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Huánuco
30 septiembre, 2020
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Actualidad Opinión

Mírame y no me toques

Escrito por Jorge Gabino González (*)

Ignoramos soberanamente si el mal este que venimos padeciendo con cada vez mayor intensidad, sea en el fondo el resultado de esa suerte de tendencia natural a la victimización que todos, en mayor o menor medida, poseemos; o si, por el contrario, se deba más bien a que los embates que de cuando en cuando suele darnos la vida, han dejado de ser solo eso, meros y cotidianos embates, y han pasado a convertirse, con el paso del tiempo, en verdaderas acometidas arteras de la realidad, en deleznables golpes bajos de la malhadada existencia, de los que, casi sobra decirlo, raras veces logramos salir bien librados.

Como sea, si existe algo de lo que no nos cabe la menor duda, es de que al margen de lo que fuese que motive esta reacción en la gente, hay una cosa que es muy cierta: hoy casi no existe persona que no se considere ofendida por algo o por alguien; hoy es prácticamente imposible encontrar individuos que no se hayan sentido, se sientan o se vayan a sentir mortalmente discriminados en algún momento de sus vidas, y, lo que es peor, por las razones más patéticas que uno se pudiera imaginar.  

Así las cosas, es un hecho el que la gente se ofende ahora con tanta, pero tanta facilidad, que a ratos pareciera que tuviese la impresión de que el mundo todo estuviera conspirando en su contra para hacerla sentir mal. Y de que, movida por dicha impresión, se asumiera asimismo con carta blanca para señalar con el dedo, para condenar, a todo aquel que, a su juicio, hubiese cometido el acto imperdonable de discriminarla.

Naturalmente, el que sea la anterior una tendencia ampliamente extendida en el mundo entero, y, de manera particular, en cada uno de los rincones de nuestro país (nadie podrá decir que los medios de comunicación no estén haciendo su trabajo), hace que tengamos que tomar todas las precauciones habidas y por haber, a fin de no incurrir en la comisión de alguna conducta que, con razón o sin ella, pudiera figurársele a los susodichos ofendidos como agraviante, como discriminatoria.

Lo que hace, entre otras cosas, que en la actualidad solamos ir por la vida repartiendo eufemismos a diestro y siniestro; en la creencia estúpida de que, si decimos tales o cuales palabras, acabaremos ofendiendo a alguien más temprano que tarde; y, por tanto, nos arriesgaremos a ser lapidados por la todopoderosa opinión pública, a convertirnos en poco menos que en apestados, a que se nos coloque el temido sambenito de discriminadores.  

Pero ¿realmente hay algo de malo en decir las cosas por su nombre; en llamar, como se dice, al pan, pan y al vino, vino? Por supuesto que no solo no hay nada de malo en aquello, sino que además lo “normal” debería ser el que podamos hacerlo. No es la normalidad, sin embargo, algo por lo que a decir verdad nos caractericemos. Y no es, desde luego, que tengamos nada en contra de los eufemismos, circunloquios y rodeos con los que, a veces, debemos salirle al encuentro a alguna situación desagradable. Pues no son pocas las circunstancias en las que el contexto en el que nos encontramos nos “obliga” a echar mano de aquellos, a efectos de no resultar impertinentes.

El caso es que parecemos haber llegado a un punto en que ya no podemos decir ni media palabra, sin que para ello tengamos que pensar antes una y mil veces en si lo que habremos de pronunciar podría llegar a “herir” la susceptibilidad de alguien. Porque es un hecho el que atrás quedaron ya los tiempos en que “insultar”, pero lo que se dice “insultar”, era, por poner un ejemplo ilustre, mentarle la madre al otro. Y es que hoy decirle “negro” a un negro, “pobre” a un pobre o “gorda” a una gorda, es casi equivalente a una buena arreada de madre, como magistralmente lo hace Cervantes en el Quijote: «―Sois un grandísimo bellaco ―dijo a esta sazón don Quijote―, y vos sois el vacío y el menguado, que yo estoy más lleno que jamás lo estuvo la muy hideputa puta que os parió».

Y ni que se diga de las imbecilidades que el llamado “lenguaje no sexista” nos viene imponiendo a diario; incluso entre gentes que, uno presume, deberían estar a buen recaudo de la comisión de tamañas majaderías. Que no se sorprenda nadie si, al cabo de unos años, voces de indiscutible tradición en lengua española (y también, claro está, en otras lenguas) como “negro”, “pobre” o “gordo” sean finalmente proscritas del idioma; y no, por supuesto, debido a una natural y comprensible evolución de la lengua, lo que por lo demás, de ser este el caso, sería perfectamente comprensible, sino a causa de la cerrazón mental de algunos, que parecen haber hecho suya la mariconada esa de «mírame y no me toques». Como si no tuviéramos cosas más interesantes que tocar.

*Escritor, articulista, profesor de Lengua y Literatura