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6 diciembre, 2019
Actualidad Opinión

MI PLANTA DE NARANJA-LIMA

No es Cien años de soledad, Conversación en La Catedral, Pedro Páramo, Rayuela o En octubre no hay milagros. Mi planta de naranja-lima, novela modesta, seguramente escrita con mucho esfuerzo, pensando en el destinatario lector, publicada en 1968, tiene casi doscientas páginas. Tiene el mérito (como pocas novelas escritas con maestría o por un Premio Nobel de Literatura) de atrapar la sensibilidad del lector con facilidad, establecer empatía con la historia y el personaje y conmover con el drama de Zezé.

Leí con entusiasmo, emocionado, conmovido, Mi planta de naranja-lima de José Mauro de Vasconcelos (1924-1984) cuando en mi barrio Abancay aún no había fluido eléctrico, el agua llegaba hasta las ocho de la mañana. Por las noches había un mechero que despedía pequeñas fumarolas de monóxido de carbono. Dos velas medianas sobre la pequeña mesa de madera del comedor me alumbraban para leer la historia de Zezé (José), Totoca (Antonio), Minguito, tío Edmundo, el Portugués Manuel Valadares, Luis, Luciano el murciélago, Gloria, Cecilia Paim y gente pobre de Río de Janeiro.

“Veníamos tomados de la mano, sin apuro alguno, por la calle. Totoca venía enseñándome la vida. Yo me sentía muy contento porque mi hermano mayor me llevaba de la mano, enseñándome cosas. Pero enseñándome las cosas fuera de casa. Porque en casa yo aprendía descubriendo cosas solo y haciendo cosas solo, claro que, equivocándome, y acababa siempre llevando una palmada.” El narrador es Zezé. En mi barrio éramos Zezé, niño que tempranamente se hacía adulto, con responsabilidades como trabajar, cuidarse en la calle de los peligros, estudiar mientras había oportunidad y llevar algunas monedas a la casa para apoyar a los padres. Muy temprano, como a las 6:00 a.m., corríamos al Mercado Central, cruzando el puente Calicanto, íbamos al quisco de don Amadeo, anciano generoso y querendón, para “sacar a concesión” jabón, lejía y tiras largas de Ajinomoto para venderlos, luego venían bolsas de plástico y limones en la zona de pescado. Cuando leí Mi planta de naranja-lima me vi retratado de cuerpo entero junto a mis amigos, a quienes hoy no los veo. Dos de ellos son sacerdotes, un mecánico y yo docente. Pero éramos felices jugando pelota con dos piedras grandes como arcos, por las noches por el costo de un marciano ingresábamos a ver televisión en blanco y negro El Chavo del Ocho, El Chapulín Colorado, El Llanero Solitario y la telenovela argentina Trampa para un soñador. ¡Adiós, Silver!, salíamos gritando como cervatillos. Los varones queríamos ser Lito, el trabajador de la fábrica, enamorado de la hermosa Valeria,  hija de un ricachón.

Zezé y Minguito (o Xururuca) establecen una sociedad afectiva muy fuerte. Ambos tienen en común el deseo de la felicidad, la alegría y la paz espiritual. Un ciudadano niño y un árbol utilizan un lenguaje común de entendimiento, que, bajo el principio de la racionalidad, es absurdo, incomprensible. Nadie habla ni secretea con un árbol, pues este no es más que un vegetal que da frutos, sombra y oxigena el aire. Para Zezé, Minguito es todo lo que posee en medio de la pobreza, la marginalidad y el maltrato de los mayores. La fantasía infantil no tiene límites. Los juguetes tienen vida, saben querer. Zezé padece aprietos económicos y necesidades materiales, pero no le falta imaginación, efecto, precocidad; es engreído y feliz con lo poco que tiene. Las travesuras de Zezé le generan golpizas, gritos y amenazas. Ve pasar la Navidad sin disfrutarla. La novela de Vasconcelos está narrada en tercera persona, con monólogos breves de Zezé cuando conversa con Minguito, diálogos cotidianos, sencillos y coloquiales. Los personajes se desenvuelven, resignados al destino, casi con naturalidad, pues la vida les va enseñando que la adversidad se enfrenta con coraje.

Mi planta de naranja-lima fue publicada hace 51 años; en 1969 aparece Conversación en La Catedral de Mario Vargas Llosa. América Latina atraviesa por el apogeo del boom de la novela latinoamericana, fenómeno estrictamente novelístico. También en 1968 aparece Huerto cerrado, libro de cuentos de Alfredo Bryce Echenique. Los militares gobiernan el Perú. Horacio Zevallos Gámez es el dirigente recio y valiente del Sutep. Mi planta de naranja-lima no tiene los méritos narrativos aprendidos de Flaubert, Faulkner o Hemingway, reflejados en La casa verde, Conversación en La Catedral o Cien años de soledad, pero sí posee el encanto, seducción y anzuelo para atrapar al lector. Es muy leída por niños, adolescentes, jóvenes y adultos. José Mauro de Vasconcelos (sabiéndolo o no) escribió una novela que revela el drama de la pobreza de familias en los barrios de Río de Janeiro, sin postergar la felicidad, la imaginación y la fantasía de Zezé. Mi planta de naranja-lima provoca indignación por el maltrato y trabajo infantiles, el abuso de los adultos contra niños y la pobreza material, que no necesariamente impide el progreso y el bienestar. Guardo con afecto en mi memoria a Zezé, Luis, Gloria, Totoca, al Portugués, Minguito, el murciélago Luciano. La pobreza y los aprietos económicos jamás impidieron que soñáramos, fantaseáramos ni fuimos condenados a vivir en la eterna necesidad material. Trabajábamos, estudiábamos, jugábamos. Padecimos, nos hicimos ciudadanos honrados y ejercemos una profesión noble. La historia de Zezé, ya adolescente, continúa en la novela Vamos a calentar el sol (1974). 

 

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