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Huánuco
14 agosto, 2020
Actualidad Opinión

EL PRIMER AVIONCITO

Andrés Jara Maylle

Mi padre contaba que una mañana tranquila, a mediados o fines de la década del treinta del siglo pasado, sobrevoló sobre el cielo huanuqueño el primer avioncito ante la perplejidad y el espanto de la gente que vivía hasta ese entonces en el silencio y la paz pueblerinas.

Dicen que se trataba de un monomotor biplano (“Tenía dos alas, uno sobre otro, hijo”) que hacía un ruido ensordecedor y estruendoso provocando un pánico indecible a los pobladores de Rondos, La Florida o Nauyán y quizás también, al frente, en las alturas de Llicua y Malconga.

Dicen que primero escucharon un ruido lejano pero que paulatinamente se acercaba hacia ellos a una velocidad nunca antes vista. A esa hora, los pacíficos rondosinos se encontraban, como de costumbre, en sus muchas faenas agrícolas. “Debió ser en mayo o junio, hijo; porque ya habían choclos en todas las chacras”, me decía cuando rememoraba aquel episodio  único en su vida.

Ellos, es decir los rondosinos, llicuinos, malconguinos, shogoshinos o nauyaninos, no tenían la menor idea de lo que veían sus ojos y escuchaban sus orejas. Nunca habían oído la palabra avión y el temor que les provocó semejante aparato que prácticamente pasó por sobre sus cabezas hizo que pensaran de que se trataba, indudablemente, del fin del mundo.

Ellos que solo estaban acostumbrados al canto de gorriones, al trino de las oropéndolas, al chillido de los gavilanes, o a lo sumo al mugido de las vacas, el rebuzno de los asnos o el relincho de los caballos debieron haber sentido que la tierra se partía, que el mundo se venía abajo.

Efectivamente, desde las faldas del Rondos miraron y vieron que un enorme aparato plateado, infinitamente más grande que cualquier animal volador que hasta ese día habían visto sus espantados ojos, sobrevolaba por los aires como si nada, sin batir sus alas como lo hacen los pájaros de estos cielos.

¿Qué podría ser esa cosa sino algo que el mismísimo demonio había enviado hacia ellos, tal vez por algún pecado cometido?

Al principio el terror que les causaba esa cosa voladora los paralizó, pero luego cada quien empezó a correr para esconderse en cualquier rincón que ofrecía algo de seguridad. La mayoría corrió hacia la pequeña quebrada donde había un bosque de alisos. Otros se metieron en el horno de panes que menos mal estaba frío. Las mujeres, abrazadas a sus hijos menores y turbadas por esa presencia diabólica, se arrodillaron implorando a Dios que los proteja de esa presencia maligna.

Todo ese suceso duró apenas unos minutos. “El avioncito, hijo, apareció por las alturas de Marabamba, pasó por encima de nuestro Rondos, bajito, sobre nuestras cabezas y se fue roncando de frente por Pachabamba. De ahí dio una vuelta, ya más alto y desapareció tal como había llegado”.

Mientras eso sucedía con los hombres, con los animales era peor. Las gallinas no sabían para dónde ir, aleteaban de aquí para allá, sin ningún sentido. Ellas siempre estaban atentas y vigilaban el cielo moviendo sus cabezas para no ser sorprendidas por el gavilán o la quillicsa, no estaban preparadas para esta ave embrujada que veían en el cielo. Peor les fue a los caballos, los burros, los bueyes o a las ovejas. En su huida desbocada ora hacia arriba, ora hacia abajo, saltaban cercas y muchos se desbarrancaron en las quebradas o rodaron a los precipicios donde los esperaba la muerte.

Cuando por fin volvió el silencio los comuneros se reunieron en la iglesia para orar y cantar salmos pidiendo la protección divina. También para conversar y preguntarse qué es lo que había pasado por su cielo límpido; qué sería esa máquina, ave o demonio que haciendo un ruido ensordecedor había surcado este espacio como nunca antes habían visto.

“Un comunero que no era de Rondos, y que había llegado allí como yerno, dijo que eso era un aeroplano. Que en Lima él había escuchado también ese sonido y que allá en la capital ya hay muchos de esos aparatos y que con eso viajaba la gente. Así dijo ese hombre a todos los que seguían asustados, hijo”, decía mi padre.

        Al día siguiente un grupo de rondosinos bajaron a Huánuco para buscar noticias. Dice que la gente, aquí en la ciudad, estaba alegre porque pronto en los predios de Huachog, abrirían una pampa que se llamaría aeropuerto. “Después de eso, hijo, todos dice viajaríamos en avión. Por eso la gente estaba alegre”.

        Si mi padre hubiese estado vivo, habría comprobado que no todos pueden viajar en avión, porque nuestro aeropuerto sigue siendo precario y porque las empresas aéreas de estos tiempos nos cobran como si estuviéramos viajando al otro lado del mundo.

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