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Huánuco
25 febrero, 2021

ADIÓS PARA SIEMPRE

 Escrito por: Irving M. Ramírez Flores

Desde que murió hasta hoy no pude dejar de llorar por usted. Ni tampoco escribirle algo; no me salía nada, ni la a de su nombre. Más pudo en mí el dolor de su partida… Sé que los días pasan, pero para mí no: los días son uno solo. Miro las fotos y sus libros firmados y acaricio su letra dura en la textura de las hojas… Tomo mi moto y voy hasta su oficina. Me presento ante su puerta enrejada y trato de escuchar su silbido o verlo aparecer con su manojo de llaves. Toco la puerta y balbuceo su nombre; pero nadie sale, nadie responde y nada se escucha. Solo siento un incómodo vacío, un silencio profundo y una extraña sensación de dolor calmado por usted, profe.

Hoy pude recién escribir. Recién estas palabras se tejen alrededor de tantos recuerdos a su lado, porque lo pienso a cada instante y lo extraño como nunca. Me apena que no hayamos viajado juntos a España, como habíamos planeado. Pero más me apena, ahora, no haberlo llamado tantas veces como quise, ni visitarlo y verlo una vez más, porque no quise exponerlo al peligro; porque pensé que era mejor postergar ese café que quería tomarse conmigo, y yo con usted por supuesto. Es que temí que se muriera pronto, sin que yo pudiera decirle al fin lo mucho que lo quería y que me disculpara por tantos dolores de cabeza que sin querer le ocasioné. Lamentablemente ambas cosas no pude hacer tan de frente como a usted, quizá, le hubiera gustado. Por esto perdone, profe.

Le confieso que en la selva de Tingo María crecí imaginando a un tío que era escritor. Mi padre me contaba que tenía un tío que era escritor y que se llamaba Andrés Cloud Cortez. Yo siempre le preguntaba por usted. “Tienes un tío que es escritor, algún día lo conocerás”, decía él. Yo, un patacalata que gorreaba carros en mi pueblo, no entendía bien qué cosa era un escritor; solo lo vinculaba con las historietas que leía mi madre conmigo, profe.

Desde entonces usted fue una imagen que esperaba conocer algún día. ¿Quién sabe?, quizá fue el misterio de su genio que me acercó a la lectura y a los libros. Desde el 2004, año en que lo conocí al fin en casa de mi abuelo, conversar fue una invitación a la reflexión, al razonamiento y al humor. Siempre me gustaba hablar con usted, razonar con usted, reírme con usted. Pero al final de cada charla algo nos quedaba flotando: ahora sé que era la sensación de querer seguir hablando, profe. 

Sabe, siempre vi en usted a un árbol recio y frondoso. Vi a un padre, un padre de la vida, un padre tierno y a veces irascible, que me enseñaba, me aconsejaba, me regañaba y me doblegaba. ¿Cómo no poder vivir bajo su sombra? Intenté vanamente estar muchas veces sin su sombra, pero no pude. Eran más fuertes los lazos que me unían a usted: la familia, la amistad, los amigos y los libros. Estos lazos siempre se mantuvieron firmes a pesar de que muchos quisieron, sin lograrlo claro, que usted y yo nos enemistemos. Nunca les dimos ese gusto, profe. 

Conocerlo cambió mi vida; ahora que no está sé que es así. Usted me cambió la vida. Aprendí mucho a su lado. Le agradezco tanto, le voy a extrañar muchísimo y lamento no llamarlo nunca tío como mis primos; lo lamento mucho, mucho… Ahora ya no tengo nada más que escribirle, profe. Esto es todo lo que mi corazón guardó para usted en esta hora final en que le digo adiós para siempre.

Sé que le molesta este patetismo trágico… Es por eso que ya no lloraré más por usted, ni una lágrimas más, profe. Sabe algo más, en este momento mi hija me sonríe, ella es el pilar de mi vida, y yo la miro mientras come un helado. Sé que debo irme con ella y con su mamá y dejarlo ir a usted hacia la eternidad, querido tío, para siempre. 

 

Los Portales, 27 de enero de 2021

 

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