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Huánuco
30 septiembre, 2020
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Opinión

El rol de la memoria en “Sombras de la Guerra”

Escrito por Ronald Mondragón Linares

“Sombras de la guerra” (Edit. Ámbar, 2020), la última entrega de Mario Malpartida Besada, es una nueva aportación de uno de los más relevantes narradores de la literatura huanuqueña del último medio siglo.

Se trata de un conjunto de tres cuentos enhebrados por un trasfondo referencial común, que es el periodo del conflicto armado iniciado en el Perú en los años 80. Se trata de un trasfondo histórico en extremo significativo, puesto que la intención del autor es mostrar las secuelas y los traumas físicos y psicológicos- de ahí el título del libro-que deja siempre la terrible conmoción de una guerra sobre la condición humana. En los tres casos, el elemento de la memoria actúa como eje vertebrador de las historias contadas, ya sea de manera implícita o explícita.

El primer cuento, “Flores del campo”, narra la desesperada huida de una joven campesina, Margarita, violentada sexualmente por los hombres de ambos bandos del conflicto.

Es interesante aquí el tratamiento del tiempo del que hace gala nuestro autor. El tiempo cronológico en el que se desarrolla la acción principal-la huida de la muchacha por las laderas de los cerros, las peñas y las quebradas- que demanda  minutos o unas pocas horas, se transforma en tiempo psicológico de mayor alcance, tanto en extensión como en profundidad, a través de la técnica de los “saltos temporales”. El tono de amargura se va convirtiendo en un tono reflexivo al rememorar los terribles episodios que le tocó sufrir a la protagonista, tono que finalmente se trueca en desesperación suicida al volver otra vez al presente y tener ante sí el vértigo del precipicio. Hábilmente, el autor inserta elementos mágicos-sobrenaturales (lamentos, “calorcillo” desde el cielo) para darnos a conocer el estado de embarazo de Margarita, quedando entonces el cuento ante un desenlace abierto.

Es probable que la dificultad que haya encontrado el autor en este cuento haya sido impedir que los juicios de valor ideo-políticos que emite la voz de la narradora-protagonista desborden los límites de la propia historia y la marquen con un sesgo exterior a ella.

“Frente interno” es el segundo cuento del libro. Casi en su totalidad, la trama argumental se desarrolla en un escenario más cerrado, lo que puede ser el comedor de una casa. Una pareja de esposos en conflicto, por un hecho aparentemente fatuo: la caída y rompimiento de un jarrón con flores.

Desde el punto de vista del estilo, basado en la construcción retórica y en los recursos literarios, quizás es el cuento formalmente más acabado del conjunto. Y esto, a mi juicio, obedece a una sola razón: su carácter predominantemente connotativo.

Porque la narración focaliza sus recursos no tanto en el devenir ni en el engranaje de los acontecimientos, sino en el tratamiento de símbolos. Desde el inicio, el lento deslizamiento y la posterior caída del recipiente de vidrio con flores, nos advierte ya de la presencia de una poderosa metáfora (este “simple” hecho de cómo se cae y se destruye el jarrón y las flores ocupan poco menos de la mitad de la extensión total del cuento). Pero no es solo la vasija de vidrio un objeto preciado por Hortensia, la esposa en conflicto con el protagonista. También aparece en escena otro objeto, que actúa también a manera de enigma: una daga antigua en la vitrina.

Asimismo, el autor nos presenta otro elemento enigmático de la historia, que ya no es un objeto: el misterioso jardinero y su misteriosa relación con Hortensia, a quien regala flores, más precisamente rosas, las cuales deben ser rojas y, más aún, incandescentes. Como vemos, la narración gira en torno a elementos simbólicos que es menester ser descifrados por los lectores.

Todos los elementos nos remiten subliminalmente- otra vez la memoria- al cuadro de la guerra: el proceso de destrucción social, representado por el florero y su caída y rompimiento; la daga representativa del asesinato y la muerte; el color rojo encendido es el color de la sangre o la bandera comunista; la hoz que esgrime el jardinero es el símbolo que dibujaban las huestes de Sendero en las comunidades y ciudades. Paradójicamente, los personajes procesan a través de la violencia doméstica e incluso a través del mecanismo del olvido (como en el caso de la esposa) los traumas que les dejó el conflicto armado.

El cuento más extenso del libro, “El niño y su madre”, nos deja la impresión de ser  también el más completo. Si bien “Frente interno” llega a un excelente logro estilístico en el manejo de las palabras y el ritmo, el último cuento del conjunto hace un despliegue más prolijo de recursos específicamente narrativos. Es notoria aquí la valía del novelista acostumbrado a manejar los tiempos de las historias de largo aliento, que exigen un dominio cuasi absoluto de las situaciones y los personajes.

La memoria individual y colectiva, vale decir histórica, sobre hechos que por más horrendos que sean, no deben perderse. He ahí una posible lectura, como corolario, de este libro de sólida factura de Mario Malpartida. Quien, acaso para atemperar y suavizar los afanes de venganza, suicidio o los traumas de una malhadada guerra, puso nombres de flores a todos sus personajes femeninos.