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Huánuco
24 enero, 2020
Actualidad Opinión

VIAJE A KOTOSH CON UN QUERIDO TAXISTA

Irving Ramírez

Él es un taxista risueño, puntual y sobre todo buen conversador. Despierta todos los días a las cinco de la mañana. Se ducha, prepara un desayuno frugal (de preferencia un café cargado y dos panes con queso o huevo frito) y sale a “buscarse la vida”. Trabaja hasta que oscurece. Es disciplinado. Respeta, sin escollos, su horario: de siete de la mañana a seis de la tarde. No llega nunca a su casa con el auto sucio, un Hyundai I10, del 2013.

  Yo vivo en otro barrio. Mi vida de casado me alejó un poquito de él; aunque a veces nos vemos para almorzar o tomarnos el ponche que tanto le gusta. Hoy es domingo. Son las nueve de la mañana. El cielo está soleado. Siempre es así en otoño, en Huánuco. Tomo el celular y lo llamo. Contesta. Le digo que alguien quiere un taxi.

—¡Qué suerte! ¿Y de quién se trata, hijo?

—De mí, papá.

—Vaya sorpresa. ¿Dónde estás?

—Aquí, en la Plaza Mayor, frente a la Catedral.

Lo veo llegar. Se estaciona. Me ve y sonríe. Baja del auto y nos saludamos con un abrazo.

—¿A dónde te llevo, hijo?

—A Kotosh.

—¿Estás seguro? Pero siempre vas ahí —se impresiona.

—Pero nunca contigo, papá.

  Asiente. Él tiene ya 63 años. A los 28, conoció a mi madre con quien compartió más de 30 años de vida hasta que la muerte, o el cáncer, los separó para siempre.

  Lo recuerdo nadar en el río Tulumayo. Mi hermano César y yo, cuando niños, le pedíamos que lanzara carachamas a la orilla. Él se sumergía, las pescaba con las manos y las tiraba hasta nosotros. Nos enseñó a nadar, a amar al río y sacrificó su juventud para darnos un futuro digno. Sin él no hubiéramos podido sinceramente conseguir lo poquito que tenemos, y que es mucho, claro que también tuvimos a mamá. Él es un pan de Dios. O mejor, un regalo de Dios que como tal me alegra aún abrirlo y disfrutarlo cada día. Agradezco a mi papá por ser tan generoso hasta ahora, y lo será siempre.

  Creció sin padre y en la pobreza; quiso ser contador, pero no pudo. Más pudo la adversidad y la escasez económica. De niño solía acompañar a su madre a vender leche por las  alturas de Cuy Cuy, en El Valle; y de adolescente rajaba leña que vendía a viajeros ocasionales. Dice que al menos le alcanzaba para el panetón de fin de año, pero no para los zapatos. Caminaba descalzo hasta la escuela a donde llegaba con su fiambre: un pan chalaco que le debía durar todo el día. Si en el camino encontraba esas espinas estrellitas, lanzaba piedras planas en el suelo para así hábilmente sortearlas. Su historia es la de miles en el Perú. Quiso Dios que creciera y sea mi padre. Hoy que estamos cerca del Día de la Madre, lo tengo a él como un suplente o sustituto de mi madre que ahora está en el cielo.

  En Kotosh, un guía nos lleva al Templo de Las Manos Cruzadas. Ahí está la célebre escultura dentro de una hornacina. Nos impresiona su figura de barro. Pareciera que dentro de sus manos escondiera algo. Un mensaje. Un secreto. Un tesoro. Todo es silencio en el templo. El silencio de los años, del tiempo ido que no volverá, o quizá sí. Como sea, miramos sobrecogidos estas misteriosas manos cruzadas que fueron esculpidas en barro y secadas al sol. En ese instante y mirando con atención, noto algo en ellas: tienen cicatrices…

—Cierto. Se parecen a las cicatrices que tengo, hijo.

—Bueno, ni tanto. Las tuyas son más bonitas —bromeo.

—Aún me arde ese recuerdo —dice, y recordamos aquel aciago 2009 que cambió nuestras vidas.

  Mi padre me mira y guarda silencio. Mueve la cabeza, al tiempo que esquiva mi mirada. Ambos sabemos que es hora de volver a casa. Hay viajes al pasado de los que es mejor regresar pronto.  

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