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11 agosto, 2020
Actualidad Opinión

MI PADRE POETA

Por Irving M. Ramírez Flores

Si tuviera que llamar padre a un amigo sería a don Andrés Jara Maylle. Maestro universitario, padre y esposo virtuoso, conductor de televisión, articulista puntual, empresario pujante, gestor cultural, corrector de estilo, crítico mordaz, poeta extraordinario, amante lunar y demás fuerzas naturales, báquico compañero y ceremonioso chacchador, todo eso y más es Andrés Jara Maylle, mi padre poeta. Lo recuerdo ahora, hace varios lustros, en 2005 o 2006, cuando yo era una estudiante universitario de 70 kilos que jugaba taco y casino, tomaba cerveza por litros, malescribía unos versos de amor juvenil y leía como un condenado. En esa época lo conocí.

     Sí lo recuerdo así, como lo es ahora, risueño, dicharachero, afable, consejero, atento, servicial y poseedor de una voz que encandila, porque la voz de Andrés Jara embruja, seduce y da confianza, y su risa es como un vaho que se impregna en el alma. Me enseñó en la Universidad. Gracias a él aprendí a tildar y puntuar mejor, a leer con atención e interpretar a la poesía. Fue el primer escritor que me firmó un libro, un bello poemario que me deslumbró. No imaginaba que se podía poetizar a la vida, a la muerte, al recuerdo, a las cosas, a los demás seres con palabras tan sencillas y cercanas a nosotros; no, hasta que leí su “Entonando retornos”. Recuerdo claramente que dijo: “Irving, ven, este libro es para ti”, y en una página se leía y se lee aún: “Con aprecio, para Irving. Celebrando su voracidad por la lectura”. Detalles como este marcan, y más si eres un estudiante tímido, desvelado y de futuro incierto, como lo fui yo en aquel entonces.

     En clases siempre pedía que cada estudiante comente una lectura. “¿A ver, Irving, qué estás leyendo o has leído?”, y obvio, que yo leía, leía y comentaba feliz, porque quería sorprenderlo, agradarlo, alegrarlo, llenarle los ojos y que me vea como un buen estudiante, que sintiera orgullo, que supiera que yo leía y lo disfrutaba tanto como él, que amaba a la luna y quería ser como él, porque compartía los mismos anhelos que él, los mismos sueños y pasiones que él… Siempre tuve ese afán con todos mis maestros universitarios: Juan, Lucho, Víctor, Jacobo, Juselino, Gino… A todos ellos les debo mucho…

     Mi primera chela con un docente fue también con él. “Te invito una chela, Irving”, me dijo. Nos tomamos seis, y me gustó; pero por supuesto disfruté más su grata compañía, su alegría, su trato paternal, su charla amena sobre libros, poemas, anécdotas… Así comenzó una amistad que hoy me alegra compartir. Sinceramente tuve suerte de ganarme su afecto.

     Y si también tuviera que elegir a alguien que siempre mira la vida con esperanza, sin duda lo elegiría a él. Es de los que a pesar del mal momento, porque sé que los tuvo y los tiene como cualquier mortal, siempre espera lo mejor de todos, y por supuesto lo espera con una sonrisa verde que lo achina bellamente.

     “Tus ojos se abren: miran el mundo, / por fin se inicia la mañana / con el resplandor de extrañas oropéndolas”. Feliz mes de las letras, Andrés Jara, mi gran amigo y padre poeta.

 

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