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Huánuco
15 octubre, 2019
Actualidad Opinión

PIENSO, LUEGO ESCRIBO Y OPINO

Arlindo Luciano Guillermo

Leí El Comercio, La Crónica, La Prensa, La Tercera, Última Hora, Oiga y Testigo (revista policial) cuando era estudiante de primaria e inicios de la secundaria; en la universidad, Quehacer, Caballo Rojo, Somos, Revista de Literatura Latinoamericana. Así pude distinguir a periodistas que buscaban noticias con libreta y bolígrafo en la mano, corrían a la sala de redacción y escribían en una Olivetti semiplanilladora. En Huánuco, a veces leía Trinchera de Romer Santamaría Hidalgo. Así fue mi acercamiento al periodismo escrito, principalmente, el más complicado porque se escribe, para escribir tienes que leer, poseer un estilo, darle al texto periodístico sencillez, objetividad, claridad, pulcritud ortográfica y sintáctica, un poco de poesía. Grandes periodistas, César Vallejo, Esteban Pavletich, Mario Vargas Llosa, Gabriel García Márquez, Rubén Darío, Pablo Neruda. En Conversación en la Catedral, Santiago Zavala es periodista, desde cuya perspectiva fustiga el ochenio de Odría. Vargas Llosa con catorce años escribía en La Crónica.  

 Deserté del círculo de matemáticas, los delfines de Luis Díaz Marconi, para aterrizar en los predios de la literatura, la docencia, el periodismo y la política. Eso se lo debo a dos grandes amigos: uno allá arriba en el cielo y el otro aún entre nosotros: Roel Tarazona y Luis Mozombite. Ellos fueron los que me rescataron de las matemáticas, son mis grandes referentes, poderosas influencias, amigos de quienes aprendí como una esponja. Como ingeniero civil hubiera sido un profesional con economía acomodada, como docente jamás me fue mal. Por esos años, en Huánuco solo dos enseñaban razonamiento verbal: Roel y Luis Hernán, aunque asomaba también César Mosquera. 

Dos libros de ensayos conocí antes de terminar la secundaria: Horas de lucha y Pájinas libres de Manuel González Prada. Más por curiosidad que por afán intelectual leí a cuentagotas. Capté lo siguiente: tono confrontacional, la crítica corrosiva, la palabra o frase que parecía un refrán demoledor como navaja filuda directamente a la yugular del destinatario, a quien había puesto el ojo don Manuel; el discurso fraseológico que utilizaba en Discurso en el Politeama o en Nuestros indios; ensayo como medio para analizar, interpretar y proponer soluciones a los males neurálgicos del Perú después de la guerra contra Chile. En la universidad empecé a leer a Mariátegui, el famoso Manual de materialismo histórico de Afanassiev y de Martha Harnecker. Sendero Luminoso, inspirado en Mao, había declarado la guerra al Perú. La masacre de ocho periodistas en Uchuraccay y las masacres de Accomarca y Lucanamarca marcaron en mí para siempre. El periodismo valiente y responsable dice la verdad con la mayor objetividad, incluso a costa de la propia vida. Asimismo, llegaron Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana, Temas de educación, Peruanicemos al Perú e Ideología y política. Eran los años de la dirigencia estudiantil, los ideales revolucionarios, lectura intensa de literatura y periodismo apasionado. Junto a Carlos Gallardo, Víctor Cuadros, Alicia Hidalgo, opinaba, con el título liberal de Punto de vista, en radio Studio 5. El primer artículo periodístico, Callejón sin salida, que versaba sobre el desinterés por la lectura de los estudiantes universitarios, publiqué en 1985, en la Revista PERÚ de Hevert Laos.  

Lectura infaltable han sido los libros de MVLl: Contra viento y marea, Lenguaje de la pasión, Diario de Irak, Desafíos de la libertad, La llamada de la tribu, La civilización del espectáculo, Israel/Palestina: Paz o guerra santa, La verdad de las mentiras, los artículos periodísticos publicados antes en Caretas y El Comercio, bajo la denominación Piedra de toque, y ahora en La República. Los tres libros de César Hildebrandt, de imprescindible lectura para quien hace periodismo de opinión: Cambio de palabras, Una piedra en el zapato y En sus trece. Recuerdo que los primeros ejemplares de Hildebrandt en sus trece llagaban a Comercial Santo Domingo de César Seijas. Allí se vendía. Compraba el semanario solo para leer el editorial escrito por CH, que me sirvió muchísimo, como clases magistrales, para escribir artículos periodísticos. Luego vendrían Andrés Oppenheimer, Alfredo Bryce Echenique, Jaime de Althaus, Augusto Álvarez Rodrich, Maritza Espinoza, Rocío Silva Santiesteban, Beto Ortiz, etc., etc. 

He opinado mucho, dije mi palabra fría o caliente, jamás tibia. He dicho lo que tengo decir. De ninguno de mis argumentos me arrepiento. Asumo la autoría, paternidad y responsabilidad de mis opiniones. Soy tolerante y respetuoso con el pensamiento discrepante. No soy dueño de la verdad. No me queda otro camino que seguir en lo que sé hacer mejor, visitar de vez en cuando una librería y leer un libro. No leo porque me gusta, sino porque la lectura es necesidad personal y profesional. Soy a veces errático. 

Desde hace muchísimos años escribo artículos de opinión. Seguramente no todos los leen, otros sí, unos discreparán, otros coincidirán. No escribo para la tribuna, sino para los lectores conscientes que el periodismo es el “cuarto poder”, genera opinión pública sobre hechos coyunturales y trascendentales en la historia y la cultura de la sociedad. También es cierto que no somos moneda de oro para agradar a todos. Discrepar no es declaratoria de guerra. En democracia, la pelea es con ideas, opiniones, argumentos. Gana el que mejor se alinea al consenso, la concertación y al principio de razonabilidad.

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