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21 octubre, 2021

Abimael Guzmán: El verdadero castigo

Escrito por: Marcos Cancho Peña

A Néstor Landeo Lozano (integrante de la Policía de Investigaciones del Perú) le arrancaron los dedos, la lengua y el cuero cabelludo; le echaron ácido muriático en la cara y arrojaron su cadáver al río. Vanessa Quiroga perdió la pierna izquierda cuando tenía cuatro años, debido a la explosión de un coche bomba. Benjamín Chávez Jara (suboficial de primera) recibió dos balazos en la cabeza, uno de ellos perforó su ojo. Ellos son solo tres víctimas. Según la Comisión de la Verdad y Reconciliación, Sendero Luminoso fue responsable de más de 30 mil muertes. Ese grupo terrorista tenía un cabecilla: Abimael Guzmán, el miserable que falleció hace una semana.

Después de varios días de incertidumbre, ayer se promulgó la ley que permite la cremación de los restos de cabecillas terroristas. Abimael Guzmán se reducirá a cenizas. Era justo, por el dolor de las víctimas. Era necesario, por el peligro que se corre con sus fanáticos. Para muestra, un botón: Hace diez años, las autoridades de Windiesel (Alemania) decidieron desmantelar la tumba de Rudolf Hess -lugarteniente de Adolf Hitler-, para así acabar con los homenajes y peregrinaciones que los neonazis organizaban en el lugar conmemorando su muerte. Eso pudo haber ocurrido también en Perú. Los fanáticos no piensan, no razonan, solo actúan.

El rechazo al terrorismo debe producirse en todas los frentes. En la sociedad: urge que las generaciones conozcan, desde el colegio, quién fue realmente Abimael Guzmán. La premisa debe ser clara: fue un asesino, no un luchador social. Él buscó llegar al poder por medio del terror y matando a todo aquel que no compartiera su pensamiento. En el poder: los actores deben tomar decisiones. Es inaceptable que Guido Bellido e Iber Maraví continúen ejerciendo sus cargos, habiendo simpatías y nexos que los involucran con el pensamiento Gonzalo. Pedro Castillo aún sostiene el lápiz, pero ahora la mano le tiembla. Su pulso débil le impide tachar nombres.

En un mundo ideal, Abimael Guzmán habría sido convertido en polvo hace varios días. Su ya inexistente humanidad habría sido lanzada a algún alcantarillado, en el que, poéticamente, tendría que remar entre los deshechos del país que alguna vez intentó destruir. Así, fluyendo con la pestilencia, llegaría finalmente al mar y se toparía con el silencio. Gritaría, pero sería callado por el silencio. Silencio, sin que nadie suscriba su pensamiento o le rinda homenaje. En silencio quedaría eternamente olvidado y sería recién ahí, cuando inicie su verdadero castigo.

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