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Huánuco
1 diciembre, 2021

CAFÉ LITERARIO

Escrito por: Arlindo Luciano Guillermo

El viernes 8 de octubre, feriado, dejamos la rutina laboral por un instante, día en que recordamos el sacrificio del almirante (ese sí que es respetable marino) Miguel Grau Seminario, hijo predilecto de Piura, como para nosotros lo es Leoncio Prado Gutiérrez, el Héroe de Huamachuco, el de la taza de café, frente al pelotón de fusilamiento, el personaje de la novela de Esteban Pavletich: Leoncio Prado. Una vida al servicio de la libertad. Desde las 4:30 hasta las 7:30 de la noche tomamos 4 taza de café cada uno, como para aceitar la garganta y seguir hablando como dos incontinentes verbales, que desean que el tiempo avance lentamente y así hablar hasta por los codos. Es Pedro Valdizán, a quien le digo, afectuosamente, Pedrucha porque él me dice tayta Arlinducha; nombres propios con sufijo diminutivo quechua. Estoy en el Café Santo Domingo desde las 4, esperando con ansias la tertulia amical, sin cargos ni erudición; solo conversar con libertad, sinceridad, mirándonos a los ojos. Entones aprovecho leer “Hildebrandt en sus Trece”, que me ha enviado generosamente al WhatsApp mi amigo Miguel Rodríguez, el famoso Culebra de la movida blake metal, heavy metal, rokc subterráneo (el dios es Iron Maiden; el animador, Sepultura) y reuniones dionisíacas y sin límites en las bancas de la plazuela Santo Domingo.

La amistad añeja es el sentimiento transversal y de enlace covalente. Hablamos de literatura, música, política, periodismo, libros. “Yo leí a Vallejo cuando era adolescente, así como Ideología y política de Mariátegui”. Repite de memoria “Los pasos lejanos” que calza con sus experiencias familiares. Recuerda cuando el auxiliar de su colegio lo sorprendió leyendo el libro de Mariátegui. “Muy bien, es buen libro”, le dijo. El padre de Pedrucha falleció cuando él tenía 11 años. En ese poema de 20 versos, las palabras padre-madre tiene una relación simbiótica en el contexto de una familia nuclear. Y es que Pedrucha es un esposo y padre admirables, con grandes virtudes y, como es natural, con defectos que sabe superar con serenidad y madurez emocional. Recita: “Mi padre duerme. Su semblante augusto  /  figura un apacible corazón;  /  está ahora tan dulce…  / si hay algo en él de amargo, seré yo. (…)  Hay soledad en el hogar; se reza;  /  y no hay noticias de los hijos hoy. (…) / Y mi madre pasea allá en los huertos,  /  saboreando un sabor ya sin sabor.  /  Está ahora tan suave,  /  tan ala, tan salida, tan amor”. Respira profundo, contiene, como agua en una represa, las lágrimas (él también sabe llorar), pero sonríe y damos un giro a la conversación. “El yaraví puede desaparecer si no se hacen 4 cosas inmediatamente: escribir letras para yaraví, ponerle música, recopilar yaravíes y difundirlos”, terminó de argumentar. Me responde: “Sí pues, el último trovador de yaravíes ha sido Wilde Palomino Anderson”. Recordamos “Ojitos negros”, el yaraví emblemático que hacía suspirar y, finalmente, llorar a Roel Tarazona Padilla. Me muestra el libro que me ha prestado hacía una semana: El harahui y el yaraví de José Varallanos. A eso le añado: Historia y leyenda de Mariano Melgar 1790-1815 de Aurelio Miró Quesada Sosa y Un tal Gabriel Aguilar de Esteban Pavletich, libro de lectura necesaria.

Peducha y yo nos conocimos en la década del 80 en la universidad: él estudiaba sociología; yo, para ser profesor de literatura. Su esposa, su compañera de más de 25 años de matrimonio, era mi compañera de carpeta. Nuestros hijos estudiaron en el mismo salón, vivimos en el mismo barrio cuando no había Essalud, sino huertas de hortalizas y alfalfa, ni calles pavimentadas. Samuel Cárdich vivía cerca al centro de salud Carlos Showing Ferrari. En las noches, con una radio a pilas, debajo del poste de luz opaca, escuchábamos a los Bee Gees y bailábamos como John Travolta. Los periódicos ya informaban sobre la existencia de la guerra interna entre subversivos y el ejército en el sur del Perú.

Luego de casi 3 horas de charla interrumpida, en el paladar persiste tercamente el sabor del café nigérrimo con poca azúcar. La hermosa venezolana nos pregunta por otra taza de café. “No, ya nos vamos”. Sonríe a modo de despedida y gratitud y se va; desciende las escaleras con precaución. Dos policías uniformados chatean felices, una dama y dos niños comen prestiños y crema volteada, una pareja de jóvenes se tributan caricias mutuamente. “Carajo, comiendo pan delante de los pobres”, pienso. Aparece en mi memoria dos palabras japonesas, que las escuché en un video motivacional del BBVA, “ichigo ichie” que significa “una vez, una oportunidad” o hacer de las circunstancias de la vida únicas e irrepetibles; resuena en mi subconsciente el pensamiento del Dalai Lama: solo el presente es posible vivir realmente, no el pasado que no se puede arreglar ni el futuro que no existe. Pedrucha y yo quisiéramos seguir conversando para tomar más café, pero tengo que regresar a casa. La noche ya hizo su reino en la ciudad y en la periferia la oscuridad encrespa los nervios.  La oportunidad que tuvimos de conversar de todo y sobe todo no regresará jamás; por eso, charlamos como si fuera la última vez, como si mañana ya no despertáramos para respirar. Me miro en el espejo de la sala y me veo adulto pleno, no con canas, pero con las huellas notables del tiempo que sabe hacer su trabajo perfecto y justiciero. Ya no somos los mismos de hace 30 años atrás, pero seguimos vivos, leyendo, pensando, todavía soñando, escribiendo porque ese el camino de la trascendencia, un renglón en la historia, un breve suspiro de la nostalgia y un chispazo de evocación. Antes que llegue las cero horas del día siguiente, antes que mis ojos se rindan de cansancio, debo seguir leyendo la poesía de Emilio Adolfo Westphalen y dormiré como si fuera la última vez. En el velador tengo listos un lápiz puntiagudo y la libreta de apuntes. Ojalá pueda dormir después de 4 tazas de café.

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