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8 agosto, 2022

LEER ES UN ACTO DE REBELDÍA Y AUTODEFENSA

Por Arlindo Luciano Guillermo

No sé cuándo me hice lector, pero siempre sentí atracción por la escritura y la lectura. No sé, a veces, por qué leo. Estoy horas y horas frente al libro, con una taza de café, unas galletas integrales, un lápiz y una libreta de apuntes. 

Soy profano con el libro: anoto obsesivamente al borde, subrayo como un niño, invento símbolos y códigos que solo yo entiendo, diseño el croquis de la ruta por donde recorren los personajes o líneas de tiempo. Estoy atrapado totalmente por el libro y la lectura. 

No hay mayor fascinación que leer el libro de mi escritor predilecto cuando lo tengo en mis manos y ante mis ojos; no me detengo hasta terminarlo o dejo de lado mis actividades diarias para continuar con la lectura. Ahora he incursionado en la lectura de e-books.   

Siempre me han preguntado por qué y para qué leo. El lector no es revolucionario político, no le hace cosquillas al cierre de brechas sociales ni transforma ciudadanos ni sociedades. No respondo con precisión, pero algo digo. Lo cierto es que no leo “por gusto ni placer ni lujo”, sino por necesidad, compañía y satisfacción. Sé que leer tiene beneficios gigantescos que el ciudadano pragmático y consumista, que solo piensa en comer, dormir y reproducirse, jamás entenderá. Nadie come por comer, sino para alimentarse, compensar las energías gastadas en el trabajo físico o intelectual. La lectura apunta a la sensibilidad, al propósito académico y el espíritu del lector. Después de leer un libro sentimos que no somos los mismos, sino una mente ávida de indagación, inconformidad y rebeldía porque los libros son “subversivos” que pueden alterar el statu quo.  El Quijote leyó tantos libros de caballería que perdió el juicio y salió a recorrer parajes manchegos para restablecer la justicia y la honra. 

Nadie se ha enloquecido, en la realidad concreta, por leer libros ni fabricar ficciones. La lectura ablanda corazones frígidos como témpanos de hielo, convierte cerebros en reposo en mentes brillantes capaces de proponer teorías e innovación, desechar hipótesis o crear personajes, historias y escenarios ficticios con tal verosimilitud que parecen reales. Esa es la literatura, el genio del escritor, el deleite del lector.  

 No se lee para recrear los ojos o disparar un suspiro orgásmico. Yo leo con propósito porque siento la necesidad de contacto personal con la escritura, con la deliberada intención de obtener información, de ir más allá de lo que escucho o me dicen, para explorar las fronteras del conocimiento, las posibilidades del lenguaje, los alcances de la palabra y el abordaje de la realidad. Yo cambié mi percepción de la historia preínca luego de leer De los orígenes de los Estados en el Perú de Luis G. Lumbreras. Así puede descartar el aprendizaje escolar. Advertí que El Lanzón y las cabezas clavas en los muros del templo de Chavín no eran simples ornamentos, sino instrumentos de opresión e intimidación religiosas que ejercían los sacerdotes en favor de la clase dominante. 

Las tradiciones de Ricardo Palma no eran lo único que había que leer. Ahí estaban esperando pacientemente Ciro Alegría, José María Arguedas, Julio Ramón Ribeyro, César Vallejo, Jorge Luis Borges, Juan Rulfo, Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa.

Alguna vez fui lector omnívoro; leí lo que encontraba. Me di cuenta que sin leer sabía poco, la información era insuficiente para los exámenes, los debates y las exposiciones. No es lo mismo leer un libro de literatura o de historia y política que una resolución o un instructivo. No me calza en la cabeza un docente que enseña (y educa ciudadanos) sin ejemplos de lectura, sin motivar la lectura ni estimular el afecto por el libro ni obsesión racional por el conocimiento, la reflexión y las decisiones pertinentes. Con experiencia en la lectura giré totalmente, excepto el ensayo y el periodismo, hacia la literatura. Sin embargo, prefiero la poesía, a la que considero el supremo paradigma de uso del lenguaje, la creatividad y la innovación. Sin la poesía no existirían Vallejo, Eliot, Oquendo de Amat, Blanca Valera, José Watanabe ni los juglares y trovadores medievales ni los rapsodas de la Grecia Antigua que conservaban en su lúcida memoria la guerra de Troya, Aquiles, Odiseo, el caballo de Troya y la manzana de la discordia.  

Cualquiera no es lector de poesía porque se requiere tomarle el pulso a la palabra, las metáforas, la musicalidad, el ritmo, un adjetivo demás o faltante. Se lee narrativa más que poesía.  

No soy lector de miles de libros, sino selectivo. Leo lo que me interesa, lo que me atrae, lo que siento que me va a beneficiar personal, emocional e intelectualmente. La lectura es aprendizaje directo. Leer te acerca a realidades remotas o recientes. Cuando se lee El niño con el pijama de rayas es inevitable sumergirse en la barbarie y el genocidio perpetrados por Hitler durante la Segunda Guerra Mundial, desde la perspectiva de Bruno, un niño alemán de nueve años, hijo de un comandante nazi, a quien el führer le encarga regentar celosamente el campo de concentración de trabajos forzados y exterminio de judíos en Auschwitz. 

Si leyéramos Los ríos profundos, “El sueño del pongo”, “La agonía de Rasu Ñiti” o Todas las sangres de José María Arguedas comprenderíamos mejor al Perú con pluralidad cultural, injusticia social y cosmovisión ancestral. No hay mayor exaltación a la belleza, respeto y admiración a la mujer que los versos de Pablo Neruda en Veinte poemas de amor y una canción desesperada, Los versos del capitán y Cien sonetos de amor. No leer a Vallejo es imperdonable. Leo para no perder contacto con la realidad ni la ficción. Vivir, como un autómata, en una zona de confort es un derecho legítimo, pero sin vida ni emoción, sin rebeldía ni desafío a la rutina.

Mario Vargas Llosas, en la conferencia magistral La literatura y la vida (UPC, 2011), al año siguiente de haber recibido el Premio Nobel de Literatura, dijo: “Una comunidad sin literatura escrita se expresa con menos precisión, riqueza de matices y claridad que otra cuyo principal instrumento de comunicación, la palabra, ha sido cultivado y perfeccionado gracias a los textos literarios. Una comunidad sin lecturas, no contaminada de literatura, se parecería mucho a una comunidad de tartamudos y de afásicos, aquejada de tremendos problemas de comunicación debido a lo basto y rudimentario de su lenguaje”. El que lee escribe bien, quien lee piensa mejor, quien lee sabe lo que dice, el que lee es locuaz (no hablador ni charlatán). La lectura es el antídoto contra la estupidez y la intolerancia. La lectura y el libro orientan al ciudadano por el camino de la democracia, el respeto por la opinión discrepante, ahuyenta la anarquía, la tiranía y evita la manipulación. Un lector no es perfecto ni un súper ciudadano. También lo leído nos llevamos al cielo cuando toque dejar la residencia en la Tierra. Gracias a El principito conservo tenazmente mi “niño interior”.     

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