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Huánuco
1 octubre, 2020
Actualidad Opinión

EL ACCIDENTE

Jacobo Ramírez Mays

Una noche antes, la paca paca, esa ave agorera, se paró en el árbol de palto que está cerca de mi casa, y cantó tristemente. Mi madre me había dicho que, cuando esa ave canta, es porque alguien va a morir, porque te van a robar o algo malo te va a pasar. Teniendo en cuenta eso, me acerqué y, con jebe en mano, comencé a buscarla para espantarla, porque sé que para matarla hay que ser como Cheyenne Bodie, un gran pistolero del Oeste.

Como no la vi, me acordé de otro truco; entonces, saqué un mapacho, ese cigarro artesanal que en muchos lugares, especialmente en la selva peruana, muchos usan para espantar malos espíritus. Prendí uno y comencé, al mismo estilo de un chamán viejo, a soplar por las ramas del árbol para espantar a esa ave fatídica; y, después de unos minutos, como por arte de magia, dejó de cantar. Contento de haberla vencido, me fui a dormir.

Al día siguiente, muy temprano, me levanté y salí con mi motocicleta con destino a Huánuco. Mientras manejaba, sentí como si la motocicleta no quisiera funcionar; «carajo, dije, esta moto quiere estar como algunos de mis amigos, que ya no quieren funcionar», y solté una sonrisa maléfica.     

Seguí avanzando, pensando en cómo empezar mis labores académicas, hasta que entré a una zona pavimentada; es esta una bajada de unos cien metros aproximadamente; y, como estaba en tercera, pisé el freno de pie despacio para evitar que la motocicleta corriera. En ese momento, el freno de pie se desprende, cae al suelo y comienza a arrastrarse. Siento que la moto, como decíamos antes, comienza a embalar, se me ponen los pelos en punta; aplasto el embrague, y pongo segunda; el timón cascabelea, lo agarro con fuerza; la moto toma más velocidad; entonces hago cambio a primera, la moto vuelve a cascabelear con mayor intensidad; siento que me voy a caer pero logro dominarla, y un sonido particular me da a entender que la caja de cambios se ha roto. Mi mente se pone en blanco, pienso que llegó la hora de entregar la jeta al soberano y el culo al gusano, como decía mi abuelo. «Me moriré, pero ojalá mi material de trabajo, o sea mi cara, no se desfigure», le ruego al destino. La moto está imparable; ya no corre: vuela. No puedo ni persignarme, para que mi almita pura se vaya a gozar del cielo eterno, porque mis manos agarran el timón con fuerza.

A esa hora, felizmente, la escuela todavía está cerrada; no hay niños caminando ni personas mayores. La moto está incontrolable, miro la carretera principal, estoy seguro que si sube un carro a velocidad, todo habrá acabado. De pronto, me veo volando por los aires y cayendo con todos los huesos molidos en la casa de ojos de sapo. Mi cerebro, a pesar de la desesperación, todavía funciona: decido a esa velocidad girar a la derecha cueste lo que cueste; estoy seguro de que volaré como pajarito, pero es mejor morir chancado contra la pared que abollado por un carro. Falta cinco metros aproximadamente para encontrarme con la muerte, ya no creo en nada. Furtivamente, pienso en mis hijos, giro el timón, cierro los ojos, inclino la moto y un sonido se expande por esa calle silenciosa. Me dormí unos segundos, abrí los ojos, y vi a mi amigo Sueño, que corría desde la tienda más cercana para ayudarme. Me contemplo de pies a cabeza: estoy completo. Creo que todo está en su lugar, un hilo de sangre corre por mi mano; contemplo la pared donde me estrellé, y doy gracias al destino por tener cabeza dura.

La muerte, con su capucha negra, estaba cerca de la acequia; levantó su capucha, agarró su guadaña, y me guiñó un ojo. Entonces, de puro pendejo, le saqué la lengua. Ella rió mostrándome sus dientes blancos. Puse las manos en mi cien y, moviendo mis dedos, le dije: «¡lero, lero!». Ella se fue volando, pero no sin antes decirme que para otro día sería. «Cuando gustes, alcancé a decirle antes de que la perdiera de vista: aquí te estaré esperando». Y me fui para Huánuco.

Las Pampas, 12 de setiembre de 2019