24 C
Huánuco
30 octubre, 2020
Image default
Opinión

ENSEÑANZAS DE LA CREACIÓN POÉTICA

Escrito por: Ronald Mondragón Linares

El año pasado publiqué, en este mismo espacio, un artículo titulado “Instrucciones a escritores (que no daré)”, en el cual intento poner en evidencia la inutilidad de cierto género de recomendaciones que muchas veces se hace a escritores para el difícil y tortuoso arte de escribir. 

En primer lugar, el poeta, ensayista o novelista encuentra su propio camino en la dura práctica del arte, con tropiezos, obstáculos de variada índole, gruesos yerros, frustraciones. Lo peor es encontrarse, cara a cara, en algún recodo del camino, con el rostro inamistoso y a veces irónico del fracaso (rostro que, según William Faulkner, hay que mirar con el puño en alto). El escritor, pues, ha de fraguar su propia escritura en las ardientes llamas de la vida y de la genuina creación estética. 

De manera que vale la siguiente aclaración. Me parecen muy poco útiles o prácticamente inválidas, las recomendaciones academicistas o formales. Pretender que con un discurso de preceptiva literaria, salpicado de términos como polisíndeton, metáfora impura o retruécano, se soluciona el problema de composición de un poeta en ciernes, es algo tan vano como necio. No confundir esto con las profundas observaciones o experiencias vitales de consagrados escritores, cuya intención no es, en modo alguno, pontificar. La preclara observación que cité de Faulkner, líneas arriba, es una muestra de ello; de Carpentier aprendí, para toda la vida, que “los adjetivos son asperezas o accidentes del idioma” y que en razón de ello hay que aprender a dosificar su uso. 

Quiero dar a conocer algunas enseñanzas que la práctica viva de la escritura literaria y, en particular, las experiencias en el ejercicio mismo de la creación poética me han dejado y se quedan en nuestro espíritu como una huella indeleble:

– Dejar “dormido”, por un tiempo, al poema: Un buen poema queda fijado por el tiempo. La medida de valor de las obras literarias es esa dimensión esencial de lo existente llamada tiempo. Por eso los clásicos perviven. Esto quiere decir, en la aplicación concreta de la creación poética, realizar la corrección definitiva del texto luego de un periodo de tiempo de haberlo escrito. Nos encontraremos, entonces, ante algunas alternativas: modificarlo parcialmente, dejarlo tal como está (la idealización de la felicidad del poeta) o echarlo definitivamente al bote infame del olvido. 

– No buscar deliberadamente los temas: El escritor auténtico escribe con las entrañas, mucho más que con la cabeza. El tema no es, de ninguna manera, extraño al poeta. Nace de los más recónditos lugares del espíritu, de los más oscuros laberintos de su corazón. Aquí, en relación al tema, juega un papel muy importante esa región opaca pero poderosa y de oscuro fuego llameante llamada inconsciente. El tema no es exterior al escritor, no viene artificialmente desde fuera para ser procesado por el creador de la ficción narrativa o poética. En Sábato el tema de los ciegos es recurrente y no deliberado; en García Lorca las imágenes oníricas de la luna, el cuchillo y el caballo lo persiguen sin remedio; en Vallejo, el tema “compulsivo” es la doliente humanidad y la muerte. Muchas veces sucede que algunos temas avergüenzan al escritor, inconscientemente, y permanecen agazapados en su interior sin atreverse a salir. La labor dolorosa, en estos casos, de los escritores es ayudarlos a salir. 

– No dejar de leer poesía: El interés, el hábito, y la llama de la lectura de poesía deben permanecer vivos y latentes, especialmente la lectura de los clásicos. Cuando me refiero a los clásicos, no solo me refiero a autores antiguos o medievales. También a los autores de la modernidad poética, contemporáneos o vanguardistas. Se entiende que un escritor se convierte en clásico cuando perdura a lo largo del tiempo, incluso si escribió en la época contemporánea. Nuestro César Vallejo, por ejemplo, es un clásico de la literatura peruana y universal; lo mismo sucede con Pablo Neruda, Octavio Paz y Jorge Luis Borges, en Latinoamérica. Otros autores contemporáneos de “obligatoria” lectura, entre otros, pueden ser García Lorca, Hikmet, Kavafis, Quasimodo (de mediados del siglo pasado en adelante); Rilke, Tralk, Mayakovski, Tagore, Eluard(de comienzos de dicho siglo); los genios de la modernidad como el gran Walt Whitman y los llamados “poetas malditos”, especialmente Baudelaire. 

¿Por qué es importante leer a los clásicos de la poesía? Porque son fuente de saber y de enseñanza para los poetas. Se aprende, con ellos, cuestiones relativas a tópicos fundamentales de la poesía, como es el control del ritmo, por ejemplo. Las inflexiones, los matices de la voz del yo poético. El arte particularísimo de la adjetivación apropiada, regulada y precisa. El equilibrio entre el verso y la prosa poética, etc. Además, con los clásicos y los poetas más importantes aprenderemos también a escapar de los lugares comunes, de las expresiones, formas y temas trillados hasta el cansancio. Incluso, es necesario anotar este hecho curioso: hay algunos autores, más que otros, cuya lectura es preciso regular y dosificar para no “contagiarnos” de su estilo y por ende ceder ante su influjo(a mediados de los 50 del siglo XX, en el Perú, consciente o inconscientemente, en muchos noveles poetas se advertía de inmediato las formas y el estilo vallejianos). 

– Leer el poema en voz alta: La esencia de la naturaleza y el carácter de la poesía es su cadencia, su musicalidad; está hecho de acordes, modulaciones y acentos. En otras palabras, su oralidad. Por esta razón, lo que le otorga a la poesía su carácter de tal es el ritmo: un poema sin ritmo simplemente termina por destruirse a sí mismo. De manera que, el leer el poema en voz alta es una de las principales formas de corrección y afianzamiento de los textos poéticos. Pues a través de esta estrategia, y teniendo alerta el oído-sin perjuicio de la emoción y el sentimiento-, los desaciertos y las faltas de cadencia se harán notorias en los sonidos articulados; mientras que, por el contrario, las bondades rítmicas se mostrarán en todo su esplendor, como acompasadas melodías de piezas musicales, en oleadas de luz y color, para la dicha y la gloria de la palabra.