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Huánuco
2 julio, 2022

MARÍA TORRES: LA SEÑORA DE LA ARCILLA

    Por Israel Tolentino

El navegar, el andar y el perderse implican el encuentro con el otro, dice Franceso Careri; solo quien realiza estas acciones conoce y se vuelve un huésped querido; aprende a relacionarse, a saludar a la manera de cada lugar, a establecer una relación con el territorio y con quienes lo habitan, a disfrutar del café, de los panes horneados el día anterior, del viento y sabor de los duraznos, del aroma de la tierra mojada, el ruido del río, de lo apretado del viaje. Huarguesh es un lugarcito ubicado en el distrito de Quisqui, provincia de Huánuco, al lado de una ladera que difícilmente se ve, la entrada al caminito para bajar a Huarguesh es invisible, se extravía en una curva de la carretera, si no es porque antes le avisas al chofer que estás yendo a Huarguesh, difícilmente encontrarías el lugar. La bajada para entrar al pueblo es una de las más hermosas bienvenidas, un zigzagueante despertar con un velo de neblina donde te orientas con los arbustos y trinos desconocidos y el ruido torrentoso del pequeño río. Un puente y a unos pasos, una subida, luego hacia la derecha y una cortina de fachadas, entre uno de esos colores la casa de la señora María Torres, ella es fundadora de “Puka Wayta” asociación de ceramistas, todas mujeres hechas de energía, mano y arcilla.

En la publicación: Cerámica tradicional de Huarguesh y Punchao Chico. Ministerio de Cultura, 2016 dice: “El patrimonio cultural inmaterial de nuestro país se caracteriza por su diversidad, que se fundamenta en las culturas e historias que se entrelazan a lo largo y ancho del Perú. Así, podemos encontrar expresiones o manifestaciones que se han desenvuelto, desde tiempos milenarios, bajo condiciones culturales o geográficas particulares que les han permitido una alta especialización. Este es el caso de la alfarería del pueblo de San Juan de Villa de Huarguesh o Huarguish, ubicados en Huánuco, práctica artesanal que fue declarada Patrimonio Cultural de la Nación el año 2015.”

Un café en la cocina, que es también un antiguo repositorio de materia prima, un azucarero de cerámica, cubiertos de cerámica, todo hecho por la señora, con sus manos y su sudor. Un gato se estira lentamente junto a la bicharra. La señora María Torres me dice: “La próxima prepararemos cuy…”. Seguro, respondo, estoy comprometido a llevar los cuyes… hay una esencia y gusto en esta cocina propia de un tiempo remoto. Me siento como en casa, el café ha sido molido en la mañana, el negro aroma refleja mi cara en la taza hecha de arcilla, al fondo puedo develar el sabor precerámico, sonrío y esa curva dibujada entre el vapor y mis dedos, me lleva a un artista arcano, a una evocación que se disipa como la niebla de hace un momento.

Hemos partido temprano junto con Luis Torres Villar, mi amigo artista, quien me acompaña y está más seducido que yo por cada porción de imágenes impresas en cada objeto colocado a cada paso hacia el encuentro con María Torres Lugo y toda su herencia inmemorable. Andando se pueden generar proyectos; recordando a Careri: “Andar es una práctica estética y Huarguesh, en los moldes de sus alfareras, es el depósito de la memoria. El gorjeo de las aves escondidas, la sonoridad del río y la garúa aromatizadora secundan este parecer”.

Bebo dos tazas de café como buen invitado, siento que el tiempo es lento en este lugar, el taller con sus herramientas sencillas nos espera, llueve mucho en esta temporada y es difícil contar con una noche en que se pueda quemar la cerámica que lentamente seca por estos días en cada aposento. María Torres, nos guía por cada rincón de su casa taller, explicando cada paso de su proceso, le acompaña Reyna, quien es su hermana ceramista. Camina junto a María, carga las pesadas piezas y las llevan a Huánuco, cerca de una hora de viaje, en cada invitación ferial. Esta cerámica se remonta a Kotosh, 1500 a. C. es sencilla y de uso doméstico, conocido como cerámica Higueras según el arqueólogo Daniel Morales.

María es la guardiana y continuadora de este acervo. Sus diseños, como una escritura, guardan en esa impronta de flora y fauna, nombres y fechas, una simplicidad de historias orales dibujadas por mujeres que han encontrado en esta práctica independencia económica, uso adecuado de sus recursos y una necesidad de salvaguardar la memoria. Toca la despedida, llevamos en las mochilas un cuenco, promesas de retorno, una receta recóndita de cuy y muchas pisadas para el sinuoso sendero. (Amarilis, marzo 2022).

 

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