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Huánuco
22 septiembre, 2020
Actualidad Opinión

La (falta de) renovación de autoridades partidistas. Organizaciones vivas o cúpulas eternizadas en el poder

Fernando Rodríguez Patrón.

Duverger definió a los partidos políticos como “una comunidad con una estructura particular cuyo objetivo es conquistar el poder y ejercerlo”. De esta definición, se pueden extraer varias características; sin embargo, nos interesan ahora solo dos de ellas. La primera: los partidos políticos son entes colectivos, no aventuras individuales. La segunda: Los partidos poseen una estructura particular, están jerarquizados y normalmente esta se explica tomando prestada la imagen de una pirámide en cuya base encontraremos a los afiliados, luego movilizándonos verticalmente, se observarán estructuras superpuestas tomando como referencia la demarcación territorial para coronar en la cúspide al máximo órgano directivo.
Siendo esto así, uno de los retos permanentes que deben asumir los partidos lo constituye posicionarse en el colectivo, capturando el interés ciudadano sobre la base de un discurso simple pero, lamentablemente, cada vez más pragmático y menos doctrinario. Para ello se establecerán estrategias de captación, de comunicación política y se maximizará la exposición mediática del líder partidista.
Ahora bien, conviene precisar la importancia de la captación partidaria, es decir del reclutamiento, pues de allí teóricamente surgirán los electores, los voluntarios en las campañas electorales y en el mediano plazo los futuros candidatos y siendo además partícipes del proceso de renovación de líderes del colectivo político.
Sin embargo, lo dicho funciona perfectamente en marco teórico pero se pierde de vista cuando es contrastado con la realidad. La perspectiva que teníamos del normal desarrollo evolutivo de los partidos cambia cuando constatamos que las campañas de afiliación sirven de muy poco en la práctica ya que las estructuras partidistas tienden a la oligarquización cuando no a autocratización y que las bases no son tomadas en cuenta en al momento de la toma de decisiones.
La realidad nos revela que vivimos rodeados de organizaciones políticas carentes de ideología cuando no de bases sociales y que los objetivos partidistas subyacen exclusivamente a los deseos de las cúpulas por eternizarse en los cargos de poder y, por tanto, disienten de todo sentido inherente a la naturaleza de una estructura organizativa viva y que necesita ser renovada periódicamente.
En este estado tendríamos que preguntarnos las razones por la cuales nuestra legislación estableció que los partidos políticos sean asociaciones de derecho privado, cuando siendo pilares fundamentales de la democracia, obtuvieron su habilitación para participar en procesos electorales y por tanto públicos, que gozan del privilegiado monopolio de colocar candidatos a cargos públicos y que por tanto colocan a las autoridades públicas en sus cargos.
Tendríamos que preguntarnos también las razones por las cuales nuestra legislación le exigió a estas organizaciones que renueven a sus autoridades por lo menos una vez cada cuatro años pero no les impidió la re elección de sus directivos ni se preocupó por dictar normas que permita a los organismos electorales fiscalizarlas, dejando que cada partido lleve a cabo estos pseudo procesos internos en total anonimato, surgiendo así la paradoja que los partidos políticos son pilares de la democracia pero no son precisamente organizaciones democráticas. Teniendo los partidos tanta importancia, la lógica nos señala que la inexistente supervisión de éstos es por decir lo menos perniciosa.
Somos conscientes que nos enfrentamos a una crisis partidaria institucional cuyas consecuencias nos desbordan, por ende, es necesario que se retome la agenda de la reforma electoral pendiente, se aborde la crisis partidista dictándose las medidas pertinentes que permitan afinar la precariedad descrita y se permita a los organismos electorales participar en la renovación de autoridades partidarias.