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8 julio, 2020
Actualidad Opinión

Con una niña en una sucursal del cielo

Irving M. Ramírez Flores

Mi hija Loana tiene cuatro años. Es inteligente, curiosa, divertida, habladora y tiene un sentido de humor que sorprende. Ama a un sapo y a un oso, sus peluches. No le atraen las muñecas. Prefiere los globos, la plastilina y sus diminutos animales de granja. Se baña con ellos. Dice que son sus hijos. No duerme sin que le lea un cuento. Le gusta el campo y el agua. Se siente abeja, pez, ave… cuando vamos al campo. Este 17 de mayo, su madre Vanesa cumplió un año más de vida y tuve la brillante idea de llevarlas, al menos por dos días, al campo y olvidarnos del tormento del polvo inacabable y las calles tugurizadas de la ciudad. Vanesa se alegró por obvias razones, pero quien se descontroló de alegría fue Loana. Enterarse que visitará un lugar abierto lleno de árboles, agua y aves es para ella un júbilo con que contagia a todos en casa. Me alegra verla feliz. Siempre.

            Alistamos poca ropa y prendas de baño. Por supuesto que Loana alistó sus lentes, su ropa menuda, sus libros preferidos y a Unicornio, un juguete con que duerme todas las noches. El destino lo tenía pensado hace mucho: Villa El Milagro, en Tomayquichua, hospedaje de campo regentado por el padre Oswaldo y que beneficia a los albergues de ancianos y niños en estado de abandono. Es por esto que escogí ese lugar. Vale la pena pagar por un servicio que ayuda a gente necesitada. Cuando llegamos fuimos recibidos por el administrador, un anfitrión de lujo, mi amigo Eduardo Wachito Veramendi, quien nos llevó a nuestra habitación, o mejor diría a una casa rústica, de camas espléndidas, con chimenea y ventanales cuyos marcos parecen cuadros de un paisaje de ensueño: un horizonte adornado de una hilera de árboles frondosos que cercan al Huallaga, y en otra ventana, un cerro impetuoso de poco floresta, huarangos y flores. Un paraíso que me recordó a don Ricardo Flórez.

            Después de instalamos emprendimos una caminata por el inmenso sembrío de maíz. Loana se agitó un poco, pero la animamos a seguir. No se rindió. Completamos el recorrido con ella caminando hasta el atardecer. Cuando retornamos ya nos esperaba la cena: trucha frita con arroz graneado y ensalada, y para beber, anís, té o café y panes. Disfrutamos la cena. Loana más. Después dormimos como unos benditos. La noche nos trajo una luna llena y el silencio. Nuestro sueño fue apacible. Después de tiempo dormimos tan bien, tan profundo, tan dichosos. Cuando despertamos el desayuno nos deslumbró: leche de vaca, café, queso, plátano maduro frito, panes, huevitos a la inglesa; luego visitamos las instalaciones de Villa El Milagro: sala de juegos, bar, cocina a leña, horno, jardines con caballos, vacas, riachuelos, y ante nuestros ojos, una piscina de espacio generoso y agua cristalina.

            Es aquí, en la piscina, donde pasamos el mejor momento. Loana no se resiste al agua. Ella es de agua, somos de agua. Para ella es un retorno al vientre de su madre. Loana, Vanesa y yo somos felices. Ella es un pececito y yo, un tiburón. Loana sonríe y yo rio con ella, con su mamá. Abrazo a mi hija y giramos y giramos y giramos en la piscina. Ríe y su risa es música para mis oídos y mis ojos, para los cerros y las aves, para las flores y el cielo… Quiero que el tiempo se detenga, para qué volver pronto, para qué pensar en el mañana, en el trabajo, en la ciudad. En esa sucursal del cielo somos eternos.

            La vida me la regaló. Ella es mía, para siempre… Que Dios te cuide mucho, Loana. Estoy inmensamente feliz de ser tu padre.

Cayhuayna, 3 de junio de 2019

 

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