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8 agosto, 2020
Actualidad Opinión

Municipio: ambulantes y formales

Andrés Jara Maylle

“Tienes que tener coraje, carajo, si quieres hacerte respetar”, era su expresión de guerra de mi padre cuando las circunstancias difíciles lo ameritaban. Y seguro que así se lo hubiese dicho a nuestro alcalde huanuqueño ahora que se ha impuesto la titánica e incomprendida tarea de ordenar el caos del mal llamado Mercado Modelo.

Debo, antes que nada, manifestar mi respaldo a las autoridades municipales por la iniciativa de poner orden en ese reino de la anarquía en que se ha convertido, sobre todo, los jirones que circundan a dicho centro de abastos, construido a finales de la década del cincuenta del siglo pasado cuando en las calles empedradas y rectas de Huánuco no merodeaban más cuarenta mil habitantes.

Tarea difícil, es cierto; pero no imposible si se impone el principio de autoridad y si se tiene en cuenta el derecho ciudadano de tránsito libre. Ello, obviamente, sin menoscabar para nada el derecho al trabajo que tiene cualquier ciudadano que se sujeta a las reglas y normas de sana y respetuosa convivencia.

Sé que el comercio informal, en un país y una ciudad tan informal como el nuestro, arrastra tras de sí necesariamente una problemática económica y social que debe tomarse en cuenta. Pero no es óbice para intentar explicar y, sobre todo, justificar el caos, el desgobierno y la ilegalidad en que “trabajan” muchos comerciantes apoderándose de veredas, pistas y cualquier otro espacio, amparándose en la criollada, la viveza, la violencia y la falta de autoridad.

Por lo demás, un comerciante (ambulante) con visión de futuro, que desea su progreso personal y familiar, que sepa vislumbrar la prosperidad de su negocio, solo necesita de una oportunidad para cambiar su estatus. Solo necesita de un impulso para convertirse, con trabajo denodado, en el boyante comerciante y empresario emprendedor que la ciudad necesita.

Y ejemplos hay muchos. Solo hay que ir por el mercado y conversar con los representantes de esas tiendas, de esas distribuidoras, de esos negocios formales cuyas puertas se abren a las cinco de la mañana y cierran bien entrada la noche. Y lo paradójico: muchos de ellos fueron anteriormente ambulantes que vendían en las calles adyacentes. “Cuando Miraval Templo, botó a todos los ambulantes de estas calles, yo alquilé este espacio. A Dios gracias me ha ido bien y ahora no tengo problemas”, nos dice una exitosa empresaria del jirón Huánuco. Ella, como muchos visionarios, aprovecharon la oportunidad decidiendo dejar las calles y apostando por la formalidad que a todos beneficia.

Dos casos que ilustran mejor lo que digo, aunque con nombres cambiados para evitar disquisiciones: Leslie Batuque es una “frutera” (vendedora de frutas) en una de las esquinas del mercado. Es una morena alta, gorda y dicharachera que todo lo quiere arreglar a trompadas y es muy lenguaraz con sus amigos y peor con sus enemigos. Su palabra más bella y poética es “carajo” por lo que ya pueden imaginarse el resto. Se jacta (y lo ha dicho en público) que ella vende en esa esquina por más de treinta años y “ningún cojudo, menos el alcalde, lo va a sacar”. Es una típica ambulante que no quiere formalizarse, que se cree dueña de las calles, que solo tiene derechos y no deberes, que hasta te puede robar en el pesaje de sus frutas. Todos los días, pero especialmente los sábados y domingos, la esquina es su feudo. ¡Ay de ti, si pasas con tu moto o con tu carro y le reclamas que por qué obstruye el paso. Ay de ti, insignificante mortal! Ella es la dueña, y la esquina es su feudo. Con Leslie Batuque no hay posibilidad de diálogo.

Olguita Farromeque es otra vendedora de frutas por el jirón Huánuco. Siendo aún muy joven se apoderó de un espacio en la vereda, instaló dos cajones a modo de mesa y sobre ellos colocó sus frutas. Fue ambulante por unos dos años a salto de mata, a merced de los delincuentes e, incluso, de los policías municipales. Hasta que un día, previsora ella, decidió que la vereda no era para siempre. Entonces, con su perspicacia de buena negociante, decidió alquilar un local, a unos metros de donde vendía.

Ha pasado el tiempo, y usted amigo lector, puede ir y comprobar lo que digo. Olguita Farromeque es hoy una esclarecida comerciante. Vende todas las frutas de este continente, incluso algunas tan desconocidas que no sabemos ni cómo se come. Su negocio ha crecido exponencialmente con el paso de los años. Uno va a su frutería y comprueba que Olguita, incluso, da trabajo a cinco personas más. ¡Para quitarse el sombrero!

Por eso, porque creo que la formalidad conlleva también prosperidad, es que apoyo la iniciativa de la municipalidad. Y por eso mismo, invoco a todos los “informales” a apostar por una iniciativa que los beneficiará principalmente a ellos.

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