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Huánuco
27 enero, 2022

EL DISCURSO QUE NO LEÍ

Por: Jacobo Ramiréz Mays

Mi madre tenía 37 años y, para no perder la rutina llevada a cabo durante casi 20 años seguidos, dio a luz a un hermoso, colorado y robusto varón; o sea a mí. No lo hizo en el hospital porque ahí, casi dos años antes, había dejado de existir uno de mis hermanos recién nacido, y por esa razón, me trajo a este mundo en la panadería en donde trabajaba, junto al horno. Y ahora que lo pienso, debe de ser por eso que me gusta mucho el pan. Dice que lacté hasta los dos años para ser fuerte y tener mucho calcio; pero la leche materna solo me hizo fuerte, ya que el calcio se lo habían mamado mis otros nueve hermanos, de modo que para mí casi no dejaron nada. Crecí escuchando historias que mi abuelo inventaba para matar el tiempo, que se le hacía largo debido a su discapacidad, mientras viajaba con mi hermana mayor, quien era profesora y me hacía pasar como su hijo, hasta que nacieron sus hijas.

Crecí con las cosas que me compraba mi hermano, quien se sacaba la mugre trabajando de sol a sol para que no nos faltara nada, y aun así siempre había algo que nos faltaba; crecí caminando a San Marcos y a otros lugares, cosechando maíz, habas, frijoles, pescando cachuelos en el río y sacando chachpas con las manos, jugando fulbito sin zapatos, con arco de piedras, haciendo competencias con aros empujados por cayapas, jugando ojitos o ñoquito con las canicas, haciendo la guerra con mis cachaquitos de plástico hasta que me robé seis de plomo; crecí peleando en la calle y en el colegio, fumando cigarrillos a escondidas, trabajando en Aucayacu. Crecí con el amparo de mi madre, de mis hermanos y hermanas, de mis tíos. Crecí, me hice pelucón, y ahora estoy sepla. Veía bien y ahora uso lupa para leer algunas letras pequeñas, jugaba fútbol y ahora juego sapo por trago.

Parafraseando al poeta, diré que he vivido mucho y me he cansado poco; y estos 50 años que he respirado, aparte de oxígeno, humo de cigarro y aire contaminado, he llegado a la cima en donde encontré una planicie que he decidido recorrer pensando en lo que he hecho, porque lo que he dejado de hacer ya me importa un comino, y no puedo llorar sobre la leche derramada.  No sé qué tiempo recorreré esta parte, pero estoy seguro de que cuando comience a descender lo haré con dignidad.

De los 50 años recorridos, 25 de ellos me ha acompañado Angélica, mi esposa. Con ella he andado caminos llenos de pétalos de rosas, pero también con ishancas, con huarangos, cuyas espinas hicieron heridas en mis pies, heridas que felizmente se curaron y no han dejado cicatrices.

De esos 25 años nacieron Johan y Diego, hoy jóvenes que apenas ayer nomás fueron niños. Uno en silencio y el otro en medio de la bulla siempre están conmigo alentándome, escuchándome, pidiéndome que sea candidato, y escuchando unas lisuras como respuesta. Jamás se rinden: desean que me tatúe todo el cuerpo. Por supuesto que aún no les hago caso.

Junto a ellos, mis amigos de siempre, a quienes no quiero enumerar porque me puedo olvidar de alguno y, conociéndolos como los conozco, jamás me lo perdonarían. Ellos son mi motor, los que me empujan hacia mis metas, los que me felicitan, los que, dicho sea de paso, casi siempre me invitan a comer papa rellena, a tomar un par de cervezas, que se convierten en una docena, los que me regalan libros y me han sacado más de una sonrisa a lo largo de este camino.

He vivido y seguiré viviendo, y, gracias a ustedes, que me acompañan siempre en este camino que estoy haciendo al andar, estoy seguro de que, aunque algunos de mis amigos han soportado ya las plagas de Egipto, las guerras mundiales, la gripe española y otras pandemias más, dentro de 50 años de nuevo estaremos reunidos, no físicamente, pero nuestras almas estarán comiendo, bailando y tomando hasta que se cierre el cielo o el infierno, y no puedan volver de allí.

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