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Huánuco
26 octubre, 2020
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Opinión

Entre premoniciones y verdades

Escrito por: Jorge Cabanillas

Por un céntrico jirón de nuestra ciudad y sin mascarilla alguna, un pintoresco personaje, de quien muchos afirman tiene el don de la clarividencia, gritaba contoneándose de un lado a otro que todo estaba jodido, que la esperanza se había mudado a otra ciudad, que no había felicidad posible en este valle, pues esta ya había sido asesinada y que nuestro destino era el olvido.

A estas alturas, creo que tiene razones de sobra para pregonar algo así, es más, me parece que se queda corto con todo lo que dice porque parece que a Huánuco lo maldijo algún diablo alcohólico, como dice Sabina, luego de llegar a casa en estado comatoso y de discutir durante horas con su mujer. Basta con recordar los tiempos nefastos en los que nos gobernaba Koko Giles y Huánuco era un caos por todos lados, basta con caminar por ciertos jirones principales para darse cuenta de que a nuestras autoridades de antaño poco o nada les importó esta ciudad, basta con ver sus mercados, incluso ese que no sé porqué le llaman nuevo, para tener la certeza de que aquí nunca se asomó la modernidad.

Mi abuelo, un hombre sabio, a sus 90 años me decía que ningún momento es bueno para resignarse, pues siempre lo peor está por llegar y así este año, en el contexto de una pandemia, fuimos una de las primeras regiones del país en reportar casos de la COVID-19, y, una de las últimas en ser atendidas. En estas circunstancias, saltó a relucir la mediocridad para gestionar y viabilizar el soporte sanitario que correspondía y la “astucia” para esconder atunes, para generar órdenes de servicio en beneficio de los familiares del gobernador, para robar a diestra y siniestra, para salirse con la suya como los canallas que son. ¡Vamos, hombre, estamos en emergencia y es tiempo de aprovechar! ¡Es tiempo para robar! Todo esto sin que les importe la carencia de oxígeno en los hospitales y sin que les conmuevan los x muertos —puede usted reemplazar el valor de x por el nombre de sus muertos durante esta pandemia.

Sin embargo, no busquemos responsables tan lejos de nuestras casas, pues los culpables de tener a esos energúmenos como gobernantes somos nosotros, nosotros que no aprendemos, nosotros que hemos perdido la capacidad de indignarnos, nosotros que no tenemos ni un ápice de identidad cultural, nosotros que nos hemos resignado a la imagen de un político ladrón, nosotros que hemos aprendido a soportar este viento con olor putrefacto que inunda nuestra atmósfera citadina, nosotros que tratamos de sacarle siempre la vuelta a la ley, nosotros que cada cuatro años confundimos los locales de votación con baños públicos.

Quizá el tipo aquel no esté tan loco, como susurraron los transeúntes que pasaban por ahí: las calles aledañas al mercado son una muestra de la informalidad insuperable; don Félix sigue en el jirón Abtao con su vieja arpa esperando unos céntimos de los transeúntes; los perros abandonados de la plaza de Armas continúan esperando que se cumplan las promesas hechas en campaña mientras las autoridades andan distraídas en otros asuntos y los seudoanimalistas siguen tomando fotos sin mayor criterio que el morbo para tener uno que otro seguidor más en su fanpage; las calles siguen destruidas y las obras, como el hospital, avanzan a paso de tortuga.

No obstante, algo dentro de mí aún se niega a creer que ese adivino tenga razón. Me resisto a creer que esta sea la imagen de mi ciudad. Creo que aún la esperanza no se ha ido del todo y merodea por ahí en busca de oxígeno, creo que en algún lugar hay alguien capaz y dispuesto a jugársela por esta ciudad, creo que este valle de paisaje maravilloso, del que escribió Amarilis en su epístola, aún puede sobrevivir al tiempo y alcanzar en el podio el sitio de honor que se merece en la historia. Quiero creer, aunque no parezca, que saldremos de esta pasividad pronto, de esta mala costumbre de protestar en redes sociales.

Ojalá, pues, esta ciudad de los vientos tenga una nueva oportunidad sobre la faz de la tierra.