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Huánuco
20 septiembre, 2020
Actualidad Opinión

«La vie en rose»

Jorge Farid Gabino González

 La polémica suscitada por la utilización de mandiles rosados por parte de altos mandos del Ejército, como parte del lanzamiento del programa “Fuerza sin violencia”, impulsado por el Ministerio de la Mujer y Poblaciones Vulnerables, no solo debería haber servido (como a fin de cuentas ha ocurrido, y por lo demás con justa razón) para que se desborden verdaderos ríos de tinta cuestionando la validez, la necesidad, de ridiculizar el uniforme del Ejército peruano, en aras de dizque enviar un mensaje de solidaridad para con la lucha por la igualdad entre hombres y mujeres, sino que además tendría por fuerza que llevarnos a sopesar hasta qué punto todo lo que se diga o se haga por revalorar a las mujeres, esto es, por contribuir a que se disminuyan las vergonzantes cifras que dan cuenta de la violencia que a diario se ejerce en contra ellas a lo largo y ancho del país, tenga necesariamente que ser aceptado a pie juntillas, deba ser admitido sin el más mínimo asomo de cuestionamiento, sin el menor atisbo de discrepancia.

En tiempos como los que vivimos, en que todo esfuerzo por hacer que disminuya la violencia de género se nos figura insuficiente, en que nada de lo que hagamos al parecer nos sacará del hoyo en que como sociedad hemos caído, no debería, sin embargo, llevarnos a engaño el argumento idiota, simplón, maniqueísta, de que si no se está del lado del afeminamiento, del amujeramiento, del amariconamiento del hombre (indicativos, para algunos entusiastas de los colores pasteles, de que nos hallamos en la senda de la susodicha igualdad entre unos y otras), se está a favor del abuso, de la injusticia, del atropello, que, amparados en su condición de individuos biológicamente más fuertes que las mujeres, ciertos sujetos cometen en contra de quienes por obvias razones no pueden enfrentarlos en igualdad de condiciones.

Tampoco debería engatusarnos, siguiendo esa misma lógica, aquello también hoy muy visto entre algunas defensoras acérrimas de los derechos de las mujeres (no en todas, por supuesto, pues las hay muy femeninas; lo que dice mucho de su personalidad), y que no es otra cosa que su descabellada inclinación por asumir conductas y apariencias que ni histórica ni antropológicamente se podrían reclamar como suyas; hablamos, naturalmente, de la obsesión que parecen tener estas por virilizarse, por varonizarse, por masculinizarse; se entiende que en un intento desesperado por demostrar que son “iguales” que aquellos a quienes critican (¿será posible tamaña incongruencia?).

Pues no, por ahí no va el asunto. Que ambas conductas, desatinadas hasta la risa, están lejos de sumar en favor de que hombres y mujeres se reconozcan como individuos con los mismos derechos, con las mismas potenciales capacidades; todo lo contrario, ya que estas no hacen más que caricaturizar las verdaderas identidades de quienes, en principio, deberían solucionar sus diferencias en los ámbitos y escenarios en los que en realidad les corresponde hacerlo; sin tener que recurrir, por supuesto, a la desnaturalización de su verdadera esencia, sin tener que seguir echando mano de la tesis, ahora muy de moda para desgracia nuestra, de que es válido sacrificar la personalidad en interés de lograr el bien común. Y es que la mentada equidad de derechos, la a no dudarlo necesaria igualdad de oportunidades entre ambos sexos, no pasa por la pérdida, ni desnaturalización, de los rasgos identificadores que tradicionalmente han venido caracterizando tanto a hombres como a mujeres; mucho menos por la asunción de los que son, por razones que saltan a la vista, propios del otro género.

¡Ah!, y que no nos vengan con la estupidez de que lo que cuenta es lo que llevamos por dentro, que para sandeces basta y sobra con las que tenemos que escuchar del presidente Vizcarra, como cuando le dio por pronunciarse respecto del tema en cuestión en los términos siguientes: “Dejemos de generar tanta polémica alrededor de un pedazo de tela, de un color; eso no es lo que vale, lo que vale son las personas”. Nadie discute, señor presidente, que lo que en verdad cuenta siempre será la persona en sí; lo que ni usted ni los que aplauden sus pastorales palabras parece tener claro, es que eso que minimizan (el color de la indumentaria, en este caso) también forma parte consustancial de cómo se asumen las personas. Pues “eso” es también parte del contrato social, de la cultura. Y la cultura no es, como usted parece desconocer, ni buena ni mala. Es Historia, es legado, es tradición. En cualquier caso, si usted, salvando las distancias y con el perdón de Édith Piaf, quiere vivir “La vie en rose”, solo porque es hoy lo políticamente correcto, es asunto suyo; pero no pretenda que los demás hagan lo mismo. Y a su pregunta: “Por el hecho de que me ponga un mandil de color rosado ¿dejo de ser presidente?” No, no deja de serlo. Pero sí se convierte en uno payaso, y de payasos nuestra política tiene más que suficiente.