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17 mayo, 2022

En América Latina, ‘la gran renuncia’ debería llamarse ‘la gran supervivencia’

Por Estefanía Pozzo

Una línea zigzagueante de 3185 kilómetros funciona como la marca de fuego de la desigualdad. La frontera entre Estados Unidos y México es mucho más que una zona que divide a dos países, porque las coordenadas indican, además de la información geográfica, la evidencia de las contrastantes realidades sociales y económicas. Los datos del mercado de trabajo, por ejemplo, responden a esta disparidad: mientras que en Estados Unidos el desempleo está en su nivel más bajo en casi dos años, en América Latina recién se recuperaron 70% de los empleos destruidos durante la primera parte de la pandemia. Pero la brutalidad del contraste no radica únicamente en la velocidad de la recuperación, sino en algo clave: qué tiene para ofrecerle el sistema económico a los trabajadores al norte y al sur del continente.

Miremos los datos del año pasado. Durante gran parte del 2021, se produjo en Estados Unidos una situación singular en el mercado laboral. En medio de la reactivación de la economía postconfinamiento, una gran cantidad de trabajadores eligieron renunciar a su trabajo. Es tan masivo y llamativo el fenómeno que hasta tiene nombre: “la gran renuncia”. Los últimos datos publicados por el Departamento de Trabajo estadounidense muestran un récord histórico: alrededor de 4.5 millones de personas renunciaron a sus empleos en noviembre. Más al sur, en el mismo continente, la situación de las y los trabajadores latinoamericanos es casi antagónica, porque alrededor de 50% trabaja en la informalidad y, más que buscar nuevas oportunidades, la lucha es por la subsistencia.

Las desigualdades norte-sur en el continente americano son múltiples e históricas. Pero la pandemia de la COVID-19 solo ha agravado la situación. Un solo dato basta para graficarlo: en 2020, la caída de la economía estadounidense fue de 3.4%, mientras que el promedio regional de los países de América Latina fue el doble (llegó a 7% el primer año de la pandemia). Así que, si en Estados Unidos hablamos de “la gran renuncia”, en América Latina deberíamos hablar de “la gran supervivencia”.

Pongamos la lupa por ambos lados de la frontera. Las demandas de las y los trabajadores estadounidenses se centran principalmente en dos aspectos: mejores salarios y mejores condiciones laborales. Lo que le da sustento a ello es el fuerte rebote de la economía, que estimula la creación de puestos de trabajo y favorece la posición relativa de negociación de los trabajadores estadounidenses frente a sus empleadores. También empieza a ser protagonista la inflación, que en diciembre tocó su registro más alto en casi cuatro décadas, y eso explica también parte de los reclamos de mejoras salariales.

En la vereda del frente, unos pasos bastante más abajo, está la situación de América Latina, la región más desigual del planeta. Si bien la economía latinoamericana se reactivó en 2021 a un ritmo estimado por la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) en 6%, recién entre 2023 y 2024 los países del sur recuperarían el Producto Bruto Interno per cápita que tenían antes de la pandemia. Según un estudio de la Organización Internacional del Trabajo, el efecto nocivo de la pandemia en el mercado laboral de América Latina provocó que, en lugar de mantenerse activas, una importante cantidad de personas literalmente abandonaran sus empleos. ¿El motivo? Gran parte de los trabajadores latinos obtienen sus ingresos de actividades que dependen en gran medida de que exista la circulación de personas para que sus servicios sean demandados. Es esperable que la reactivación económica empiece a brindar más oportunidades laborales pero esa incorporación de trabajadores al mercado provocará, paradójicamente, un salto en el desempleo.

La otra cara de la moneda de la crítica situación de los trabajadores latinos fue el crecimiento exponencial de las riquezas de los multimillonarios de la región, que según Oxfam recuperaron sus pérdidas pandémicas en tiempo récord. Es decir: el esfuerzo de la recuperación económica de todo el continente fue principalmente a los bolsillos más gordos.

Hacia adentro de Estados Unidos también hay desigualdad. Cuando apenas habían pasado cinco meses de que la Organización Mundial de la Salud había declarado a la COVID-19 como una pandemia, el economista demócrata y exsecretario de Trabajo de Bill Clinton, Robert Reich, escribió una interesante columna respecto de cómo la pandemia había generado una nueva división de clase entre los trabajadores en el país. Reich dividió a los trabajadores estadounidenses en cuatro “clases”: los “remotos”, que podían acomodar su empleo sin problema; los “esenciales”, que conformaban la primera línea de la pandemia; los “impagos”, es decir, aquellos trabajadores que se habían quedado desempleados producto de las restricciones, y los “olvidados”, aquellos para quienes el distanciamiento social era imposible. Salvo los trabajadores remotos, el resto de las clases se nutría en forma desproporcionada de personas pobres, afroestadounidenses o latinas.

Los contrastes, entonces, se ubican a uno y otro lado de la frontera. Pero estos contrastes, a su vez, tienen algo en común: la desigualdad de oportunidades, algo que sabemos no se resuelve con la sola voluntad de los individuos. La historia deja como enseñanza que en los procesos de mejoras sociales y redistribución del ingreso, la lucha colectiva es mucho más eficiente que dejar la resolución de las inequidades en las manos invisibles del mercado. Unas manos que, de tan invisibles, podríamos decir que casi casi no existen.

 

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