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Huánuco
10 agosto, 2020
Opinión

EL OTRO YO DE MARIO A. MALPARTIDA

Por: Mario Malpartida

Marco Antonio Madueño, reputado
profesor de la especialidad, apreciado
por su intachable conducta y admirado por
su obra literaria (…) a pesar de su acomodado
presente, no había podido borrar de su
rostro las huellas de la tristeza

M. A. M. (Pág. 44)

Tres son los textos que conforman el libro de cuentos El hombre que inventaba recuerdos (Huánuco, Amarilis Indiana Editores, 2016, 88 Págs.) de la autoría de Mario A. Malpartida Besada. Son, pues, tres historias diferentes, ambientadas en escenarios distintos pero con puntos comunes y el mismo personaje: Marco Antonio Madueño. Y son ellos: Hotel Riviera, Clase de literatura y El hombre que inventaba recuerdos, sobrios relatos estructurados y escritos con mucho oficio y sutil manejo del lenguaje, aspectos bastante descuidados en recientes publicaciones del medio, incluso en algunos casos proclives en cierto modo al facilismo, con más ilustraciones que textos (literatura escolar) y no exentas de dudas en algunos aspectos.
El primero de ellos, Hotel Riviera, es una suerte de crónica de viaje narrada en primera persona y abundosa en enigmas, sutilezas y datos escondidos. En ella, una pareja de viajeros extranjeros (en uso de vacaciones), se hospeda en el vigésimo piso de un lujoso hotel internacional (habitación 2001) cuya camarera es una misteriosa artista manual (Odette) que hace primores en el decorado de los ambientes, pero sobre todo en del tálamo de los huéspedes, en base a la disposición de las sábanas, fundas, colchas, almohadones y demás prendas de la alcoba y la recámara. A partir de esta puerta de entrada, la tensión y expectativa del relato (por parte del lector, obviamente) gira en torno de tres enigmas (y quizá hasta más) que se entrelazan en una simbiosis precisa como venas en el cuerpo. ¿En qué país y ciudad está ambientado el relato? ¿Quién es en realidad la misteriosa “manos de ángel” Odette? ¿Quiénes son la pareja de viajeros? Al respecto, a medida que se avanza en la lectura, los enigmas se van desbrozando no en forma nominal y directa, sino solo por señales y referentes que debe deducir e intuir el lector para gozar a plenitud de la lectura.
En tal sentido, la primera incógnita se va develando de a pocas a través de las referencias a la música, comidas, bebidas, personajes y sobre todo la literatura del la ciudad y el país visitado. Qué sino alusión al Compay Segundo y la música de aires tropicales llamada rumba, mambo, guaracha y guaguancó; en el arte culinaria, la referencia al ajiaco criollo, los frijoles negros dormidos, el arroz congrí o el mojo de cebollas; y entre los tragos típicos del lugar, el ron y el daiquiri (equivalentes al pisco y aguardiente peruanos), referentes precisos que van desbrozando el camino. Así hasta la trascripción del párrafo inicial de la novela capital del más notable narrador cubano de todos los tiempos y ambientada en el habanero Tropicana bar de la Cuba fidelista: Los tres tristes tigres de Guillermo Cabrera Infante. “Y así de pronto (Maryrose y Marco Antonio Madueño) se sintieron instalados dentro de las páginas de una novela: “¡Showtime! Señoras y señores. Ladies and gentlemen. Muy buenas noches, damas y caballeros, tengan todos ustedes. Good-evening, ladies & gentlemen. El cabaret más famoso del mundo… the most fabulous night-club of the world”. Y anunciaron en coro el programa de la noche: ¡Tambores en concierto”. (19).
En lo que a la enigmática y huidiza Odette respecta, el desenlace es ciertamente sorpresivo, inesperado. Después de una frustrada seguidilla de pesquisas por descubrir su identidad a través del operativo “descubramos a Odette”, recién en los tramos finales se concluye en la existencia de hasta tres posibles Odettes: la auténtica, la que un tiempo atrás se suicidara lanzándose al vacío justo por el ventanal de la habitación 2001 del hotel; las supuestas Odettes que en cualquier momento suplantan a aquella y visitan furtivamente a los huéspedes del piso 20; y el espíritu de la suicida que de cuando en vez visita la habitación de la que un tiempo fuera mucama y camarera: “Caramba, ¿no te habrás cruzado con el alma de la verdadera Odette?”, bromeó la mujer”. (35).
Quién es al final de cuentas Marco Antonio Madueño, es también parte de la trama argumental de las narraciones Clase de literatura y El hombre que inventaba recuerdos, verdaderos tributos a la evocación, el recuerdo y la nostalgia, temas recurrentes y reiterativos del autor y que nos remiten a dos cuentos de atmósfera similar titulados Escondiendo su nombre y El mensaje de Ivonne. En tal sentido, en Clase de lieratura, ambientado en un salón de clases, se da cuenta de las atribulaciones del profesor y escritor M. A. M., acicateado por la inesperada pregunta de un joven estudiante. “Profe, profe, ¿usted también sería capaz de inventar felicidades?”. Abundoso en regodeos y descripciones a través de un discurso narrativo moroso y reiterativo, Clase de literatura podría sintetizarse en la frase que es parte del soliloquio del personaje. “Sueños sobre el futuro del muchacho de ayer, pero recuerdos confusos sobre el pasado del hombre de hoy” (45). Este pasaje encabalga en forma precisa con el cuento que da título al libro, El hombre que inventaba recuerdos. Y no solo eso, sino que absuelve con creces la interrogante planteada en clase por el estudiante Valenzuela.
Y finalmente, para los que algo conocemos de la trayectoria vital pero el íntegro de la producción literaria del autor, que duda cabe que Marco Antonio Madueño es el otro yo (alter ego) de Mario Ambrosio Malpartida, o viceversa. Al respecto, El hombre que inventaba recuerdos es, en síntesis, una sutil combinación artística de realidad y fantasía, ubicada en tiempos de la escolaridad y en un territorio que un tiempo fuera suyo (Surquillo: “un distrito con nombre diminutivo”) transformado por la modernidad, salvo la presencia salvadora del amigo y compadre espiritual Willy Cornejo, cómplice de una nostálgica mirada hacia el ayer y de un recuerdo fantasmal: “Todo fue en vano. No encontró por ningún lado el edén que guardaba en su memoria”.
Ayancocha, setiembre 15 del 2016.

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