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27 enero, 2022

El futuro del país

Escrito por: Jorge Farid Gabino González

Presentada la moción de vacancia por incapacidad moral permanente en contra del presidente Pedro Castillo por parte de la congresista Patricia Chirinos, comienzan a dibujarse varios posibles escenarios. El primero, y menos probable, no puede ser otro que aquel en el que el presidente se va a su casa, esto es, aquel en el que deja el cargo y, con ello, se pone fin, por fin, a la comisión de imbecilidades tras imbecilidades que han sido, que siguen siendo, la principal característica de su hasta ahora calamitoso gobierno. La escasa probabilidad de tal cosa ocurra no responde, sin embargo, a que el pedido en cuestión carezca de argumentos razonables, que motivaciones jurídicas las tiene, según afirman los entendidos, más que suficientes. Pero, como es bien sabido, cuestiones son estas que se resuelven en función de votos parlamentarios, y los que estarían dispuestos a llegar hasta las últimas consecuencias no pasarían de los mínimos necesarios que establece el reglamento, por lo que mal haríamos en hacernos falsas ilusiones.

El segundo posible escenario nos habla de un presidente obligado a presentarse ante el Congreso para responder por la serie de cuestionamientos que en las últimas semanas se han convertido en la punta de lanza con que la oposición viene buscando la vacancia presidencial. Cuestión, esta, que, aun cuando pudiera tener más posibilidades de ocurrir, lo más probable es que, de suceder, tampoco sirva para maldita la cosa. Sobre todo, porque sabido es que, además de poner de manifiesto algo que ya todos sabemos, vale decir, que tenemos por presidente a un sujeto incapaz de concatenar dos ideas sin que al hacerlo nos recuerde al famoso comediante mexicano, no sacaremos absolutamente nada en claro.

Así las cosas, resulta inevitable preguntarse: ¿hasta cuándo seguiremos los peruanos sometidos a los vaivenes de un gobierno incapaz, inútil, inepto, que lejos de tener la más mínima intención de enmendar, si cabe, las bellaquerías cometidas hasta el momento, lo que hace, más bien, es hacer exactamente lo contrario? ¿Podemos, acaso, “darnos el lujo” de mantener en la presidencia a un sujeto a todas luces incapaz de conducir los destinos de todos los peruanos durante los próximos cinco años, aun cuando demostrado está que no solo existen demasiados elementos de juicio para pensar que estaría involucrado en la comisión de diversos delitos, sino que además no tendría la más mínima intención de corregir las cosas que hasta el momento viene haciendo?

Las respuestas las tienen cada uno de los peruanos. Como sea, queda claro que a quien le toca jugar un papel importantísimo en este difícil momento es al Congreso, pues en sus manos está el que, sin violentar el ordenamiento jurídico, se dé fin a la serie de acciones que, por culpa de un sujeto que, hay que decirlo, llegó a la presidencia sin saber leer ni escribir, vienen llevando al país al abismo. Lo que no implica, por supuesto, que sostengamos que antes de la llegada de Castillo al poder las cosas estuvieran bien en el Perú: por supuesto no. Las injusticias, las desigualdades, las diferencias entre peruanos eran el pan de cada día, y eso lo saben todos. Pero, con todo y con eso, nada justifica el que ahora, por culpa de una sarta de resentidos sociales, de individuos que han demostrado, y con creses, que no se hallan a la altura de las circunstancias, los peruanos estemos en serio y fundado riesgo de irnos al mismísimo carajo.

Lo que más sorprende de todo esto es que las figuras más notorias de la izquierda peruana (que las hay), esa misma izquierda que dice apoyar sin condiciones al gobierno de Pedro Castillo, no diga absolutamente nada, a pesar de lo innegable de los cuestionamientos que hoy se ciernen sobre el gobierno de Perú Libre. ¿Es el apetito de compartir el poder lo que finalmente los viene obligando a guardar este asqueroso silencio cómplice? ¿No son conscientes acaso de que el camino que sigue el presidente solo puede llevarnos al caos, a la anarquía, al abismo?

Nunca como ahora los peruanos hemos estado obligados a tomar una posición firme en torno a los que viene pasando con el país. Nunca como ahora los peruanos hemos tenido en nuestras manos la herramienta más poderosa que existe para hacer que las cosas tomen otro rumbo: la palabra. Hagamos que nuestra palabra se oiga hasta en los últimos rincones del país. Pero no solo eso: hagamos que nuestra palabra sea escuchada por parte de todos aquellos que hoy insisten en hacer oídos sordos a los reclamos de la población. Las cosas no se están haciendo bien, y esto lo puede advertir cualquiera con dos dedos de frente.

Que hemos llegado al punto en que, si no tenemos el coraje de tomar cartas en el asunto, acabaremos haciendo lo que siempre hacemos: dejando en las manos de los menos indicados las decisiones que afectan a todos los peruanos. Las decisiones que podrían afectar, incluso, a aquellos que aún no están aquí, a aquellos que, cojudamente, nos llenamos la boca diciendo que serán el futuro del país.  

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