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4 marzo, 2021

Dedíquense a otra cosa

 Escrito por: Jorge Farid Gabino González

Escritor, articulista, profesor de Lengua y Literatura

Aceptémoslo: si hay algo que nos resulta incluso peor que un político charlatán, uno de esos individuos que como reza la apreciación popular habla hasta por los codos, y que consciente de sus virtudes en el ámbito de la oralidad acaba haciendo del noble ejercicio de la palabra hablada su mejor herramienta de embaucamiento; si hay algo que nos disgusta muchísimo más que alguien así, decíamos, es, a no dudarlo, un político que se caracterice por exactamente todo lo contrario: por su sigilo, por su reserva, por su circunspección. Ello porque, a diferencia de aquel, que para bien o para mal (a veces más para mal que para bien) dice lo piensa, este, por obvias razones, no lo hace. Y no saber las intenciones de quien dirige, o pretende dirigir, los destinos de las gentes, resulta, naturalmente, muy peligroso.

Viene a cuento lo anterior porque, metidos como estamos en un proceso electoral que en poco más de un mes nos llevará a las urnas para elegir a quien habrá de llevar las riendas del país durante los próximos cinco años, y que tendrá, como es de amplio conocimiento, la difícil tarea de sacar al Perú de la crisis económica y social en que nos ha sumido la pandemia, debería preocuparnos que uno de los aspirantes con mayores posibilidades de pasar a la segunda vuelta electoral, sea precisamente uno de esos personajes de que se habla, uno de esos pobres y tristes sujetos que cojudamente enarbolan la estúpida frasecita esa de “hechos y no palabras”, unos de esos pelafustanes que creen que rehuyendo de las entrevistas, que corriéndose de las declaraciones públicas, se mantendrán a buen recaudo de las meteduras de patas.  

Y es que no se requiere ser un genio para darse cuenta de que, si hay algo que el Perú no se puede permitir en este momento, es poner los destinos de sus más de treinta millones de habitantes en manos de alguien que, se lo mire por donde se lo mire, está cualificado para cualquier cosa, menos para ser presidente. Pues no olvidemos que, por muy venido a menos que esté hoy el cargo en cuestión por culpa de las sabandijas que en los últimos treinta años se han ceñido la banda presidencial por elección popular, no cualquier huevón puede hacerse de la más alta magistratura del país. Aunque solo fuera por una cuestión de mero amor propio, los peruanos deberíamos estar plenamente convencidos de ello.  

Porque por más que el candidato ese no tenga reparos en sostener que él es un hombre de hechos más que de palabras, la impresión que a fin de cuentas termina por producirnos, es que se trata de alguien que, si no habla, o lo hace poco, es porque no tiene gran cosa que decirnos. Y es que aunque usted no lo crea, señor candidato a la presidencia, las palabras, esas a las que subestima y de las que incluso parece renegar cada vez que se le presenta la ocasión de hacerlo, son, hasta ahora, lo mejor que el hombre ha sido capaz de inventar para comunicar el pensamiento, para materializar aquello que, de otra manera, serviría para maldita la cosa, si solo se quedara “dentro” de nosotros, si no se valiera de las para usted inservibles palabras para cobrar real y patente existencia. 

Ahora bien, no está demás precisar que el que alguien carezca de la llamada facilidad de palabra para comunicar sus ideas no es, por supuesto, delito ninguno. Existen, de hecho, innumerables personas, y conocemos de cerca unas cuantas, que no tienen a la locuacidad como una de sus principales características, y, sin embargo, son individuos cuya brillantez está fuera de toda discusión. Es más, diríase, incluso, que lo que les falta de facundia, les sobra de intelecto, pues de esto tienen para dar y tomar. Pero otra cosa es, naturalmente, que la parquedad de ciertas gentes para comunicar sus ideas a través de las palabras responda, en realidad, al simple y sencillo y fácilmente constatable hecho de que o no las tienen o, en el mejor de los casos, las poseen en escasísima medida; y de que, en consecuencia, no es la inteligencia algo por lo que se distingan con especialidad.

Lo que resulta difícil de comprender es que un individuo con las características del antedicho se encuentre con no pocas posibilidades de convertirse en el próximo presidente del Perú. Probabilidad que ni siquiera se justificaría debido a lo decepcionada que anda la población respecto de su llamada clase política. Pues demostrado está que, si existe algo que puede causar aún más daño a un país que el tener un gobernante corrupto, es tenerlo papanatas, mentecato, majadero. El Perú ya no está para pendejadas. El Perú necesita conocer a cabalidad, y de boca de sus propios candidatos presidenciales (no de sus asesores ni de sus candidatos a la primera o segunda vicepresidencias), lo que estos pretenden hacer con el país de llegar a ser electos. Es lo mínimo que se les pide. Si no pueden hacerlo, mejor dedíquense a otra cosa. El Perú ya no está para una raya más al tigre.

 

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