23.1 C
Huánuco
4 abril, 2020
Actualidad Opinión

Ni víctimas ni golpistas

Jorge Gabino González

Escritor, articulista, profesor de Lengua y Literatura

Jamás ha sido la nuestra, en modo alguno, una clase política a la que la impecabilidad de su accionar, la utilidad de su discurso o la irrebatibilidad de sus credenciales académicas, la distinguieran con especialidad del resto de las gentes, la colocaran por unanimidad en un lugar expectante. Así, con exclusión de unos cuantos viejos y conocidos nombres; los mismos que, lamentablemente, alcanzan a duras penas para postular aquello de la excepción a la regla, lo cierto es que la casi totalidad de nuestros políticos han sido desde siempre poco menos que acabados impresentables, individuos cuya chatura intelectual, por aludir solo a uno de los aspectos por los que deberían distinguirse, resultaba tan pero tan escandalosamente evidente a los ojos de quienquiera que tuviese dos dedos de frente, que a menudo hacía que nos preguntáramos si, al momento de elegirlos, de brindarles nuestra irrestricta confianza para conducir los destinos de todo el país, habíamos estado bajo los efectos de algún poderoso psicotrópico que no nos permitía ver las reales dimensiones de la estupidez que estábamos cometiendo, o si, más bien, los elegíamos precisamente por ello, porque veíamos en estos a nuestro real y verdadero reflejo, a ese otro lado de la moneda que todos, se dice, tenemos.

Pues bien, sea por lo uno o por lo otro, lo que está fuera de toda discusión es que los peruanos en un altísimo porcentaje, en un alarmantemente alto porcentaje, no hemos hecho otra cosa en los últimos años, que elegir como nuestras autoridades a cada imbécil, a cada estúpido, a cada granuja, que resulta imposible analizar la crisis política que vivimos en la actualidad, sin que ello implique, necesariamente, que reconozcamos de paso el enorme grado de responsabilidad que nos corresponde como “coautores” del referido estado de cosas. Y es que es obvio que, si tenemos a las autoridades que tenemos, sean estas locales o regionales, del Legislativo o del Ejecutivo, las tenemos porque hemos querido tenerlas; que del cielo, por supuesto, no nos han caído.

¿O es que alguien nos puso, acaso, una pistola en la cabeza para que las eligiéramos? Las hemos elegido nosotros. Única y exclusivamente nosotros. Nadie vino aquí a votar en nuestro nombre. De ahí que no quepa, desde luego, que salgamos ahora con que nos han hecho víctimas de sus engaños, de sus mentiras, de sus argucias; que imbéciles, queremos creerlo, no somos. Porque es bien fácil salir a marchar por calles y plazas, gritando a voz en cuello cuantas arengas se nos ocurran para hacerles saber a los demás que estamos en contra de nuestros deleznables gobernantes, sin reparar antes en que, si estamos como estamos, es solo por culpa nuestra. Dejémonos de pendejadas.

Hoy, que todas las encuestas señalan que más del ochenta por ciento de peruanos están a favor de que se haya disuelto el Congreso, resulta inevitable preguntarse lo siguiente: si la casi totalidad de la población está a favor de que aquella tira de sinvergüenzas se hayan ido por fin a sus casas; esto es, se opone a la continuidad de aquellas lacras en el Legislativo, ¿de dónde carajos habrán salido los votos con que se eligió a setenta y tres congresistas de Fuerza Popular, cifra que en su momento llegó a darle al fujimorismo la mayoría absoluta con la que hasta hace poco hizo lo que le dio su puta gana con el país? Tenemos que reconocer que no son las matemáticas nuestro fuerte; pero, con todo y con ello, hay cifras que no nos cuadran, hay cosas que no comprendemos.

La Historia, dicen los entendidos en la materia, sirve, entre otras muchas e importantes y trascendentales cosas, para que aprendamos de nuestros errores, para que no volvamos a incurrir en nuestros mismos absurdos yerros; vale decir, para que, asistidos por nuestra insensatez de siempre, no la estemos cagando a cada momento. En este pobre país nuestro, sin embargo, es de ya larga tradición el que, elección tras elección, acabemos eligiendo, por una suerte de maldita inercia que no nos alcanzamos a explicar, a los mismos granujas de siempre (quizá con rostros y nombres distintos; pero los mismos, a fin de cuentas); sobre todo en lo que toca a los integrantes del Legislativo. Es, aunque nos afanemos en sostener lo contrario, nuestra más irrefutable característica.

Así, quinquenio a quinquenio, lustro a lustro, los peruanos hemos venido llevando al poder a sabandijas de toda laya como las que ahora, conscientes ya de que los privilegios de que gozaron en muchos casos durante décadas se les acabaron, y esperamos que para siempre, salen a gritar a los cuatro vientos que son ellas las víctimas, que lo que se perpetró aquí fue en realidad un flagrante golpe de Estado. Pues no; no fue así. Ni víctimas los unos ni golpistas los otros. El presidente Vizcarra hizo lo que tenía que hacer, y punto. En un arrebato de coraje y valentía por el que le deberíamos estar eternamente agradecidos, nos libró del peor Congreso que hemos tenido jamás a lo largo de nuestra historia republicana. ¿Estaremos a buen recaudo de no volver a incurrir en lo mismo? Las elecciones congresales de enero de 2020 nos darán la respuesta.

Publicaciones Relacionadas

Sunass atendió a 870 usuarios con consultas y problemas con el servicio de agua y saneamiento

jtrujillo

Librerías Crisol lanza campaña de venta de libros a S/9.90

editorahora

OTRA NECESIDAD VITAL

adminahora