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Huánuco
20 agosto, 2022

Cuestión de sensatez

 

Jorge Farid Gabino González

Escritor, articulista, profesor de Lengua y Literatura

Cuando, en contra de lo que el sentido común indicaba, uno creía que las cosas no podrían irnos peor a los peruanos; cuando, después de haber visto la sucesión de decisiones nefastas tomadas por el Ejecutivo en estos seis meses de gobierno, uno pensaba que era prácticamente imposible que se siguiera insistiendo en lo mismo; cuando, a pesar de la casi unanimidad con que a lo largo y ancho del país se comenzaba a cuestionar la irresponsabilidad del presidente para elegir a sus ministros, uno suponía que la conformación del nuevo gabinete destacaría, ahora sí, por tener entre sus miembros a gentes realmente cualificadas para el cargo; cuando, en definitiva, uno creía que el presidente Castillo no podía ser más idiota, más estúpido, más imbécil, como para volver a cometer, por enésima vez, los mismos torpes errores, demostrado ha quedado que, en materia de sandez, de necedad, de majadería, el sujeto en cuestión siempre encontrará la manera de superarse.

El problema, por supuesto, no radica tanto en que el presidente del Perú tenga tales o cuales limitaciones (que hemos tenido mandatarios que no se han caracterizado precisamente por ser grandes luminarias, y no han sido ni uno ni dos) cuanto en el hecho de que estas acaben afectando, como por lo demás viene sucediendo de manera sostenida, no ya a los intereses del individuo que las padece sino a los del país entero. Así, con un discurso victimista en el que ya nadie cree, y, lo que es peor, sin que al parecer exista de su parte la más mínima intención de hacer un mea culpa que apunte a remediar, cuando menos en alguna medida, los garrafales errores cometidos desde el día mismo en que asumió el poder, el presidente Castillo insiste en no querer darse cuenta de que aquí no se trata de que haya un complot de la derecha peruana para traerse abajo su “excelente” gobierno. Se trata, simple y llanamente, de tener una pizca de sentido común, y no permitir que su probada incapacidad para gobernar el país termine por mandar aún más a la mierda al Perú.

Porque tendríamos que ser los peruanos unos rematados imbéciles para creer que el país puede soportar cinco años en estas terribles condiciones. Ni hablar. El Perú no da para tanto. Y menos aún con una economía seriamente golpeada por la pandemia como lo es a todas luces la nuestra. De hecho, como van las cosas, no se necesita ser un genio para darse cuenta de que, ni en el más optimista de los escenarios, el país podría llegar al mes de julio sin haber sufrido antes el colapso total de sus principales instituciones. De ahí que sea urgente que los peruanos, por una vez al menos, dejemos de lado nuestras muchas diferencias, y pongamos por delante los intereses del país. Lo que pasa, entre otras cosas, por asumir que, si no se toman prontamente cartas en el asunto, los daños podrían llegar a ser irreversibles.

Mientras tanto, la seguridad ciudadana se encuentra atravesando por uno de sus peores momentos, sin que desde el gobierno se mueva un solo dedo para hacer que las cosas cambien. ¿Seguirá pensando el impresentable del sombrero que esta es cuestión que se puede afrontar sacando a las calles a los ronderos, armados con látigos y machetes?

Mientras tanto, la policía, que en circunstancias normales sería la que se encargue de enfrentarse a la delincuencia, se encuentra mellada por culpa del hombrecillo este, que cree que puede manejar a una institución como esta a su gusto y antojo, pasando por encima de las normas y principios que la rigen.

Mientras tanto, sus dilectos e incondicionales aliados de la izquierda comienzan a abandonar el barco, ahora que saben que la aventura ya no da para más. Ahora que se dieron cuenta de que, si permanecen un minuto más al lado del inefable, acabarán igual de embarrados que aquel.

Mientras tanto, su ex premier, su ex ministro de Economía y su ex secretario de palacio parecen haber recobrado el sentido común ahora que ya dejaron sus cargos, pues comienzan a criticar a voz en cuello todo aquello que, cuando formaban parte del gobierno, parecían estar incapacitados para poder advertir.

¿Habrá todavía tiempo de volver a encaminar al país por la senda del progreso? Por supuesto que sí. Pero para ello es imprescindible que suceda alguna de las siguientes dos cosas: que el Congreso vaque a Pedro Castillo o que éste, en un arrebato de sensatez que creemos poco posible, renuncie a la presidencia. Y que, naturalmente, se convoque a nuevas elecciones.

No de otra manera se podrán dar las condiciones para que el Perú salga del hoyo en que se encuentra metido. Y no nos vayan a venir con la candelejonada esa de golpe de Estado, que de golpistas no tenemos nada. Es solo cuestión de sensatez. Algo que quienes siguen creyendo que el Perú puede soportar cinco años en estas condiciones de ninguna manera parecen tener. 

 

 

 

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