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Huánuco
16 mayo, 2022

AQUÍ TOY BIEN

Por Jacobo Ramirez Mays

Toso indiscriminadamente, mi garganta está reseca. Siento que mi pecho se contrae. No puedo respirar. Miro alrededor, y entiendo que llegó mi hora. Corro a sacarme la prueba. Doy positivo. Tenían razón cuando me dijeron a inicios de año que todo iba a ser positivo para mí. De nuevo el burro al daño, digo para mis adentros. Me alejo de los que están cerca, agarro mis chivas y voy a ocultarme en la soledad de mi casa.

Me citan a EsSalud La Villa, lugar al que había pedido al destino nunca ir. Entro por el portón e inmediatamente pienso en mi amigo Andrés Cloud, quien hace un año también entró por esa misma puerta. Lo veo caminando solo por esa pista. Lo imagino shucapeando, haciendo sonar sus llaves, respirando lento, perdiéndose por esos pasillos. Para después ser derrotado por este mal. Tengo que pasar por triaje. La cola está larga y hay algunos que tosen más que yo. La enfermera, no sé si por cansancio o aburrimiento, deja su puesto después de atender a dos personas, se va no sé a dónde. Al cabo de un rato, regresa. Según mi opinión, se demora por gusto. Pero qué se le hace, ellos tienen la sartén por el mango. Por fin llega mi turno. Me toma mis signos vitales, me pregunta cuántos kilos peso. Le respondo que no lo sé. Me mira con sus ojitos hechiceros y rellena la ficha con 67 kilos y medio. Me alegro porque me vio gordo y me invita a pasar para que le digiten mi cita. Me siento en una de esas sillas que felizmente están desocupadas, y después de tres horas me atiende el médico, quien está rodeado por tres perros blancos. Deben ser sus protectores, me digo. Me ausculta, corre a la digitadora y me registran. Uno más en la lista de contagiados por el virus de mierda.

Me mandan a sacar sangre y a hacerme una tomografía. Espero tres horas para el resultado. Me toca la reevaluación, y esta vez es con una doctora. Sus ojos advierten de su juventud. Me saluda y me dice que tengo que internarme. No sé qué responder. Me quedo en silencio. Sudo frío. Debe ser por mis pulmones. Fuma más, so wepla, me digo reprendiéndome. Me jodí, monólogo, qué voy a hacer. Me resigno. En eso, la doctora continúa: «Mire, señor, en la placa puedo ver que sus pulmones están muy bien». Mis ojos se agrandan de emoción. ¿Serán mías esas placas?, me pregunto. Pienso que a lo mejor se confundieron, y las placas en realidad son de otro paciente. Sin embargo, no protesto, y dejo que las cosas se queden así. Ella continúa: «Pero sus enzimas cardíacas están subidas, y eso le puede ocasionar un paro cardiaco; es por eso que tiene que ser internado. Además, uno de sus riñones está deshidratado, seguro que no toma mucha agua». «No, doctora, solo tomo cerveza», le digo, sacándole una sonrisa, y tratando de animarme en esos minutos cruciales de mi vida. «Bueno, llame a su familiar para que le informe que se quedará». Mi sonrisa se desvanece. Miro a mi alrededor; afuera están mis hijos y mi esposa; estoy seguro de que si se los digo no aceptarán que me quede en esa Villa.

Después de una pausa, le digo: «Doctora, no me internaré», «¿Por qué?», me dice. En eso, mi cerebro recuerda la frase de un cuento de Antonio Gálvez Ronceros, y le digo: «Es que aquí toy bien, doctora». Acepta mi decisión y me receta una sarta de medicamentos que estoy seguro que cuando termine de tomarlos e inyectármelos me dolerán otras partes de mi cuerpo.

Ahora tengo mis venas negras de tanto ser pinchadas. Siento mi voz como si recién estuviera cambiándola. Leo los mensajes de mis pocos amigos que, cuando se enteraron que tal vez iba a entregar la jeta al soberano, comenzaron a escribirme o llamarme y decirme lo mucho que me estiman y aprecian; palabras que, sinceramente, nunca borraré de mi memoria. Lo mejor de esta enfermedad es que no debo agitarme, por eso paso casi todo el día recostado en mi mueble viendo UFC, echado en mi cama, rascando mi cabeza o leyendo un libro; deseando sanarme cuanto antes para fumarme el último cigarrito que quedó en la cajetilla.

Las Pampas, 20 de enero de 2022  

 

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