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4 octubre, 2022

El país que habremos de legar

El país que habremos de legar

Jorge Farid Gabino González

Escritor, articulista, profesor de Lengua y Literatura

Pues sí. Todo hace indicar que, como veníamos sospechando desde hace ya un buen tiempo, el segundo hombre más poderoso del Ejecutivo; aquel que en principio parecía ser uno de los pocos integrantes de este desastroso gobierno cuya formación y trayectoria académicas se constituían en una suerte de garantía de que la gestión de Castillo podría, por fin, comenzar a hacer las cosas bien; ese mismo personaje que en un primer momento daba la impresión de poseer la serenidad y cordura suficientes como para no permitir que las atolondradas iniciativas del presidente acabasen desbarrancando al país por el despeñadero por el que ya antes habían caído naciones vecinas como Venezuela; ese sujeto bravucón y camorrista está, ¿hace falta decirlo?, rematadamente loco.

Que no se puede entender de otra manera el que, siendo, como es, el funcionario que por mandato constitucional es el portavoz autorizado del Gobierno, y quien, en consecuencia, posee el deber inalienable de dirigirse a la población con responsabilidad, con sensatez, con mesura, insista, no obstante, en emitir declaraciones a todas luces temerarias para alguien de su investidura, afirmaciones que lo único que consiguen, naturalmente, es soliviantar aún más a cierto sector de la población, ponerla en claro y flagrante estado de enardecimiento, y, lo que es todavía más grave, en un contexto en el que, si nos descuidamos tan siquiera un poco, la sangre podría llegar al río en cualquier momento.

Otra cosa que sorprende, y muchísimo, es el preocupante y escandaloso silencio de la totalidad de miembros del Gabinete, respecto de los delirantes pedidos de insurrección a los que, con la anuencia del presidente, invita a la población el controvertido titular de la Presidencia del Consejo de Ministros. Altos funcionarios estos que, con su desvergonzado mutismo, no hacen más que dar a entender que en fondo son de la misma idea que el susodicho. Cuestión demás está decir que peligrosa, más aún si tenemos en cuenta que si por alguna razón llegásemos a ese inimaginable escenario de guerra civil, en el que los peruanos acabasen siendo víctimas y verdugos de los propios peruanos, los grandes y únicos culpables, moral, penal y constitucionalmente, serían toda esta sarta de timoratos y condescendientes a los que ahora parece temblarles la voz para oponerse a semejante despropósito.

Y no es, por supuesto, que aquí se esté exagerando lo que a fin de cuentas no sería más que una mera bravuconada de alguien emborrachado por el poder y la ilusión de sentirse el elegido. No. Es algo mucho más grave que eso. Es, ni más ni menos, que la antesala de lo que, si las instituciones encargadas de ponerle un pronto alto a todo esto no hacen nada para evitarlo, acabará convirtiéndose en un verdadero pandemonio, en una total y absoluta sublevación. Estado de cosas en el que, desde luego, los más perjudicados serán aquellos a los que, cínicamente, dice defender, representar, ese rosario de granujas que ahora nos gobiernan.

Como sea, lo indudable es que las condiciones ya están dadas. Y lo están para que, de llegar el momento, y todo hace indicar que llegará, el gobierno pueda echar mano de los servicios del “ejército del pueblo”, como muy a su estilo les ha dado por llamar a las delegaciones de ronderos que todos los días van llegando a la capital, financiados nadie sabe por quién, a fin de poder utilizarlo para sus oscuros intereses, esto es, para detener, o cuando menos entorpecer, el esforzado trabajo de la Fiscalía y, con ello, asegurarse de no llegar a caer tras las rejas. Los primeros pasos ya los han dado, manteniendo reuniones al más alto nivel con quienes dicen representar a estos grupos de personas. 

Solo es cuestión de tiempo, por tanto, para que comencemos a ver las primeras apariciones “oficiales” de estos personajes. Y en la medida en que la situación legal y política de Castillo se continúe agravando cada vez más con el correr de los días, no será una sorpresa para nadie el que terminemos presenciando eso que hoy tanto tememos: el derramamiento de sangre entre peruanos.

Confiamos en que quienes en este decisivo momento de nuestra historia tienen la posibilidad de terminar de una vez por todas con esta absurda crisis, esto es, por un lado, el Congreso de la República y, por otro, la Fiscalía de la Nación, asuman la responsabilidad que les cupo en suerte, y lo hagan con la valentía y el rigor que circunstancias como estas exigen a todos los peruanos. 

Lo que verdaderamente se encuentra en juego no son las ya conocidas cuotas de poder de toda la vida, esas que elección tras elección terminan siendo subastadas al mejor postor, sino lo que para todos los peruanos debería ser lo que finalmente importe: el país que habremos de llegar a las futuras generaciones. 

Ese país que por una cuestión de pura lógica deberíamos entregar a los que vendrán después de nosotros muchísimo mejor de lo que lo recibimos. No es tan difícil. Los que nos precedieron han sabido darnos muestras de sobra de que todo es posible.     

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