de un moderno automóvil (que revela solvencia económica, salvo que el auto sea prestado) arruga temerariamente la papeleta por infracción que le entrega el policía de tránsito; un piropo (que puede ser atrevido e intolerable o gesto “natural de flirteo”) termina en una agresión física con un corte en la ceja de varios puntos de sutura. La aversión y xenofobia contra ciudadanos extranjeros que llegan al Perú y Huánuco por razones de refugio, empleo, huyendo de la crisis política del país de procedencia (sean venezolanos, judíos, peruanos del Perú profundo) revelan que la igualdad de oportunidades, solidaridad y hospitalidad son puro discurso y demagogia. La actitud determina inobjetablemente la calidad y trascendencia de las aptitudes. Los títulos y grados académicos no garantizan, en la práctica, de la calidad de ciudadano.

El Estado y la empresa privada exigen el cumplimiento de metas. Sin duda, es el momento de la meritocracia y de los profesionales jóvenes (25-40 años), el cambio vertiginoso de leyes, normatividad, aumento exponencial del conocimiento, el surgimiento de la innovación y las estrategias de desempeño eficiente. Solo exigir metas, resultados cuantificables en cifras estadísticas es reducir, peligrosamente, al profesional a una condición de autómata con un sueldo pingüe, sin sentimientos ni habilidades políticas, que actúa como una máquina androide. ¿De qué sirve un buen sueldo, maestrías y doctorados, poseer una casa propia, cuentas bancarias, etc., si las actitudes están por los suelos, chapoteando en un estercolero? Visto así el enfoque no tienen valor ético ni social las aptitudes profesionales, académicas, culturales, cuando nuestros actos están cerca de la viveza, la pendejada, la anomia social, la doble moral, la avaricia, el creer que “el que tiene plata hace lo que quiere”: la ley del más vivo.

No hay SL-PCP, MRTA, Grupo Colina, Comando Rodrigo Franco; sin embargo, como  plaga egipcia, azota al Perú el feminicidio, la inseguridad ciudadana, la corrupción de funcionarios, la agresión verbal y sicológica en la familia y en las calles, la anemia y el CDI que diezman el destino de niños de 0 a 3 años, el aborto clandestino, el embarazo de adolescentes, el incremento de pacientes mentales que deambulan por la vía pública o aquellos que no se sabe que están mal de la cabeza y de las emociones. Toledo, Ollanta, Nadine, PPK, AGP (ya lejos de la Tierra) y otros funcionarios están requeridos urgentemente por la justicia e investigados por “robarle y beneficiarse del Estado”.

Si no hay cambio personal ni gestión real, práctica y tolerante de las emociones (ese vendaval incontrolable, que puede derribar un edificio o arrancar un árbol de palmera, cuando hay enojo, ira e incapacidad para aceptar las frustraciones), si tomamos conciencia que somos mortales, que la vida se nos acaba diariamente como una pavesa, que nada es imperecedero ni dura para siempre, seguiremos creyendo que la juventud es eterna y vital, que la vida se mide por los bienes acumulados, las cuentas bancarias y la ropa fashion que llevamos puesta. Si la actitud no se atreve a cambiar, la aptitud la avasallará grosera y aplastantemente, entonces tendremos profesionales con altísimo desempeño laboral, con productividad al tope, que cumplen metas como un caballo que lleva una carga pesada hasta la cima de la montaña, meritocráticos como exige la modernización del Estado, pero con actitudes deleznables, cuestionables, cleptómanas, autoritarias, agresivas, de trasgresión de la ley. Lo único que queremos es que la vida sea tranquila, respetada, con los naturales vaivenes, adversidades, resilencia y oportunidades. Quien cae debe levantarse, quien se equivoca tiene que asimilar las lecciones aprendidas. Una vez más: la actitud define, sin duda, la aptitud. El ciudadano honesto es el equilibrio de actitud, ética, inteligencia emocional y aptitudes.

Nos pasamos la vida (dure esta 20, 50 0 100 años) en el propósito, a veces, en vano o acercándonos tímidamente a un estándar de “ciudadano correcto”. Esas exigencias sociales y morales de la sociedad se unen a una autoexigencia de entera responsabilidad personal: la pugna entre actitud y aptitud, entre emociones e inteligencia cerebral, entre vida en una zona de confort y deber de servir a los demás, entre solidaridad del buen samaritano y falsa moral de los fariseos.

Que triunfe, merecidamente, la actitud. La aptitud hará lo que tenga que hacer, con obediencia a la actitud o desoyéndola. La felicidad es decisión personal. Nadie hace feliz a nadie. Cada quien es responsable de su propia felicidad, con actitud o con aptitud. Hacer algo significativo en la vida (enseñar con paciencia, escuchar al desesperado, ayudar al prójimo o dar lo poco que tenemos a los demás) vale más por una ofrenda de doscientos bueyes. Quien ha vivido mucho o poco tiene autoridad basada en la experiencia. No somos perfectos, infalibles, pero sí ciudadanos que hacemos algo equivocándonos, corrigiéndonos, aprendiendo lecciones diarias hasta el último día de vida sobre la faz de la Tierra. Sin actitud ética va a imperar la ley de la selva en el mundo.

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