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24 octubre, 2020
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Opinión

Aproximación a las “Prosas Apátridas” (parte II)

Escrito por: Ronald Mondragón Linares

En otra, obreros inmigrantes establecidos en las costas del Mediterráneo francés y su vida rutinaria y gris, constituye el hecho cotidiano y aparentemente intrascendente. Pero la potente mirada ribeyriana convierte la cotidianidad en un cristal y la traspasa: “Los hombres pasan, pero las instituciones se perpetúan (…). No encuentro prácticamente ninguna diferencia entre un albañil argelino o portugués y un esclavo de la época de Diocleciano. En esos hotelitos los peones se instalan a perpetuidad y salen solamente para su trabajo todos los días o un día, el último, rumbo al cementerio”.

Así podemos llegar a la estructura que por lo general presentan las “Prosas…”: la anécdota o el hecho cotidiano y su reflexión en torno a ellos, sacudida muchas veces por fulgurantes descargas literarias, filosóficas, críticas o simplemente de sabiduría pura.

Esta estructura se convierte en verdadera técnica de creación literaria si examinamos su dinámica interna. Ribeyro  descubre los invisibles hilos conductores que unen los caóticos hechos de la realidad cotidiana con las esencias puras de la revelación y la verdad. Con el paso de los años – “Prosas…” es la obra de toda una vida, de toda una trayectoria vital- Ribeyro desarrolló y se hizo diestro en la técnica de tender puentes entre la simple anécdota o las imágenes sueltas y los principios esenciales que gobiernan la vida.

De manera que se presentan en las “Prosas…” una carga ficcional o narrativa representada por el hecho anecdótico, y una carga “teórica” o “filosófica”, por llamarla de algún modo, pues la resultante de esta interrelación tiene siempre un carácter literario, artístico. El espíritu literario moldea y cobija las profundas reflexiones y la sabiduría del autor de “La palabra del mudo”.

El afán por el conocer, motivado por la duda, por el conocimiento esencial de sí mismo y del mundo, es el motor de las “Prosas apátridas”. En una entrevista de 1993, dice Ribeyro del famoso “conócete a ti mismo”, de Sócrates: “Ese viejo axioma es verdaderamente inmortal: conocerse será siempre el problema de todos los hombres”.

Ese anhelo, pues, por conocerse a sí mismo y a los demás, basado en la falta de certezas, y develar así la realidad y el mundo en sus esencias, es un rasgo distinguidor de las demás obras ficcionales. Pues una novela, un cuento o una comedia no tienen el propósito deliberado de obtener conocimiento, como sí sucede abiertamente con la obra de Ribeyro que comentamos. Es cierto que, en cierto sentido, las obras literarias son fuentes de conocimiento y hasta formas de conseguirlo, pero no hay un propósito intencional ni directo por parte de los autores. En general, los autores escriben por necesidad, por una fuerza espiritual propulsora incontenible, por el impulso de creación de belleza estética, etc. Pero no lo hacen con la deliberada y racional finalidad  de la obtención de conocimiento de las verdades humanas y del mundo, como es el caso de las “Prosas…” de Ribeyro. Aquí, en este punto, nuestro autor se aleja de uno de los géneros literarios ficcionales, como es el género narrativo; sin embargo, se acerca al género ensayístico y mira de frente a la filosofía.

En la literatura peruana hay ejemplos de notables creaciones singularísimas. Las “Tradiciones peruanas” de Ricardo Palma son relatos sui generis, en los cuales se presentan hechos históricos encarnados en anécdotas y  entremezclados con aderezos de ficción, bajo un lenguaje pleno de ironía o humor. No obstante, pese a esta innegable singularidad, pertenece sin duda al género narrativo y aporta como especie. Los “yaravíes” de Mariano Melgar, una versión peculiar de los harawis quechuas  y remozada con formas estéticas hispanas, sigue perteneciendo al género lírico. O “La casa de cartón” de Martín Adán, de gran carga lírica, corresponde por predominancia a la narración.

El problema, pues, radica en que ante ello, las “Prosas apátridas” siguen permaneciendo aparentemente en el limbo literario, sin derecho a un género. Sin embargo, sin pretender el esclarecimiento absoluto del problema, hay que hacer notar que es , sobre todo en las novelas- por su carácter de arca demasiada abierta-, aunque también en monólogos de algunas obras dramáticas, donde más aparecen cierto tipo de reflexiones personales cuasi filosóficas, pero de gran relevancia para el conocimiento del hombre y del mundo, reflexiones similares a las que ofrecen las prosas ribeyrianas, aunque sin su estructura particular y prácticamente definida que ya hemos descrito. Estas reflexiones de enorme trascendencia para el ser humano, para Ribeyro, merecen un lugar aparte. Como esta, que aparece en “La náusea”, en boca de uno de sus personajes:

“Sé que nunca más encontraré nada ni nadie que me inspire pasión. Tú sabes que ponerse a amar a alguien es una hazaña. Se necesita una energía, una generosidad, una ceguera…Hasta hay un momento, al principio mismo, en que es preciso saltar un precipicio; si uno reflexiona, no lo hace. Sé que nunca más saltaré”.

O esta otra, de Bukowski, en “Se busca una mujer”: “Me di cuenta de que todo el mundo sufría continuamente, incluidos aquellos que fingían no sufrir”. Y así, se podría seguir con  ejemplos de muchas otras obras, especialmente narrativas. Son modos agudos y espontáneos de ver el mundo y llegar a conclusiones fundamentales, aunque carecen, repito, de la estructura y la deliberada intención que presentan las prosas del gran Ribeyro.

De manera que, me parece, estamos en condiciones de llegar a una conclusión final en torno a la extraterritorialidad de las “Prosas…”. Se trata de una ínsula literaria, un subgénero diríamos, que se encuentra a caballo entre la narrativa y el ensayo literario, frente al vasto mar de la reflexión filosófica; cuya estructura generalmente consta, en indistinto orden, de una anécdota o suceso cotidiano y una reflexión esencial asociada a la vida humana y al mundo en que vivimos. Ínsula, si insistimos en la analogía geográfica, que le correspondería por derecho al género narrativo, ya que solo en las grandes narraciones se han podido leer semejantes reflexiones (imposible olvidar ciertos pasajes y diálogos de El Quijote) que se encargan de descifrar en los acontecimientos y acciones “comunes” la gran tragicomedia que es el destino del hombre.