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14 noviembre, 2019
Actualidad Opinión

VUELA, PAJARILLO, VUELA…

UNO

Las dos aves, hembra y macho, retozaban arrebatados de amor junto al viejo lúcumo; se enredaban ansiosos, aleteándose, picoteándose, chillando, extasiados, abrumados por ese influjo indetenible de ese idilio emplumado que solo las aves son capaces de sentir y conocer.

Hasta que uno de ellos, el macho, sintió el vértigo final y enloquecido voló a la deriva. Embriagado de amor perdió el rumbo de su vuelo, extravió la brújula  de su instinto, y sin saber hacia dónde, todavía aturdido por su última cópula triunfante, no voló hacia el bosque de cafetos, naranjos, paltos y granados que tenía enfrente, sino, contra toda lógica, enrumbó directamente hacia esa luz engañosa que salía por la puerta de al lado.

Sin saberlo entró a la sala de la casa, se sintió perdido al no hallar una salida y se dio de bruces al intentar escapar por la ventana creyendo que el cielo, desde allí, estaba a su alcance. Pobre pajarillo: el amor lo había desquiciado; el frenesí y el deleite de la carne lo había enceguecido en el momento supremo de su vida. Sin escapatoria fue atrapado rápidamente por las manos de la chica que hacía la limpieza, un segundo antes de que el gato Mustafá saltara sobre el pajarillo que, resignado, se acurrucó en el último rincón, detrás del viejo sofá.

La chica de la limpieza, completamente ignara en la vida y el comportamiento de las aves, intuyó que esa era una señal de la buena suerte que le enviaba Dios Padre y decidió quedarse con la avecilla que le miraba asustada, mientras su pequeño corazoncito (el que momentos antes se embriagaba de amor) palpitaba a un ritmo frenético asustado por verse entre las sólidas manos que le aprisionaban.

Dijo que la alimentaría todos los días para que la avecilla, en recompensa, le cante cada mañana alegrándole la vida dura que llevaba. Improvisó toscamente una “jaula” y empezó a alimentarla con alpiste, maíz molido, trigo chancado y su buena ración de agua en un pequeño recipiente de plástico.

El pajarillo, desconcertado, no se dignaba ni a mirar esas supuestas exquisiteces y en un evidente estado de depresión no comía ni cantaba como lo hacía antes de su captura.

 

DOS

Cuando tres días después llegó Gabriel Eligio se sorprendió al ver colgada del cafeto una pequeña y burda jaula en cuyo interior un bulto celeste se movía sin concierto. Preguntó de qué se trataba y le dijeron que habían capturado un lindo pajarito y que lo criarían allí con mucho esmero.

Gabriel Eligio se acercó para ver al prisionero y como buen conocedor (no un experto) se dio cuenta de que se trataba de un violinista, una de las especies de aves más hermosas que todavía vuelan libres entre los pocos huertos que aún quedan en el caluroso valle del Huallaga. Esto es infame, pensó Gabriel Eligio para sus adentros.

Efectivamente, el violinista, como lo llaman por aquí, es una de las aves más bellas no solo por su color, un celeste intenso y brillante, sino también por su canto, que se asemeja mucho al primoroso sonido que emana del violín cuando las manos diestras le arrancan notas de sublime exquisitez. Desde que tiene uso de razón, Gabriel Eligio había crecido viendo a estas y otras avecillas retozonas entre los bosques y cultivos de Moras Pampa. Conocía perfectamente la rutina de la fiel paloma, del gorrión trotamundos, de la oropéndola cantora, del huanchaco pecho colorado, del zumbante picaflor, del pequeño jilguerito, del bullicioso taurigaray, de los guardacaballos, negros como su destino; pero sobre todo conocía muy bien las costumbres del elegante y bello violinista, ave que desde niño, siempre fue su fascinación.

Y ahí estaba el pajarillo enamorado sin comer tres días, enjaulado, humillado, con algunas plumas de sus alas caídas por el constante roce con la jaula metálica. Gabriel Eligio montó en cólera: “Y quién carajos le dio alpiste, maíz y trigo a esta ave”. “Nosotros, don Gabriel, para que no se muera el pajarito, pue”, dijo la chica de la limpieza. Gabriel Eligio tuvo ganas de ahorcarla en ese mismo instante.

“Gente bruta, este es un violinista. Esta ave no come granos ni otras cojudeces, como ustedes. El violinista se alimenta solamente de frutas: higos, ciruelos, naranjas, ricas y maduras”, tronó Gabriel Eligio y sintió honda pena por esa avecilla prisionera. Como ya era tarde decidió dejarlo en la jaula, sabiendo muy en sus adentros que esa sería la última noche que el violinista pasaría preso.

Al día siguiente, muy temprano, cuando las muchas aves que por allí pululan se disponían a salir a buscar su vida, Gabriel Eligio fue directamente a la jaula. Atrapó al pajarillo mientras este se daba de aletazos y lo llevó debajo del gran naranjo en medio de su huerta. Lo miró por última vez y lo soltó rápidamente. Al verse libre, el violinista voló hacia la rama más alta y aún confundido por lo que le pasaba empezó con sus primeros arpegios. Cantó como si llamase a alguien, estirando su pico hacia arriba… y de pronto, de la nada, aparecieron dos violinistas intranquilos entre los cafetos. Gabriel Eligio, que no es un experto pero sí un conocedor de las costumbres de estas y otras aves, supuso inmediatamente que una era su hembra con quien tres días atrás perdió los estribos por su enloquecido amor; y el otro, con plumaje azulejo brillante, era su pichón que esperaba ansioso el retorno de su padre prisionero.

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