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26 noviembre, 2020
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El “Quijote” peruano

Escrito por: Jorge Farid Gabino González

Escritor, articulista, profesor de Lengua y Literatura

El Perú, que no se caracteriza, como es sabido, por ser un país en el que su llamada clase política, su gente en general, tenga al gusto por la lectura (y, de manera particular, a la inclinación por la literatura) como algo por lo que se la reconozca, tiene, sin embargo, entre algunos de sus más “conspicuos” representantes a sujetos que por muy ignorantes que puedan ser, y que de hecho son, respecto de quiénes fueron, por ejemplo, Celestina, Harpagón, Jay Gatsby,  Delgadina,  Vito Corleone,  Aureliano Buendía, Emma Bovary, Gregor Samsa, Kilpatrick o Winston Smith, los encarnan, no obstante, con tal grado de fidelidad y realismo, que cualquiera podría decir que hasta les sirvieron de modelos, de referentes de carne y huesos.

Así, estamos tan acostumbrados a ver a diario en los noticiarios de todo el país a cada Kilpatrick, esto es, a cada traidor (o traidora, por aquello de la igualdad de género), que resulta inevitable preguntarnos si la literatura se basa en la realidad o si la realidad, como parece ocurrir con cada vez mayor regularidad, se sustenta más bien en la literatura.

Argumentos para afirmar esto último, naturalmente, los tenemos por montones. Basta asomarse a la prensa para constar, por decir algo, que estamos llenos de Celestinas; mujercitas de baja estofa, oscuras y siniestras como solo ellas saben serlo, a las que les va de las mil maravillas el llevar y traer chismes (que en la jerga de cierto sector de nuestra prensa viene a ser el equivalente de lo que antaño se llamaba noticias), el poner en la “agenda” del país cada estupidez, cada imbecilidad, cada tontería, que para qué recordarlo.

Están, también, los Corleones, individuos que no solo sustentan sus grandes y ostentosas fortunas en la diligencia con que habrían sabido conducir sus “negocios” nada santos, sino que además no tienen ningún empacho en llevarse por delante (a veces, incluso, “literalmente”) a cuantos les dé por cuestionar su modus operandi. Y no hablamos, desde luego, únicamente de aquellos que actúan al abrigo de algún oportuno y diligente testaferro, que por lo general no suelen meterse con nadie. Pues están también los que se “animan” a salir a la palestra, esto es, a “meterse en política”; convencidos, seguramente, de que, al rodearse de tanta mierda, nadie será capaz de “percibir” el mal “olor” de sus negocios.

De la misma manera, abundan, igualmente, las infelices emuladoras de Delgadina; suerte de “chiquiviejas” a las que parece hacerles gracia saltar de canal de televisión en canal de televisión, exponiendo a los cuatro vientos, como hacía antaño cierta célebre excongresista que llegó al legislativo gracias que se pintó el número trece en el culo, cuántos idiotas, léase futbolistas, se las llevaron a la cama el último fin de semana, “a cambio” de un viajecito al extranjero, un bolso o unos zapatos de marca. Que con tal de “sangrar” a su gusto al imbécil de turno, da lo mismo si las dejan cojas.       

Todos estos individuos, y muchos más, eran, hasta hace unos días, nuestros principales referentes peruanos de los mencionados personajes clásicos de la literatura universal. Lo que no podríamos habernos imaginado, ni ahora ni en un millón de años, es que en el Perú tuviéramos también a alguien capaz de encarnar, en toda su dimensión, en toda su amplitud, en toda su envergadura, al gran Quijote de la Mancha, personaje inconmensurable de las letras castellanas, cuyo paso por la vida de quienes hayan tenido la oportunidad de verlo andar sobre su inolvidable caballo en busca de aventuras por los difíciles y movedizos caminos de la locura, ha de haberles dejado cualquier sensación menos, por supuesto, la de la indiferencia.

Pues sí. El Perú también tiene su Quijote. ¡Y hasta ahora lo sabemos! Dicha revelación, es bueno reconocerlo, se la debemos a una conocida universidad privada, de cuyo nombre, como se podrá comprender, no nos queremos acordar. Y como suele ocurrir siempre en nuestro país, que lejos de tratar bien a sus hijos ilustres, los aporrea como a entenados, nuestro Quijote no se encuentra dirigiendo un ministerio, ni está, mucho menos, como agregado cultural en alguna ínsula Barataria. Nuestro Quijote está nada más y nada menos que en la cárcel. Y lo está, según la misma autorizada fuente, de manera injusta. Acusado de haber matado o hecho matar a millares de peruanos, cuando lo único que en realidad quiso hacer este pobre hombre, que “enloqueció” de tanto leer libros sobre reivindicaciones sociales, fue robar a los ricos para darles a los pobres.

Así que, de ahora en adelante, nadie se debería sorprender si, el día menos pensado, se entera de que en las escuelas y colegios del país ha comenzado a circular la foto de este nuevo Quijote nuestro, pero montado no ya sobre su clásico caballo, sino más bien sobre un burro. Menos aún debería sorprender a nadie el que el burro en cuestión se parezca peligrosamente a cierto ministro de Educación.