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13 diciembre, 2019
Actualidad Opinión

Lectura en voz alta: ¿Por qué?

Ronald Mondragón Linares

En Francia, en el marco de las reformas educativas emprendidas hace dos años por el Estado, han vuelto prácticas pedagógicas consideradas “anticuadas” o tachadas despectivamente de “tradicionales” como los dictados diarios, la lectura en voz alta y hasta el cálculo mental.

Ante el avance incontenible de una verdadera polución mental a través de las redes sociales y el Internet, es absolutamente necesaria la reformulación del aprendizaje y la lectura y su desarrollo como hábito gratificante sobre todo para niños y adolescentes, poniendo especial énfasis en la lectura en voz alta o lectura expresiva oral.

¿Por qué el énfasis en la lectura en voz alta?

La palabra hablada tiene poder. Y lo es porque dicho poder es inmediato, perceptible y deja una profunda huella en las elaboraciones mentales, cognitivas y sobre todo en el plano crucial de las emociones y los sentimientos del alma humana. “La Ilíada”, del gran Homero, antes que escrita fue recitada y cantada en diferentes pueblos de la antigua Grecia, cruzó mares y, finalmente, quedó para la posteridad como una obra maestra. Esta es una pequeña muestra del inmenso poder de la literatura oral a través de los tiempos y generaciones.

La invención de la imprenta y el prestigio del libro impreso opacó la importancia de la palabra oral y temeraria, erróneamente, la relegó a un segundo plano. Craso error, advertido ya por el Ministerio de Educación francés.

La lectura en voz alta, desde el punto de vista psicopedagógico, favorece el gran salto del pensamiento concreto al pensamiento de carácter abstracto. El ingreso al maravilloso mundo de la abstracción y de los conceptos coincide con el paso de la niñez a la pubertad o preadolescencia.

Leer en voz alta es una base sólida para el desarrollo de la lectura silenciosa. Porque fomenta la conciencia fonológica (distinciones abstractas) a través de las expresiones fonéticas (sonidos audibles), impulsadoras del aprendizaje de una lengua. Dicha conciencia fonológica amplía las construcciones mentales a través, por ejemplo,  del vocabulario, de familias, de palabras, de la memoria visual fotográfica, en especial para palabras de difícil pronunciación.

Pero la lectura oral no solo tiene que ver con el aspecto mental y cognitivo individual. Va mucho más allá, pues, al promover la interacción personal -concepto clave en el siglo XXI-, enriquece la mente y el alma tanto del lector como del oyente. En el oyente, estimula la imaginación y transporta en el espacio y en el tiempo, aprendiendo a través de la experiencia de los otros en distintos planos y niveles (cognitivos, emocionales, lingüísticos). En el lector, además de ello, ayuda a aplicar concretamente la función de los signos de puntuación y favorece, así, uno de los pilares de la expresión oral: la entonación. Y en ambos, tanto en el emisor oral como en los oyentes, desarrolla las capacidades de atención y de memoria, ya que, al desarrollar las habilidades de lectura oral, en ningún caso debe haber pasividad intelectual, puesto que el lector aprende a escucharse a sí mismo e ir comprendiendo cuando lee; mientras que el que escucha va asimilando la información y la organiza en su estructura cognitiva.

En el espacio estrictamente pedagógico, en la relación enseñanza-aprendizaje, la lectura expresiva oral funciona como un referente o modelo fonético a seguir, puesto que el alumno imitará la buena dicción o entonación del maestro -guía y facilitador-, otorgándole ciertamente el propio color de su voz, el propio timbre y expresividad que solo se logra con el disfrute de las palabras.

 

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