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Huánuco
24 septiembre, 2020
Actualidad Opinión

HASTA SU HUANCAYO

Andrés Jara Maylle

En estos tiempos, la xenofobia (el odio a lo extraño o a lo extranjero) es una tara que solo se explica por el grado de estupidez del que lo practica.

Por eso, causa estupefacción escuchar la perorata xenófoba del actual alcalde de la municipalidad provincial de Huancayo, Henry López, jactándose de ser el artífice de una pronta ordenanza para liberar (léase expulsar) a su ciudad de venezolanos, a quienes quiere hacer aparecer como una plaga causante de todos los males que aquejan a la ciudad supuestamente “incontrastable”.  “Huancayo, ciudad libre de venezolanos” es su lema. Y es una lástima que tan inaudito engendro legal tenga eco en otros ciudadanos presuntamente ilustrados.

Quiero creer que semejante postura lo enarbola únicamente el alcalde y algunos “políticos” despistados, embusteros, demagogos y populistas que creen que así ganarán adeptos que los catapulte como candidatos para el 2021. Me niego a pensar que tantos huancaínos que han salido de su valle y que triunfan  merecidamente en muchos lugares del país y del extranjero defiendan una posición descabellada por donde se lo mire.

Huancayo siempre me ha parecido un pueblo ejemplar y su gente emprendedora es hasta ahora un buen referente para muchos. Allá tengo extraordinarios amigos, buenos escritores, intelectuales de fuste y cada vez que he estado en ese ancho valle bajo la vigilancia del gran Huaytapallana, nunca me he sentido un extraño.

Por eso, la ordenanza de marras me parece un chiste de mal gusto, basado sobre todo en la evidente mediocridad de su alcalde, o tal vez en su desaforada ambición por acaparar titulares a nivel nacional, cosa que lo ha logrado. Y con creces.

Culpar a los venezolanos de promover la informalidad o generar violencia es solo un pretexto para justificar su odio a los extraños. Huancayo, hasta donde sé, siempre ha tenido ambulantes en toda la Calle Real, por ejemplo. Hasta hoy son famosas (mis padres hablaban de ellas como un mito) las grandes ferias dominicales del siglo pasado. Los huancaínos son los fenicios del Perú. Saben vender de todo, saben hacer negocios de la nada. Y los lugares en donde se comercia de todo siempre será un imán que atrae gente de los cuatro puntos cardinales. Ese mérito hay que reconocerles.

No se sabe exactamente desde cuándo, tal vez sea ya un siglo, pero muchos huanuqueños envidiosos de la prosperidad de Huancayo y los huancaínos, acuñaron una frase despectiva. “Está hasta su Huancayo”, decían cuando algo estaba mal hecho o destinado al fracaso. Pero era solo una maledicencia sin justificación.

Por lo demás, se equivoca el alcalde si cree que expulsando de su valle hasta el último venezolano se liberará de los informales. Este, ya lo sabemos, es un problema muy complejo y antiguo cuya solución requiere de la participación de todos los estamentos institucionales, tanto públicos como privados.

Igualmente se irá de bruces si piensa que Huancayo sin venezolanos será un pueblo pacífico, menos violento y con mayor seguridad ciudadana. Eso es tan mentiroso como nefando, y también vergonzoso viniendo del alcalde, la autoridad que personifica a la ciudad entera.

No debemos olvidar que un venezolano no es un delincuente per se. Como los peruanos, chilenos o bolivianos; o como los huancavelicanos, cerreños o huanuqueños, hay buenos y malos, laboriosos o perezosos, emprendedores o conformistas. De esos barros está hecho el hombre: de lo bueno y de lo malo

Quizás al alcalde huancaíno le falte unas cuantas clasecitas de historia para saber que el pueblo huanca siempre fue un pueblo generoso con los forasteros. Que en sus fértiles territorios los extraños siempre han tenido la bienvenida.

Quizás el confundido alcalde huancaíno no sabe (y si sabe, se hace al tuerto) que fue tanta la generosidad de los huancas que fueron ellos quienes recibieron con los brazos abiertos al puñado de españoles que al mando de Francisco Pizarro llegaron a sus tierras. Sí, ellos se unieron a los españoles, los consideraron como grandes amigos, les alimentaron y hasta guerrearon a su lado para derrotar a su enemigo común: los incas.