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18 agosto, 2022

El futuro de la agricultura tiene un problema

Por William Alexander


Todo parece indicar que este será un mal año para la agricultura: en el oeste de Estados Unidos hay sequías nunca antes vistas; los agricultores del Valle Central de California están dejando grandes extensiones de tierra fértil sin cultivar. 

Una ola de frío en enero en Florida devastó los cultivos de tomate y dejó los cultivos vulnerables a las enfermedades. Dos meses después, una helada inusualmente fuerte en las Carolinas dejó a algunos agricultores con muy pocas fresas y arándanos.

Sin embargo, ni la sequía ni las heladas preocupan a los productores de tomates, fresas y otros cultivos que crecen en este momento en enormes invernaderos, algunos de los cuales se extienden a lo largo de 70 hectáreas, en Norteamérica y Europa. 

Ahí se está llevando a cabo una revolución silenciosa, que quizá sea la más disruptiva desde que Cyrus McCormick inventó la cosechadora. Cada vez más vegetales se cultivan en interiores, mediante una avanzada forma de cultivo intensivo llamada agricultura de entorno controlado, un método con el potencial para ayudar a alimentar al planeta, aun cuando amenaza con calentarlo aún más.

La agricultura de interior tiene el potencial de sacudir la naturaleza misma de la agricultura hasta sus raíces. Pero esta innovación conlleva costos iniciales más altos y una mayor huella de carbono.

Cada vez es más probable que los tomates, pimientos, pepinos, lechugas y bayas provengan de invernaderos canadienses o estadounidenses que de los campos de Florida o México. El año pasado, más de una tercera parte de los tomates frescos que se vendieron en Estados Unidos, incluidos los que aderezan las hamburguesas de Wendy’s, se cultivaron en el interior.

La agricultura controlada, que se inventó en los Países Bajos, tiene muchas ventajas. Los cultivos no están sujetos a los caprichos de las condiciones meteorológicas extremas, como las heladas, el calor o el granizo; nunca tendrán que retirarse del mercado debido a que están contaminados de E. coli procedente de la granja lechera cercana y los tomates y otras verduras pueden manipularse para que tengan más sabor, en lugar de para que sean más resistentes al calor, la lluvia y la transportación de larga distancia.

Además, estos invernaderos pueden producir más alimento sin pesticidas y con menos agua. Al controlar con una computadora las temperaturas de las raíces y el aire, los nutrientes, así como los niveles de dióxido de carbono, las plantas se cultivan en agua cargada de nutrientes y no en el suelo, proporcionando rendimientos hasta 400 veces mayores por hectárea en comparación con la agricultura convencional, con solo una décima parte de agua. 

La agricultura controlada también permite tener cultivos en lugares donde no hay tierra disponible, ya sea en la región carbonera de Kentucky o en el desierto egipcio. 

Una gran mayoría de los más de 2300 invernaderos de ambiente controlado en Estados Unidos —estructuras de 40 hectáreas o “granjas verticales” más pequeñas que cultivan en bandejas apiladas hasta el techo— sustituyen el calor y la luz del sol con energía fósil, lo cual da un nuevo significado al término “gases de efecto invernadero”. 

Aunque hay esfuerzos por hacer que la agricultura controlada sea más eficiente desde el punto de vista energético —por ejemplo, ubicar los invernaderos junto a plantas de tratamiento de agua o de energía (o incluso granjas de servidores), para capturar el calor residual que generan esas instalaciones—, incluso los invernaderos que cuentan con fuentes de electricidad renovable para la iluminación suelen utilizar gas natural para la calefacción porque es mucho más rentable.

Por primera vez en los 10 000 años de historia de la agricultura, las sociedades no necesitan ser bendecidas con un suelo fértil y un clima favorable para cultivar. Los invernaderos ya han ayudado a convertir a los Países Bajos, un país pequeño y húmedo con una superficie de apenas dos tercios del tamaño de Virginia Occidental, en el segundo mayor exportador agrícola del mundo por su valor, que envía cada año 10.700 millones de dólares en tomates, pepinos y pimientos a sus vecinos, entre ellos Alemania, Bélgica y el Reino Unido. El árido Egipto ha dedicado miles de hectáreas a nuevos invernaderos para cultivar una gran variedad de verduras.

Es difícil cuantificar la rapidez de este crecimiento en Estados Unidos, porque el Departamento de Agricultura de este país no da seguimiento a la producción en entornos controlados. Sin embargo, en 2021, las inversiones en agricultura de este tipo aumentaron un 77 por ciento con respecto al año anterior y desde 2019 se han más que triplicado.

Jonathan Webb, el director ejecutivo de 37 años de AppHarvest, una empresa emergente que acaba de construir un invernadero de entorno controlado de 24 hectáreas en el corazón de los montes Apalaches de Kentucky, declaró a Yahoo Finance el mes pasado que: “dentro de 20, 30 años, la mayoría de las frutas y verduras se van a cultivar a escala mundial en un entorno controlado”.

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