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Huánuco
30 septiembre, 2020
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Opinión

La sangre manda

Escrito por: Marcos Cancho Peña

La multitud enloquece. El toro ingresa a la plaza. El torero sonríe con soberbia, mueve el capote y capta su atención. El animal, fiel a su naturaleza, busca embestirlo. El lidiador realiza un elegante movimiento para evitarlo. Resuena el “¡Ole!” como grito de guerra. Minutos después, el toro lleva seis banderillas clavadas en el lomo. Sus movimientos son lentos porque se desangra. El torero no desvía la mirada mientras acaba con su vida, como hacen los asesinos avezados. Se acerca el final. La multitud aguarda expectante. Movimiento de capote y el rumiante, traicionado por sus instintos, busca embestir. El asesino clava el estoque. La batalla ha concluido. El torero es sacado en andas, alabado por el gentío. Uno más en la lista. El toro yace postrado en la arena. Se ahoga en su propia sangre. Los encargados amarran una soga en sus patas y lo arrastran fuera del lugar. Lo último que escucha el toro antes de morir son los aplausos de los asistentes. Hay un cadáver invisible en la plaza.

El último 31 de agosto, el Concejo de la Municipalidad de Lima aprobó una moción para impedir que los espacios bajo la administración metropolitana (uno de ellos es la plaza de Acho) sean usados en eventos donde sea evidente el maltrato animal. Esta moción refleja la posición política del Concejo hacia la violencia contra los animales. Para que tenga un efecto normativo, debe seguir un proceso, hasta convertirse en una ordenanza. Posteriormente, debe ser promulgada por el alcalde de Lima. Nada de eso se ha realizado. De todas formas, la moción es un avance considerable en la lucha contra la tauromaquia (déjenme ser aliado de la esperanza).

El principal rasgo de un psicópata es la ausencia de empatía. No lo digo yo, lo dicen los especialistas. La corrida de toros no es el único episodio sangriento: el Jalapato es una “fiesta” en la que múltiples asistentes pasan por debajo de un pato vivo, al cual le van jalando la cabeza hasta arrancársela; el Yawar Fiesta consiste en amarrar a un cóndor sobre el lomo de un toro, produciéndose así un despiadado combate entre ambos. Afortunadamente, desde el 2015, ninguna de esas “fiestas” se puede realizar debido a la ley N° 30407 “Ley de protección y bienestar animal”. La finalidad de dicha ley es “garantizar el bienestar y la protección de todas las especies de animales”. Entonces, ¿por qué los toros siguen muriendo en las plazas? Una “tradición” manchada de sangre no merece seguir siendo llamada “tradición”. Ojalá nos humanicemos con el pasar de los años. Por ahora, la sangre manda.